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Millas

El trasluz

Juan José Millás

Cuerpos sin cabeza

Son las nueve de la noche cuando llama a mi puerta un vecino mayor. Me pide que le ayude a abrir una lata de sardinas. Lo invito a pasar y nos instalamos en la cocina, de uno de cuyos cajones extraigo el viejo Explorador que tantos servicios me ha prestado. Llevo abriendo latas con él desde hace veinte o treinta años y todavía las muerde con idéntica furia a la de entonces. La verdad es que no tiene otro mérito que el de obedecer a la Ley de la Palanca.

–El día en el que la Ley de la Palanca no funcione, nos venimos abajo –le digo al anciano.

–Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo –recita él.

Cuando le devuelvo la lata, dice, para agradecérmelo, que coja la mitad de las sardinas. No necesito esas sardinas para nada, pero decido aceptarlas por cortesía. No obstante, antes de introducir el tenedor entre los cuerpos sin cabeza, le pregunto:

–¿Y si nos las comemos aquí, en mi cocina, con una copa de vino?

El viejo acepta, lo que influye muy positivamente en mi estado de ánimo. Me encuentro solo en casa, porque mi mujer está de viaje, y estaba a punto de encender la tele por pura desesperación.

–Estaba a punto de encender la tele por pura desesperación –le digo mientras corto unos pedazos de pan y busco una botella que abrí a la hora de comer.

–Yo la he dejado encendida porque ya estaba desesperado –dice él.

Le pregunto si le han puesto la vacuna o le han llamado al menos para ponérsela y dice que quizá.

–¿Cómo que quizá? –insisto.

–Quiero decir que quizá sí y que quizá no. No están muy claros los patrones por los que te llaman o te dejan de llamar.

Coloco los platos, los cubiertos y parto unas rodajas de pepino para acompañar a las sardinas, que comemos en silencio, mirándonos de vez en cuando con gesto de felicidad. Cuando las terminamos, le pregunto si le apetecería quedarse conmigo un rato para ver la tele y dice que sí.

Miradnos, en el sofá, tan contentos, parecemos un matrimonio.

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