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Manuel Gutiérrez Claverol

Litigio minero en Groenlandia

La existencia de “tierras raras” y uranio en su subsuelo ha desatado una crisis geopolítica

Groenlandia, la isla más grande del mundo después del continente australiano, situada entre los océanos Atlántico y Glacial Ártico, depende políticamente de Dinamarca desde comienzos del siglo XIX, aunque su gobierno es autónomo. Cerca del 80% de su territorio está cubierto por el hielo (casquete polar o “indlandsis”) y por permafrost, concentrándose la superficie no helada en las zonas costeras, donde habita una población de casi 60.000 habitantes, ubicada mayoritariamente en el litoral suroeste, y dedicada casi en exclusiva a la pesca. El acelerado deshielo está dejando al descubierto en esta icónica comarca virgen depósitos minerales codiciados por las grandes potencias.

Geológicamente se caracteriza por ser un cratón constituido –especialmente en el suroeste– por rocas cristalinas tectonizadas del escudo precámbrico (gneises junto con rocas volcánicas e intrusivas, en su mayor parte), las más antiguas que existen en el globo terráqueo (pertenecen a la era Eoarcaica, al datar de hace 3.700-3.800 millones de años), aunque también existen, hacia la costa oriental, terrenos sedimentarios más modernos según delatan los restos fósiles hallados.

Es un área próspera en recursos naturales (zinc, plomo, hierro, molibdeno, oro, platino, uranio, aluminio, níquel, wolframio, titanio y cobre) a los que se añaden piedras preciosas (rubíes, zafiros y diamantes) y las reservas petrolíferas recientemente descubiertas en aguas marinas. En la actualidad es noticia destacada en los medios de comunicación por el interés estratégico de explotar sus reservas en “tierras raras”, especialmente ricas en neodimio.

En base al provecho de estos potenciales yacimientos hay que enmarcar el memorable propósito –realizado de manera oficiosa en 2019– por el expresidente de EE UU, Donald Trump, de comprar Groenlandia a Dinamarca, región sobre la que se interesan asimismo China y Rusia. Expertos occidentales opinan que la denominada “alianza de los Cinco Ojos” –compuesta por EE UU, Canadá, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda– debería centrarse en este paraje ártico para contrarrestar la enorme dependencia con China en el suministro de elementos indispensables para desarrollar las nuevas tecnologías.

El proyecto al que se refiere este artículo está ubicado en el borde meridional de la isla, en el paraje de Kvanefjeld (a 8 km al norte de Narsaq y a 35 km al sur de Narsarsuaq) y constituye el segundo venero mayor del mundo en óxidos de tierras raras y el sexto en uranio. El descubrimiento tuvo lugar en 1956, centrándose entonces en la extracción de uranio, escarceo que duró hasta 1983 cuando el gobierno danés decidió cesar sus planes de desarrollar plantas de energía nuclear. En 2007 adquirió la propiedad minera la empresa australiana “Greenland Minerals Ltd.”, respaldada desde 2016 por su principal accionista, la entidad china “Shenghe Resources Holding”, y tres años después obtuvo la licencia de explotación como consecuencia de flexibilizar el gobierno groenlandés las regulaciones medioambientales.

La mena encaja en un complejo intrusivo –con unas dimensiones de 15 x 8 kilómetros– en el que sobresale la roca ígnea sienita y donde es frecuente encontrar ejemplares fluorescentes con amplia demanda por los coleccionistas; las prospecciones realizadas lograron definir tres criaderos que concentran millones de toneladas de tierras raras y de uranio, alojadas en un inusual mineral de silicato de fósforo.

En el diseño propuesto por la compañía australiana se prometían cientos de empleos e ingresos fiscales del orden de 200 millones de euros, lo que ha dividido a la sociedad local creando tensión por los posibles efectos que conlleva almacenar los residuos del material radiactivo, debido al aprovechamiento de uranio como subproducto. El polémico plan fue cuestionado a principios del pasado febrero por más de un centenar de oenegés, pidiendo a los gobiernos de Groenlandia y de Dinamarca, y también a la Unión Europea, una moratoria del mismo en base a proteger el ecosistema de esta naturaleza incólume.

Sin embargo, en las elecciones efectuadas a principios de abril en Groenlandia, resultó vencedor un partido ecologista partidario de suspender el beneficio minero con lo que, por ende, parece concluir la trifulca. ¡Alea iacta est!

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