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Los chigres de nuestras vidas

Un canto a los locales que nos veta el covid

Los cinco pasos para escanciar el culín de sidra perfecto

Si me diera por parafrasear a lo tonto algunos versos de las coplas de Jorge Manrique, escribiría algo así tan ingenioso como que nuestras vidas son los chigres que van a dar a la mar que es el covid.

Si algo aprendí –que lo dudo– de este interminable periodo de pandemia letárgica, es que la normalidad –vieja, nueva o mediopensionista– reside en los chigres, interpretado el término en sus innúmeras variantes: desde el figón más rústico hasta el chiringuito más posmoderno; desde la sidrería más tradicional hasta la boîte más underground; desde la churrería más aceitosa hasta el restaurante más sofisticado; desde la pizzería más pastosa hasta el pub más cañero.

Sospecho que no soy el único en sostener tal apreciación. Sabina no podrá componer en pringosas servilletas de papel la canción más triste del mundo si no se nos apalanca en una taberna. No habrá rapero que acune con su oración a Rosalía en la penumbra de discotecas silenciadas. José Luis Argüelles no cazará un verso de nieve al vuelo sin terraza soleyera donde acomodarse ni Jaime Poncela segregará en artículos de saldo la agudeza de su indómita bilis sin sobremesas bulliciosas en comedores públicos.

Si uno se empeñara, otra vez a lo sonso, en rebuscar la paráfrasis en el título de una serie televisiva, bien podría proclamarse que sin chigres no hay paraíso.

No es que yo lo diga. Copio a Johnny Cifuentes, componente de la banda musical Burning: “La pandemia me ha pillado ya talludito y no estoy con edad para tirar años a la basura. Ya sabéis, me refiero a estar encerrado sin poder tocar, sin ir a conciertos, ni ensayar ni viajar, salir con los amigos a los bares… A mis hijos les veo como si estuviera en el talego y mi bar El Cocodrilo ha estado ocho meses cerrado y ahora lo hemos abierto algo para que no se pudra. Esto no es vida, para esto no hemos venido aquí. Estoy indeciso: no sé si tirarme al monte y vivir a saco lo que me queda o seguir en esta semivida oyendo sirenas y alarmas y partes de televisión”.

El también músico Mikel Izal añora hábitos salvíficos: “Hablo de un café al sol, de un menú del día en el bar de abajo donde todos te conocen […] No deberíamos asumir que esas cosas sencillas que nos hacen felices son la aburrida normalidad. Saborearlas es un lujo”.

Es el novelista irlandés John Banville quien lo manifiesta con explícita claridad: “Siempre he pensado que el restaurante era uno de los mejores inventos y desde que llegó el virus y lo cerró he aprendido a apreciarlo aún más. Echo en falta muchas cosas en mi vida en estos momentos, pero una ausencia que me duele particularmente es ese brote de felicidad sencilla que experimento entre el primer sorbo de vino y la llegada de las cartas con el menú”.

Si se aceptasen las opiniones de voces tan reconocidas y se me permitiese recurrir una vez más a la manía de parafrasear, ahora encajaría, a la remanguillé, aquella antigua consigna publicitaria: Ponga un chigre en su vida.

Ahí lo dejo. No sin antes arrimar el ascua a mi sardina mediante la reproducción de una frase lapidaria del cineasta Ken Loach: “La pandemia ha confirmado el gran desequilibrio entre ricos y pobres, a quienes sobre todo ha afectado el virus. Y aprendimos de nuevo que cuando la izquierda no habla a los desesperanzados, la ultraderecha los conquista. No dejemos la lucha social en manos de otros. Esto no es un deporte para ver de lejos, sino una responsabilidad que todos compartimos”.

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