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Jorge J. Fernández Sangrador

La religión de Cohen

Los orígenes de la fe de un premio “Princesa de Asturias”

“Kohen” significa, en hebreo, “sacerdote”. Y de este vocablo, que la Biblia cita con frecuencia y veneración, proviene el apellido de Leonard, al que la Cátedra homónima de la Universidad de Oviedo ha dedicado unas jornadas de estudio a mediados de este mes de noviembre.

Leonard Cohen nació, el 21 de septiembre de 1934, en Montreal (Canadá). Era viernes, víspera del “shabbat”, día séptimo de la Creación, en el que Dios descansó de la realización de su obra genesíaca e inauguró esa entrañable fiesta que el pueblo judío celebra semanalmente.

Sus ancestros eran, por parte de padre, polacos; y, de madre, lituanos. A su abuelo materno Solomon Klinitsky-Klein, conocido por sus escritos acerca del Talmud, le llamaban “Príncipe de los gramáticos” y a él le dedicó Leonard uno de sus poemas: “The song of the hellenist”. Mientras que su abuelo paterno Lyon Cohen fue cofundador del periódico “The Canadian Jewish Times”.

Provenía, pues, de una familia religiosa e ilustrada. Los primeros contactos de Leonard con la Iglesia tuvieron lugar por medio de su niñera, que era católica y solía llevarlo con ella a los actos de culto. Aquella participación en la vida litúrgica y devocional de la Iglesia hizo que se viese a sí mismo como un «outsider» del catolicismo.

Se sentía, sin embargo, hebreo hasta la médula. Aunque hubiera transitado por diversos senderos espirituales. En cierta ocasión comentó: «Me gusta la compañía de los monjes, de las religiosas, de los creyentes y de los extremistas de todo género. Me he sentido siempre en casa con personas de esa clase. Y no sé exactamente por qué. Sé que eso hace solo las cosas más interesantes».

Nada pudo, con todo, reemplazar a su multisecular religión. Era la de sus antepasados, que se sabían descendientes de Aarón, el hermano de Moisés. Era la de la Biblia, en la que se inspiró para componer tantas de sus memorables canciones. «I’m the little jew / who wrote de Bible», dejó escrito en “The Future”. Era la de su madre, que poseía el don de relatar historias.

Cuando Leonard salió del monasterio zen de Mount Baldy, cerca de Los Ángeles, en el que estuvo desde 1994 hasta 1999, confesó: «No buscaba una nueva religión ni la embriaguez de una conversión o de una apostasía. Me he rapado la cabeza, he vestido el hábito de monje zen, pero no he nadado en otros océanos. He nacido judío y moriré judío. La religión de mi familia satisface todos mis deseos espirituales. Regresar a casa ha sido una hermosa sensación».

En efecto, suele suceder que, cuando se anda a la búsqueda de nuevas experiencias en el bazar de las espiritualidades, sean del tipo que sean, acaba uno por descubrir que en donde se encuentra realmente la suya es en el punto de origen, en la religión de su casa y familia, en la del templo en el que recitó las primeras oraciones de la infancia, en la de la tradición espiritual y cultural en la que nació y creció.

Y de ahí el que sea especialmente cruel esa modalidad de ateísmo en el que sus militantes no solo se desapuntan de una religión en cuanto hecho confesional histórico, sino que reniegan del Dios en el que cree su madre y tratan de desprestigiarlo ante el universo mundo valiéndose de todos los medios posibles. Y mientras tanto Dios no cesa de preguntarles a través de la esencial, verdadera y amorosa voz de sus religiosas, y tal vez ya ancianas, madres: «¿Por qué me persigues?».

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