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Virginia Gil Torrijos

Pongamos que hablo de locales

Imaginar proyectos inmobiliarios con los que recuperar antiguos palacios o naves en desuso

Pongamos que hablo de locales, de locales inmobiliarios, me refiero, de aquellos a los que la RAE denomina en su sexta acepción como “sitios cercados o cerrados y cubiertos”. Pongamos que hablo de locales, de locales y de tiempo libre y que hablo de motivaciones frías, congeladas y meramente especulativas. Pongamos que soy una tía muy pragmática, sin emociones, que se mueve sólo por simple egocentrismo. Pongamos que no uso metáforas. Y pongamos, que en el momento álgido de la pandemia, como sólo las tiendas de alimentación, las superficies de bricolaje y los portales de compra-venta de pisos constituían los escasos lugares de “ocio” que permanecieron abiertos, a una de dio por practicar esa afición, siempre latente, denominada “turismo inmobiliario”. Y a pesar de la ironía, diré para mí esos establecimientos fueron en verdad vitales y una buena fórmula para no perder la compostura mental por un exceso de encierro en soledad. Durante esos meses me hice un máster en bastantes productos: manillas para puertas y grosor en laminados fueron los últimos de la especialidad. Bien es cierto, que a mí siempre me gustó jugar a las casitas desde que ya diseñaba a muy temprana edad simulacros de plantas de pisos con los Tente (cuando no había Legos, solo Tentes), pero por desgracia, mis padres no pudieron pagarme unos estudios de arquitectura fuera de Asturias y tampoco nunca, ni antes ni ahora, he tenido un mínimo dinerillo para invertir. Siempre he sido más pobre que una rata. Así que sólo he podido imaginar los proyectos constructivos mentalmente y los retornos financieros en el Monopoly.

Ser una soñadora es una especie de maldición, créanme. A mí particularmente sólo me genera problemas de infelicidad y frustración por el gap entre el cielo y el suelo. Mas, sé que no tengo remedio, así que me dejo sólo fluir y mientras conduzco o paseo cual tonta lechera, voy elucubrando y elucubrando. Elucubrando e imaginando casas con corredores mirando a las montañas, hoteles rurales, áticos con vistas a puertos deportivos, chalets frente al mar, reconstrucciones de palacetes del siglo XVII, lofts en naves industriales decadentes, proyectos de edificios para una vejez más humana en cohousing y locales de copas tipo art-decó con música en directo y gente guapa bailando. Bailando, por ejemplo, tango. Ellos, verdaderos galanes danzantes, serían unos apuestos dandis y ellas, estarían bellísimas y atemporales con sus tacones brillantes y sus faldas de divas deslizándose por una pista entre luces multicolores. Todo muy lindo, todo muy burbujeante, como de película entre guerras con Rita Hayworth a punto de salir a escena.

Lo único bueno de soñar es que casi siempre es gratis y que nunca se pierde la esperanza, porque no sabe bien lo que puede pasar al final del día con los boletos del euromillón o la primitiva. Pero soñar también tiene un lado muy malo, y es que corres el riesgo de elevarte demasiado, y comenzar a visualizar palacios de mármol tipo Taj Mahal, y entonces, es cuando tu vista cae de repente, ves tus manos vacías y rugosas, y sientes como una losa el peso de la impotencia, como un lastre criminal que te lleva raudo al fondo de una fosa abisal. Pero aún así, me gusta practicar ese tipo de turismo y últimamente me da por visitar locales como quién visita museos. En esas visitas culturales siempre se aprenden muchas cosas pragmáticas para la vida diaria como técnicas constructivas, tipos de materiales, humedades, plagas de termitas, carcomas, bajantes, alcantarillados, instalaciones eléctricas, forjados, patios de luces, claraboyas, taladros, percutores, lijadoras de pintura, y un largo etc. Otras veces el conocimiento viene por el lado psicológico, sobre lo distintos que somos los seres humanos y nuestro particular concepto del hogar, la sostenibilidad o de la habitabilidad.

Y sí, pongamos que hablo de locales, y que me tomo un café con un albañil tras visitar un par de ellos en una ciudad costera del norte de España. Y pongamos que este albañil, especialista en reformas, me dice:

–Mira Virginia, con esto de los locales y los pisos pasa lo mismo que con las mujeres. Tú te compras una vieja y la llevas a la clínica de cirugía estética, donde le hacen de todo: tetas, labios, bótox, liposucciones… Te la recauchutan y aparentemente te la dejan espectacular. Pero ¿qué tienes? Tienes una vieja, una vieya. Por dentro ye una vieya. No es lo mismo que una joven. No sirve. Las viejas no sirven, no molan.

Yo le rebato a mi amigo, buen chaval por otro lado, y le digo que no todos los edificios son iguales y que hay locales antiguos que son imponentes, de altas calidades, con encantadores detalles que siempre perduraran y con glamour. Así que nos enfrascamos vehementemente. Y él me dice que “no” y yo que “sí”. Y él insistiendo en que “las viejas no molan” y yo convenciéndolo que lo importante es la solera, los materiales nobles, la salud de los cimientos, la luz, la elegancia, la belleza, aunque sea una belleza vintage. “Vieyes no”, insiste. Y al final del café hasta me convence y me rompe el sueño de la reconstrucción.

Y sí, pongamos que yo hablaba solo de locales, de locales inmobiliarios, me refiero. Siempre solo a eso me refiero. Porque yo no uso metáforas, ni tampoco practico una amarga ironía.

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