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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

La OTAN y nosotros

La invasión de Ucrania pone a prueba la capacidad defensiva de Occidente

Jornada inaugural de la Cumbre de la OTAN en Madrid Juan Carlos Hidalgo

Hubo un tiempo en que la OTAN ni nos iba ni nos venía. Vivíamos en una dictadura aislada del mundo, con un ejército que, a juzgar por lo que se veía en la mili, no estaba para muchos trotes. En caso de peligro, ya teníamos a nuestros amigos los todopoderosos Estados Unidos de América. A cambio de su protección, les habíamos dejado instalarse en las bases, una especie de exóticos pueblos yanquis, que no conocíamos porque no dejaban ni acercarse, pero imaginábamos como los de las películas. Ellos sí salían a divertirse al centro de nuestras ciudades. Cuando veíamos a un negro en la Gran Vía, inmediatamente sabíamos que era un americano de Torrejón, a no ser que fuera Legrá o Machín, claro. Nos preocupaba tan poco que ni siquiera nos habíamos molestado en traducir el nombre y los telediarios hablaban pomposamente de la NATO (North Atlantic Treaty Organization).

Con la agonía del franquismo y la llegada de la Transición la cosa cambió. De repente, empezamos a gritar y a pintar en las paredes "Yanquis Go Home", "OTAN, no", "Bases fuera". Ansiábamos ser un país libre de ataduras de las grandes potencias. No era fácil, porque estábamos en plena Guerra Fría. O estabas con la OTAN o estabas con el Pacto de Varsovia. Como ninguna de las dos opciones convencía y éramos jóvenes y muy ilusos, lo que queríamos era estar con los No Alineados. Estos eran, por ejemplo, la Yugoslavia de Tito –entonces un héroe que mantenía a raya a Moscú y a Washington– o la India, que como nos recordaba a Gandhi nos parecía el colmo del pacifismo. Ese era nuestro camino, defendernos a base de resistencia pasiva e invertir en educación y no en armas.

Fueron años de mucho revuelo entre los de izquierdas anti OTAN y los de derecha que decían que teníamos que aliarnos con los occidentales, que éramos europeos y no un país tercermundista. Hasta los más de izquierdas pasaron el sarampión de la juventud y fueron cambiando de actitud. La realidad era la realidad. El mismísimo Felipe González y fieles amigos suyos, como el ilustrado Javier Solana, que peregrinaban a Torrejón para mandar a los yanquis a casa, cambió de opinión en un abrir y cerrar de ojos. Organizó un referéndum estrambótico en el que la mayor parte de la izquierda pedía el sí, bajo el intrigante lema "OTAN, de entrada no". Y la derecha, entonces liderada por Fraga, con tal de llevar la contraria al Gobierno no pedía el "sí", sino la abstención. Ganó el "sí", claro.

Nuestro ejército se modernizó, de repente nuestros militares parecían héroes de películas bélicas, hablaban inglés, viajaban por el mundo, trataban de tú a tú a los oficiales de la US Army o a la British Army. Nos integramos tanto que hasta Javier Solana, aquel activista encendido, llegó a ser el jefe de la Alianza Atlántica. Incluso le tocó bregar de forma muy discutible con los complejos conflictos de la antigua Yugoslavia del no alineado Tito, la primera guerra en Europa desde la Mundial.

A falta de conflictos en Europa y con los americanos convertidos en policía mundial, poco a poco, nos fuimos olvidando de la OTAN. Es lo que pasa con los ejércitos sin enemigo. Hasta que va Putin e invade Ucrania. De repente, zafarrancho de combate, se ponen en duda las fronteras entre el Este y el Oeste. ¿Qué hacer? ¿Defender a los amigos ucranianos aunque, de momento, solo sean aspirantes a aliados? ¿Cómo parar los pies al expansionista Putin?

Y en esas estamos. Madrid, ocupado por los funcionarios de la OTAN. España, convertida en cuartel general de operaciones de la defensa de Occidente. Con una parte del Gobierno sacando pecho por lo importantes que somos y otra volviendo al "OTAN, no", pidiendo que España vuelva al aislacionismo, lanzando consignas pacifistas, exigiendo diálogo frente a cañones. Y, mientras tanto, Rusia avanzando por el Este y nuestra frontera sur abandonada de la mano de Dios. Si en esta hora crítica la OTAN no demuestra que sirve para algo, probablemente en la siguiente ocasión ya será demasiado tarde.

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