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José María de Loma

Supermercado nuevo

Un día eres joven y al siguiente te produce cierta emoción la apertura de un nuevo supermercado en tu calle. Ahí está. Con escaparates relucientes y hasta gente haciendo cola para entrar. Hombre, lo extraño sería que la hicieran para salir. Merluza en oferta. Un guardia de seguridad ceremonioso y algo chepudo da los buenos días y alguien recuerda que en ese solar hubo una vez un cine. Nunca he sabido comprar. Creo que no pisé un supermercado en serio hasta pasados los cuarenta. Cuando compro tengo la sensación de que siempre compro lo mismo. Y el apetito se me dispara. También la indecisión. Me falta energía para exigir un tomate mejor, no acierto a comprender que determinadas cosas estén en oferta y presento una preocupante querencia a las patatas fritas y a la salsa de tomate. Me atranco en los quesos. Nunca sé calcular cuántas bolsas necesito. Y siempre pido tres. Normalmente me como una o llevo luego las tres que van a reventar. La curiosidad mantiene vivo al hombre, dijo alguien que ya se ha muerto. Debe de ser que dejó de ser curioso. Es curioso. A mí me da cierto combustible vital entrar de una vez a ese nuevo supermercado, cerezas de Extremadura, lo mismo que antes ansiaba penetrar en las discotecas y ahora tengo ansias si no voy con frecuencia de librerías. Entraré. Quizás mañana. Con suerte, su marca blanca de cerveza no será infame y costará poco. Ojalá tengan ese pan insano que sin embargo está caliente y buenísimo. Cierra a las diez, lo cual es una ventaja meramente teórica. Uno es mayor cuando con toda seguridad a las ocho de la tarde está en casa y tiene de todo. Hasta sacarina. A veces bajo al chino para sentirme joven. Hola, dame una litrona. Ya me la beberé algún día, digo para mis adentros. Para mis afueras también. Tal vez me la beba hoy. E incluso puede que entre al nuevo supermercado. Ya lo he dicho. “El nuevo súper es una maravilla”, dice una vecina. Está enferma y muy mayor. Me alegra que sonría.

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