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La gran exposición de LA NUEVA ESPAÑA sobre el origen del Camino de Santiago

La inteligencia de un rey, el esplendor de una corte, la protección de un apóstol

El origen en Oviedo de una devoción que continúa vigente doce siglos después

La calle mayor de Europa. Así entendió Goethe el Camino de Santiago, posiblemente el itinerario de peregrinación más trascendental de la espiritualidad europea que reforzó sus signos de identidad durante toda la Edad Media. Hoy, doce siglos después de su nacimiento, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que toda la historia del viejo continente está escrita en el Camino.

El 14 de septiembre de este 2021 se cumplen 1.230 años de un momento trascendental para la España cristiana medieval: la unción regia en Oviedo del rey Alfonso II, verdadero protagonista de los orígenes del culto jacobeo y figura excepcional de nuestra historia. Llamado a sí mismo “servus Dei”, este monarca ovetense impulsaría a un todavía joven reino de Asturias a su madurez definitiva mientras combatía los envites del Islam y defendía la ortodoxia católica frente a la herejía adopcionista. Al mismo tiempo, los contactos mantenidos por el rey con la corte carolingia de Carlomagno, imperial desde el año 800, colocaron a Asturias y al solio áulico ovetense en el mapa de la Europa del siglo IX.

Sólo apreciando la inteligencia política de Alfonso II el Casto puede entenderse la singular trascendencia del descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago. Al margen de las leyendas y tradiciones que envuelven el hallazgo de su sepulcro, Santiago se convirtió en aquel siglo IX en símbolo de identidad y unidad, política y religiosa, del reino de Asturias. La monarquía asturiana buscó y encontró en él el respaldo ideológico de su existencia siendo considerada la tumba apostólica el soporte argumental de esta nueva alianza establecida entre Santiago y el reino.

El testimonio más antiguo del culto a Santiago en la Península Ibérica es anterior a Alfonso II y es también asturiano: “O Dei Verbum”, el himno litúrgico de autoría desconocida compuesto en la corte de Pravia en tiempos del rey Mauregato con la intención de proteger al reino frente al Islam, identifica ya al Apóstol, a fines del siglo VIII, como “cabeza y patrón de España”. Un anticipo claro del patronazgo de Santiago sobre el pueblo y la iglesia asturiana que afirmaba así su independencia, no sólo frente a la fe musulmana, sino también frente al desviacionismo heterodoxo del adopcionismo. Sabios y teólogos procedentes de la corte de Carlomagno, como Alcuino de York, colaboraron en aquel proyecto de unidad religiosa.

Pocos años después, en algún momento entre el año 820 y el 830 y siendo obispo Teodomiro, aparecían, tras las correspondientes señales celestiales, en una estratégica encrucijada de caminos de recuerdo romano y muy próxima a la antigua sede episcopal de Iria Flavia, los venerados restos. Algunas fuentes escritas, muy posteriores en el tiempo y desesperadamente lacónicas, aseguran que Alfonso II peregrinó al lugar ordenando de inmediato la construcción de un modesto templo en piedra y de un monasterio adyacente, Antealtares, dotados generosamente por el propio rey. Los monarcas sucesores contribuyeron a promocionar la tumba, siendo Alfonso III el Magno, el último rey de la dinastía asturiana, quien ampliase significativamente la iglesia primitiva consagrando la nueva construcción en el año 896 y reforzando la cohesión ideológica de un reino que sufría de nuevo, en aquellos años finales del siglo IX, serios problemas políticos y religiosos.

El culto sepulcral pronto se convirtió en destino peregrinatorio siendo aún muy tímido y ocasional, por aquellos años, el interés de los viajeros por la visita al lugar santo. Los reyes leoneses, herederos de los asturianos, potenciaron y fortalecieron la vinculación de la Monarquía con el Apóstol iniciando así las peregrinaciones a Santiago un desarrollo progresivo a lo largo del siglo X y, sobre todo, de la undécima centuria, tras la caída del califato cordobés. Así, comenzó a difundirse por toda Europa la faceta guerrera del Apóstol, que atribuía a su milagrosa intervención las victorias cristianas de los reyes leoneses sobre los musulmanes mientras que, al mismo tiempo, las peregrinaciones al lugar santo compostelano encontraron en la reforma benedictina impulsada desde Cluny un fiel aliado. En efecto, el camino francés es, para muchos medievalistas, una creación de los monjes de Cluny, afanosos por encontrar en Compostela un símbolo de la cristiandad europea. Y es que albergar una tumba apostólica era la máxima posibilidad que podía ofrecerse a cualquier devoto, más allá del sepulcro de Cristo en Jerusalén, una meta mucho más difícil y peligrosa de alcanzar en aquellos siglos.

