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Matías Vallés

El Webb no ha cambiado mi vida

El último telescopio de la NASA

Siento compartir que el telescopio Webb no ha cambiado mi vida, ni siquiera mi cosmovisión, sin despreciar el tremendo valor decorativo de sus imágenes en las páginas de los periódicos y en los tediosos telediarios agosteños. Puedo imaginar líneas de cerámica basadas en esas fotografías, aunque me avergüenzo de mi vulgaridad cuando leo en el "New York Times" el titular "Cómo el telescopio Webb expandió el Universo de un escritor". El sesudo rotativo ha efectuado el descubrimiento galáctico de que "mientras más imágenes de Júpiter brotan del nuevo observatorio de la NASA, nuestro corresponsal de asuntos cósmicos confiesa que no anticipó su poder".

Si el mayor cotilla astronómico de todos los tiempos no altera tu existencia, eres un insensible. En realidad no hay que someterse a la ciencia, sino al marketing primoroso de la NASA. Juro que la agencia promociona oficialmente las tormentas gigantescas, auroras y colorines del mayor de los planetas con la observación de que "Júpiter tiene mucha marcha". La agencia espacial habla sin sonrojarse de "la vida interior de Júpiter", que suena a espiritualidad New Age pero me importa tanto como la evolución biológica de los tiestos de mi vecino.

Las estampas que han cambiado para siempre la vida de los humanos cultos solo confirman que pertenezco a círculos analfabetos, donde nadie ha comentado la imaginería del telescopio pero todos se entusiasmaron con Eurovisión. Estamos con la web, el Webb nos cae lejos. Ni siquiera tengo claro que distinguiéramos por las imágenes a Júpiter de Venus, o de la rodaja de chorizo solar que popularizó el divulgador francés Etienne Klein, para demostrar que las fotos del espacio nos dejan sin palabras porque no tenemos ni idea de lo que significan. Tampoco soy un filisteo irremediable, porque no me conmueven quienes se dignifican maravillándose del espacio exterior, pero entiendo a quien llore los árboles talados o quemados que formaban la columnata de su existencia. Recuerde, Einstein o Hawking llevaban el universo en sus cerebros, y de ahí salió todo.

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