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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Sin jóvenes no hay porvenir

Ser joven hoy se antoja una profesión de riesgo. Y digo profesión con todas las de la ley, pues la escasez de empleo juvenil cualificado o no convierte a la premadurez en un trabajo duro sin puesto de trabajo.

¿Qué les aguarda a los jóvenes de este país, de esta región, habitantes del porvenir del territorio más castigado social y económicamente del espacio europeo por el azote terrible del coronavirus, cuya herencia más evidente será asumir el coste de la enorme deuda contraída en un año de dolor y pérdidas? La única certeza que se avecina es la incertidumbre.

Muchos mayores han perdido la vida, todos hemos perdido un año, pero ellos, los jóvenes, sumarán además la pérdida de una generación para el empleo, el desarrollo personal y la emancipación. Los mismos políticos que en las últimas décadas centraron su mensaje en la tercera edad por interés electoralista están obligados ahora al diseño de políticas que tengan en el punto de mira a la población juvenil, aunque sean menos votantes y más abstencionistas. Caigan en la cuenta que sin juventud no hay futuro, solo el páramo.

Alguien escribió hace algún tiempo, cuando aún pastaban por las praderías de este país las vacas gordas, cundía el derroche y el desenfreno económico y la contaminación crecía al modo exponencial, que no importaba tanto qué mundo le íbamos a dejar a nuestros hijos como qué hijos le estábamos dejando al mundo. Al paso de los años, tras la bestial crisis de 2008 y el advenimiento de una inesperada pandemia que ha puesto en su sitio al proverbial egocentrismo de la especie, desconocemos qué mundo aguarda a nuestros hijos. Sin duda mucho peor que el nuestro. Y la culpa no es suya porque ni el mayor esfuerzo les va a garantizar un éxito mínimo.

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