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Xuan Xose

Emigración, despoblación, desolación

En poco más de un mes saldrá mi última novela, uno de cuyos protagonistas es un asturiano, Nicer, que, en el siglo segundo d. C., sirve a Roma en la construcción del Muro de Adriano.

La información no tiene solo intención divulgativa, que también, sino que pretende señalar cuán antiguas son la necesidad y la emigración en esta nuestra patria. Nicer, como otros jóvenes de la época, buscó ventura en el ejército romano y fuera de la tierra.

Una tierra pobre dio lugar a una continua emigración. Al menos a partir del XVI las ciudades castellanas se pueblan de aguadores, esportilleros, serenos mucho más tarde; al igual que los campos de más allá del Payares los ocupan temporeros que acuden a segar o fabricar teja o adobe, así como otros que ofrecen sus productos artesanos. A partir de mediados del XVIII comienza la emigración a América, que se irá incrementando hasta los años sesenta o setenta del pasado siglo, que, desde esas décadas compite con la emigración a Europa.

Solo cortos períodos, las primeras décadas del XX, parte de los 50 y hasta los 75 —con las cuantiosas inversiones aquí del Estado— frenaron en parte esa emigración.

“A la emigración me lleva mi necesidad, si tuviera dineros no fuera, en verdad”, podría decir cada uno de esos expatriados remedando la seguidilla que canta el mancebo del capítulo XXIII de la segunda parte de El Quijote.

Pues bien, en estos últimos tiempos, y pese a la riqueza general, el éxodo se ha acelerado: nuestra tierra no tiene empleo ni expectativas para miles de nuestros compatriotas: nada menos que 136.484 residen en el extranjero. ¡Más de una décima parte de nuestra población! Al mismo tiempo, en veinte años hemos perdido 136.000 jóvenes. ¡Qué desolación!

Y, créanme, todas las políticas actuales, desde las agrarias a las medioambientales, no tendrán otro efecto que expulsar población o disminuir los nacimientos.

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