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Eduardo Viñuela

Crítica / Música

Eduardo Viñuela

Un directo a medio gas

María José Llergo vence, pero no convence, con el directo de su primer disco

Quizás las expectativas que se han puesto sobre María José Llergo en el último año sean demasiado altas, porque lo cierto es que el directo de su primer trabajo, “Sanación” (2020), no se corresponde con lo que cabía esperar de un disco ensalzado por contribuir a la penúltima renovación del flamenco. El concierto del pasado viernes en el teatro de la Laboral puso en pie a los seguidores de la cantante cordobesa, pero también evidenció carencias musicales y de concepto en un concierto de hora y media que resultó monótono y por momentos aburrido.

No se trata de enmendar la plana a nadie, quizás es cuestión de tiempo, de trayectoria en la carrera de una cantante con potencial que aún no ha encontrado su rumbo, su personalidad como artista, y que cae demasiadas veces en maneras y giros manidos y sin una intención clara a la hora de encarar y arropar sus canciones. De voz va sobrada, eso lo dejó claro desde los primeros compases del concierto: potencia, buena articulación del fraseo y plasticidad para atacar los melismas en los agudos.

La cordobesa proyecta y sabe manejar la dinámica, pero un directo en un teatro necesita mucho más que eso para mantener el pulso. Se echó en falta coherencia en el concepto del recital; si el arranque con “Poema” multiplicaba las voces a golpe de “samples”, “loops” y sintetizadores y creaba una atmósfera envolvente, las siguientes cuatro canciones transcurrían por los cánones flamencos de guitarra y voz. Y cuando en “De qué me sirve llorar” volvieron los sintetizadores, lo que se evidenció fue la falta de imaginación en un acompañamiento instrumental tímbricamente pobre que, por momentos, entorpecía más que apoyaba a la voz.

En el espectáculo se percibía cierto aire de improvisación, tanto en los músicos (sobre todo el encargado del teclado) como en la puesta en escena o en la escenografía, porque el “juego” de luces resultó desconcertante, aleatorio, sin una configuración estética definida, y así todo quedaba en manos de las canciones y la voz de Llergo, que puso ganas, pero dejó ver carencias escénicas para conducir el concierto con autoridad y plantarse con convicción en el escenario. Con esto, en varias ocasiones el final de las canciones dejó desorientado al público, que no se arrancaba a aplaudir hasta que la cordobesa pronunciaba un “gracias”. El recital se crecía un poco cuando se disparaban percusiones y palmas, y quizás por ahí puedan ir los tiros en un futuro a juzgar por el último single de Llergo, “La luz”, pero aún es pronto para saber eso. Así y todo, el concierto gustó, y la cerrada ovación del público arrancó el “Pena, penita, pena” como propina. La Llergo tiene recorrido, pero quizás no ha encontrado la dirección, o al menos la forma de trasladar al escenario lo que se escucha en sus grabaciones.

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