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Leo Farache

Negacionistas por sistema

Vuelvo a Madrid desde Matarraña (Teruel) conduciendo por una carretera nacional. Un carril para cada sentido. El coche que viene detrás nuestro –voy acompañado de mi pareja– se aproxima una y otra vez, como si fuera un acordeón. Cuando el morro del coche se acerca parece una prolongación del coche que conduzco, su matrícula se esconde por su inadecuada proximidad, sin que la pueda llegar a ver. Quien conduce es, sorprendentemente, al menos para mí, una mujer. Asocio a un varón pasado de testosteronas este tipo de comportamiento, también el conducir como si la carretera fuera un circuito de carreras o el escupir en la calle. Supongo que debo corregir ese micromachismo, lo digo –lo prometo– sin ironía.

Me gustaría conversar con la conductora, y hacerlo sin acritud, con verdadero interés.

“¿Por qué no respetas la distancia de seguridad?”, imagino que la preguntaría con cierto aire de familiaridad, no en vano llevamos un tiempo muy juntos. Y continúo intentando ser muy didáctico: “Los expertos dicen que es peligroso para ti y para mí. No respetarla significa incrementar mucho la posibilidad de que tengamos un accidente”. Y sigo perorando: “Debes saber que no respetar la distancia de seguridad ocasiona 4.860 accidentes al año y es causante de una de cada cuatro colisiones. Y lo que es más grave –enfatizo elevando un poco el tono de voz–, a pesar del descenso de la siniestralidad, este tipo de accidentes se ha incrementado un 3 por ciento.”, Concluyo mi disertación a medio camino entre la afirmación y la pregunta: “Quizás no creas en la distancia de seguridad”.

En mi conversación imaginaria, ella me mira con desdén, displicente, y afirma: “Efectivamente, no creo en la distancia de seguridad. Es un invento del sistema. Llevo catorce años conduciendo, he recorrido más de 125.000 kilómetros y solo tuve un accidente leve y fue por ir demasiado despacio. Así que métete tu distancia de seguridad por el culo y déjame en paz”. Y termina, espetándome: “Se te ha ido la olla, viejo”.

La conductora arranca velozmente dejándome con la palabra en la boca.

La conversación es imaginaria, pero la desagradable sensación de llevar un coche pegado al tuyo sabiendo los riesgos que eso entraña es real y repetida. No hay viaje largo sin que aparezca al menos un compañero de carretera obsesionado por no ver tu matrícula. Hay demasiadas certezas sobre lo peligroso que es no respetar la distancia de seguridad, tantas que tengo el convencimiento –este es real– de que hay negacionistas de la distancia de seguridad. Como hay negacionistas de los daños que produce el tabaco en la salud o de la utilidad de pagar impuestos para poder mantener el denominado estado del bienestar. En otro orden de cosas, debe haber incluso negacionistas de educar con inteligencia emocional (los niños se educan solos, dicen), de la buena educación (la convivencia es un invento, yo no quiero parecer un ñoño hablando), de la bondad (la desigualdad es otro invento de los sociólogos de izquierdas y a mí, ¿quién me regala algo?).

Hay asuntos en los que sería deseable que hubiera un consenso colectivo, territorios en los que los ciudadanos tuviéramos un sentimiento y un comportamiento casi unánime. Los negacionistas producen accidentes de tráfico, cardiovasculares, de convivencia, de insolidaridad. Tratan de confundirnos sin razones. En la gran mayoría de los casos sin éxito, pero son pertinaces y conocen bien a sus potenciales presas. A nosotros nos queda la (mucha) paciencia y la (mucha) palabra.

“La intransigencia es, con mucho, la más grande calamidad que asedia al hombre.” (El mensajero en “Antígona”, de Sófocles).

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