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Oscar Buznego

Pedro Sánchez y las encuestas

Un presidente en huida hacia delante en pos de un vuelco para lograr la reelección

Entre los numerosos apelativos adheridos al nombre de la democracia en la actualidad, uno de los más definitorios es el propuesto por el politólogo francés Bernard Manin, "de audiencia". La democracia, concluye en su excelente obra "El gobierno representativo", es el gobierno de los expertos en medios. Los profesionales de la comunicación ocupan ahora el lugar que en el centro de la vida política estaba reservado a los activistas y los burócratas de los partidos. El atributo que mejor caracteriza a la democracia de audiencia es la campaña permanente, un concepto ideado por un asesor de Carter, al que dio forma precisa Sidney Blumenthal, periodista polémico y consultor político, que ayudó a Clinton y varios candidatos demócratas en sus aspiraciones de llegar a la presidencia de Estados Unidos. La herramienta básica de esta nueva forma de hacer política es la encuesta, un artefacto multiusos del que los gobiernos y los partidos ya no pueden prescindir para auscultar a los electores y fijar su agenda. Es un hecho probado que las encuestas han adquirido una influencia enorme en las decisiones, las estrategias y el voto.

Pedro Sánchez es plenamente consciente de todo esto y sigue la pauta. Tanto es así, que ha señalado como primer objetivo, suyo y del PSOE, derrotar a las encuestas. Reconoce de esta manera, implícitamente, que a día de hoy le son desfavorables y su reelección está en peligro. Las elecciones andaluzas solo confirmaron lo que sabía de antemano por los sondeos. El toque a rebato que dio tras conocer el resultado para la movilización total de su partido y del gobierno no tiene otra explicación. Su prioridad es provocar un vuelco en las encuestas antes de las elecciones municipales y autonómicas de mayo, porque en caso de perder en las locales sería aún más improbable una victoria en las generales, que se celebrarían a continuación. Y para ello, se está dejando llevar por su instinto y por las encuestas.

Los últimos sondeos publicados registran una diferencia estable superior a cinco puntos en el apoyo electoral del PP sobre el PSOE. El barómetro del CIS difundido esta semana sitúa al PP por encima en intención directa de voto, pero hace una estimación de voto ligeramente favorable al PSOE. Los socialistas mejoran levísimamente sus expectativas electorales en comparación con el anterior barómetro de julio, aunque algunos indicadores reflejan variaciones inapreciables. Casi el 70% de los españoles manifiestan poca o ninguna confianza en Pedro Sánchez, que obtiene una valoración inferior a Yolanda Díaz y Núñez Feijóo, y en torno al 65% de los votantes del PSOE se mantienen firmes en su apoyo al partido, quince puntos menos que los votantes del PP. Una tercera parte de los votantes socialistas se encuentra dispersa entre las dudas, la abstención, el PP y UnidasPodemos. Por el contrario, el PSOE apenas atrae a votantes de otros partidos, excepto de la coalición de izquierdas. El 15% de los votantes de UnidasPodemos confiesa que votará al PSOE, que además es la segunda opción para el 27%, un dato a tener en cuenta vistas las dificultades de la coalición para configurar su oferta electoral.

Con esta información, el panorama se presenta más claro. El PP cuenta con un electorado fiel, atrapa votos a derecha y a izquierda y está condiciones de ganar las próximas elecciones, pero tendrá que convalidar los buenos pronósticos, lo que va a depender en gran medida de la actuación de Feijóo. El PSOE, por su parte, sufre la fuga de unos votantes, el 7% hacia el PP, y la indecisión de otros, el 12%, pérdidas que no compensaría con la transferencia que con seguridad va a recibir de UnidasPodemos. Pedro Sánchez, por tanto, necesita ampliar su apoyo electoral para mantenerse en el gobierno, máxime si se produce el previsible declive de Podemos. Podría intentarlo por el centro o por la izquierda. Pero no parece que se haya planteado siquiera la alternativa. Ha hinchado la retórica populista, polariza hasta el extremo la división política y estrecha el nudo que lo une a los nacionalistas, señales inequívocas de que sigue en sus trece, si cabe con más ahínco. Lo chocante de su elección es que hasta la fecha le ha hecho perder todas las elecciones por la desafección del voto moderado, salvo las catalanas, que son caso aparte, y que únicamente puede tener éxito a costa de UnidasPodemos, socio imprescindible para formar gobierno. El tiempo dirá si tendremos que admitir que ha sido un acierto genial o es preso de una ofuscación persistente. El problema de una huida hacia adelante es que nunca se sabe dónde acaba.

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