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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / música

Jonathan Mallada Álvarez

Un concierto memorable

No pudo haber un homenaje mejor ni más sentido al que fuera concertino de la Sinfónica de Asturias, Alfonso Ordieres, que el recital del viernes, una cita que abría la “nueva” temporada de abono y que contaba como protagonista absoluto con la figura del pianista español Javier Perianes en el doble rol de solista y director, enfrentando, nada menos, que dos conciertos. Pese a la sonoridad diferente propiciada por el cambio de disposición de orquesta y piano (y que este último apareciera sin tapa), el mayúsculo reto fue superado, con nota, por la Sinfónica y el pianista.

El “concierto para piano y orquesta número 20 en re menor” de Mozart dejó instantes de absoluta brillantez. La OSPA estuvo compacta en todo momento, con un sonido rotundo y unos cambios de carácter perfectamente sincronizados que contrastaban con las intervenciones de Perianes, en las que el tiempo parecía detenerse mientras el onubense desplegaba toda su magia sobre el teclado. Esta misma tónica siguió en la delicada “Romanza”, recreando una atmósfera intimista y evidenciando unas texturas especialmente diáfanas en las que se percibía cualquier mínimo detalle. Todo el colorismo y los matices que Perianes vertió a la interpretación encontraron una respuesta notable en la orquesta, mostrando siempre flexibilidad y desenvolviéndose con soltura ante las indicaciones del español, que parecía multiplicarse tras el piano.

En el “rondó: allegro assai”, con ese poso indeleble que anticipa la figura de Beethoven gracias a dos lenguajes muy próximos, la OSPA se soldó a la mano del español, cayendo de forma ajustada en los acordes y arropando al pianista en cada una de las frases musicales para rubricar una interpretación sobresaliente de la obra mozartiana.

El cambio, sin pausa, al “concierto para piano y orquesta número 1 en do mayor”, de Beethoven, supuso un nuevo reto que Perianes y la OSPA enfrentaron con la misma entereza e idénticos resultados. Siempre cuidadoso en los balances sonoros y con una musicalidad espléndida, el pianista andaluz aprovecharía el segundo movimiento (Largo), para recrearse en todo su lirismo, merced a una límpida pulsación y a unas articulaciones muy aseadas por parte de todas las secciones. No sería hasta el tercer movimiento (Rondó: allegro scherzando) cuando Perianes, al que sólo se le puede reprochar cierta, y comprensible, rigidez gestual (pero a todas luces efectiva), dio algo más de rienda suelta a la orquesta, sin romper nunca el equilibrio ni mermar un ápice la precisión en cada una de las entradas y retiradas del sonido o la tersa sonoridad de la concentrada agrupación del Principado. Sin duda, la mejor manera de comenzar el año y la temporada.

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