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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

El blues del investigador

Imagen de un laboratorio.

Imagen de un laboratorio.

Entonan su canción triste los jóvenes investigadores asturianos por las penurias del laboratorio, por la escasez de contratos a tiempo completo, sin estabilidad laboral y una remuneración poco acorde con su formación y talento. Incluso los aspirantes a investigar se han sumado al mismo blues, con quejas amargas acerca de la práctica gratuidad de su trabajo, del elevado coste económico de las tesis y de la escasez de las becas, que con frecuencia se retrasan, como esas de pación asturiana que llevan el nombre de Severo Ochoa, señaladas con coña como “becas tortuga” a la vista de su proverbial demora. Y que cualquier día habrá que rebautizar como “becas cangrejo”, pues también en este asunto de vital importancia la región camina hacia atrás, como un crustáceo decápodo.

Si el insigne Ochoa levantara la cabeza y oteara el erial en que se ha convertido la investigación en Asturias, asumiría con resignación la tesis de Unamuno: “¡Que inventen ellos!”. En este país, la inventiva se agota en idear chistes –muy ingeniosos, por cierto– y en cocinar memes más o menos simpáticos para alimento ocioso de las redes sociales y su habitual pesca de besugos.

No es que haya que albergar fe ciega en la ciencia ni defender a ultranza el racionalismo, pero torna necesario proteger a los científicos en ejercicio, promover nuevas vocaciones y barnizar con prestigio social a quienes se dedican a este menester indispensable.

Lo malo no es que en este país circulemos escasos de espíritu científico: lo peor es que no parece que haya espíritu de nada. Los chavales prefieren parecerse a Messi que al ganador del Nobel de Química. Las cosas empezarán a cambiar cuando dejemos de venerar a futbolistas, cantantes, artistas e “influencers” y pongamos en la peana a los genios de verdad, no a ídolos de cartón piedra.

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