A fines del siglo XI, y mientras todas estas ideas cuajaban en Europa, se produjo en Oviedo un hecho excepcional. Alfonso VI, el gran rey leonés conquistador de Toledo, visitaba la capital del antiguo reino de Asturias vinculando definitivamente las peregrinaciones a San Salvador a las compostelanas y convirtiéndose ambas ciudades en los dos principales santuarios de la cristiandad ibérica. El 13 de marzo de 1075 el rey, acompañado de su esposa, sus hermanas y un nutrido elenco de dignatarios eclesiásticos y civiles, contemplaron, en la capilla de San Miguel, ante la atenta mirada del Obispo Arias y de la comunidad eclesiástica ovetense, las ochenta y tres reliquias del Arca Santa. Este simbólico ceremonial, de marcado carácter religioso, tendría repercusiones políticas casi inmediatas y de primera magnitud: la concesión del Fuero de población a la ciudad de Oviedo en torno al año 1100 y la donación del palacio regio, el mismo año en que era consagrada la catedral de Santiago de Compostela, al Obispo y cabildo de San Salvador con el objetivo de convertirse en hospital de peregrinos. Nacía así, gracias al rey leonés, el imponente hospital de San Juan, centro benéfico de primera magnitud para la civitas episcopal y símbolo de la ciudad peregrinatoria en un momento en el que la antigua corte áulica de Alfonso II ya había crecido lo suficiente, desbordando los límites de su recinto primitivo y dando las primeras muestras de desarrollo y expansión mientras conservaba, muy vivo, el recuerdo y la memoria de los siglos pasados.

El siglo XII, el de la “revolución” urbana europea según Jacques Le Goff, fue también el siglo de la consolidación jacobea: la institucionalización del Año Santo compostelano, la redacción del “Codex Calixtinus” o la realización del pórtico de la Gloria por el maestro Mateo lo confirman. En palabras del emir musulmán Alí Ibn Yusuf, “era tan grande la multitud de peregrinos que van y vienen a Compostela que difícilmente dejan libre la calzada hacia Occidente”. En paralelo, el desarrollo de la hospitalidad fomentó la multiplicación de nuevos establecimientos a lo largo de la ruta, centros urbanos, religiosos o confraternales que buscaban facilitar el viaje y proteger al caminante. Los revulsivos forales concedidos por los reyes leoneses a lo largo del siglo XII –Oviedo recibe de Alfonso VII, El Emperador, la renovación de su fuero en 1145– apuntan en esta misma dirección.

Reyes, nobles, hombres de iglesia y romeros innominados, de todo tipo y condición, inundaron el camino de manera masiva en años santos o de perdonanza y Santiago no era el único centro espiritual de relieve en la España medieval. Asturias fue, desde muy pronto, tierra de peregrinos deseosos de revivir el hallazgo de la tumba recordando el primer itinerario del reino cristiano que, en el siglo IX, llevaba hasta ella. Pero no sólo. El potencial de las magníficas reliquias de San Salvador movió a muchos caminantes a visitar la Sancta Ovetensis, convertida en centro de peregrinación per se y con reclamo propio. Así lo entendieron muchos reyes leoneses al conceder importantes privilegios a San Salvador o fundar nuevos centros urbanos a lo largo del camino primitivo, como vemos tras las donaciones a la Iglesia de Oviedo de la reina Urraca en 1112 o en las fundaciones de las polas de Tineo y Salas, por Alfonso IX, en 1222, y Alfonso X, respectivamente. Y así lo entendió también, ya a fines de la Edad Media, el papa Eugenio IV al conceder a Oviedo el jubileo de la Santa Cruz el 10 de noviembre de 1438.

“Camino Primitivo. Oviedo”

Hasta el 10 de diciembre en la Sala de exposiciones de LA NUEVA ESPAÑA (c/Calvo Sotelo, 5, Oviedo). Horarios: de martes a viernes, de 17.00 a 21.00 horas; sábados, domingos y festivos, de 11.00 a 14.00 y de 16.00 a 21.00 horas. Precios: adultos, 5 euros. Niños menores de 12 años, gratis con un adulto. Si el adulto viene con más de un menor, el precio será de 3 euros a partir del segundo niño. Por cada entrada de pago de adulto se entrega además un bono de descuento de 2 euros canjeable en la tienda de la muestra, y un bono de acceso gratuito durante un mes a la web lne.es.

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