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Jesús del Campo

Ricos, pobres y herejes

Sobre la situación interna del PSOE y la gestión de Pedro Sánchez

Se armó un gran lío con las últimas decisiones de Sánchez; no entiende uno por qué. Desde que se aupó al puesto que ocupa, Sánchez hizo la apuesta de mover sus políticas en torno al contento de sus aliados en la moción de censura. Precisamente por eso, porque es una apuesta, le cuesta divergencias. No es gran problema para él; a veces da la sensación de que Sánchez alberga un inconfeso menosprecio a lo que se ha venido llamando la España vacía; Sánchez tiene a los mesetarios por un puñado de atrasados seculares que no acaban de ver la luz de la modernidad y que no entienden el arte de combinar unidad y diversidad (cuestión esta, por cierto, tan imprecisa como antigua: en España ha sonado esa invocación toda la vida).

En esa línea de actuación, y dado que no es inesperado que a Sánchez se le hagan reproches por lo exótico de sus alianzas, es lógico que su respuesta sea que los españoles son unos fachas. Apostó por meter a media España en un saco de ultras y ahora nos recuerda que la concordia es un valor constitucional. Su simpleza es disuasoria; hay algo en las intervenciones de Sánchez que lleva antes al zapping que a la crítica. Humilla rebatir sus cursiladas. Si no fuera porque la actual cúpula del PSOE se obstina en mostrarnos lo lista que es, valdría la pena echarles un cable. Dijeron que reflexionarían tras el batacazo de Madrid. ¿Lo habrán hecho? El PSOE prefirió aparcar la concordia que ahora le aprieta y subirse feliz al carro guerracivilista; la gente de Más Madrid se dio cuenta de que gritando menos se sacaban más votos y quedaron segundos. ¿Habrá en el PSOE alguien que piense que quizá tengan que hacer el viaje de vuelta a los cánones de la socialdemocracia si no quieren seguir quedando terceros? Se salen de talento, eso es verdad.

Soy de la generación de la democracia, dijo Redondo como quien acaba de inventar la guitarra eléctrica. ¿Qué querrá decir eso? Los tristes mesetarios que además no sean de su quinta (a diferencia de Lastra, siempre ilustrada y destinada a convertirse en epítome futuro de la simpleza horrible que nos afligió) se van a ver hundidos en la obsolescencia. Si quedara en España algún estudioso de la lucha de clases observaría que, al tiempo que Laporta dice que Messi necesita cariño, se hace evidente que los ricos mueven ficha para marcar distancias con los pobres. Pero en España la lucha de clases frena en seco a las puertas de los estadios y en las nóminas de los privilegiados. Habrá más lucha de clases, ciertamente, camuflada de patriotismo en el futuro. Escribe Borges que las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia. En fin, pues eso.

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