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El Club de los Viernes

Estoy harto de Ayuso

Sobre una expresión que alimentan los que ensucian la política y atacan a la presidenta

Desde hace varios años vivimos un aumento de la crispación política y social que coincide con el ascenso al poder de los políticos más torpes y menos preparados para dirigir un país que hemos tenido desde la época de Fernando VII. Todos los políticos que han ido medrando en los escalafones de sus respectivos partidos son aquellos que nunca se han dedicado a otra cosa y el miedo a que otro les haga sombra ha provocado que los líderes se rodeen y promocionen a gente más mediocre aún que ellos, a vagos y halagadores sin complejos que no dejen a la vista sus propias carencias. Pero cuando un político se sale de la norma establecida y se rodea de un equipo de gente mejor que él, que refuerza sus puntos débiles, con una experiencia profesional contrastada y que además no tiene complejos en disentir públicamente de las doctrinas establecidas, entonces se convierte en un objetivo a derribar porque deja en evidencia al resto de incompetentes.

La operación de acoso y derribo a la Comunidad de Madrid que incluye a políticos, medios de comunicación y a las hordas de profesionales del odio de las redes sociales, es el exponente de la suciedad que desprende la política. La izquierda utiliza su superioridad moral para atacar, utiliza argumentos que rechazaban hace quince días en las elecciones catalana, mentiras, noticias manipuladas, verdades contadas a medias, han fabricado denuncias que ni siquiera han sido admitidas a trámite por el juez por la inconsistencia de los hechos denunciados y han responsabilizado a Isabel Díaz Ayuso de no ejercer competencias que son responsabilidad del Ministerio del Interior sin que se les caiga la cara de vergüenza.

El título del artículo dice que estoy harto de Ayuso, pero no porque esté harto de la presidenta de la Comunidad de Madrid, sino porque estoy harto de que la política se convierta en una cacería, de que haya unos políticos que se crean moralmente superiores, que se arroguen la capacidad de decidir qué es lo mejor para mí, cómo debo educar a mis hijos, a qué médicos debo acudir, dónde y cuando puedo viajar, qué noticias puedo leer y decidan qué políticos pueden hacerles oposición, porque si no les dan el visto bueno son unos fascistas. Precisamente quienes se niegan a aclarar episodios tan turbios como la visita de Delcy Rodríguez y sus maletas, el rescate de Plus Ultra, los viajes a Marruecos en hoteles de cinco estrellas pagados por el servicio secreto marroquí son quienes acusan a Díaz Ayuso poco menos que de matar a Manolete.

Las políticas fiscales y laborales de Madrid les han permitido crecer un 4,40% en el último trimestre, compensando las caídas del resto de las comunidades y evitando la entrada en recesión del conjunto del país que gracias a Madrid creció un exiguo 0,4%. Y quiero profundizar aquí porque de las cosas más histriónicas que he escuchado estos meses ha sido al presidente del Principado, Adrián Barbón, acusando a Madrid de dumping fiscal. Es humillante para los asturianos que desde una de las regiones más penalizadas fiscalmente ataquemos a alguien que facilita la vida de las empresas y autónomos bajando impuestos y dando mejores servicios sociales a sus ciudadanos que en Asturias.

Madrid atrae la inversión porque no persigue a las empresas y atrae riquezas porque no persigue a los empresarios, y todo con el pequeño margen fiscal sobre el que tienen competencia las autonomías, algo que podría imitar Barbón y no quiere.

Con todo lo anterior quiero decir que los españoles nos merecemos unos políticos que no actúen por el odio al adversario sino por el interés de la sociedad, que los medios de comunicación y sobre todo los públicos deben informar, no manipular y que cuando a un político lo han pillado con unas maletas, robando subvenciones o prevaricando, se deben asumir las responsabilidades y dimitir. La política debería ser un medio para que unos pocos hombres muy cualificados compitiesen para servir cada vez mejor a los ciudadanos y no un medio para enfangarse en peleas de barrio, enriquecerse y comprarse un chalet.

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