Suscríbete La Nueva España

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Sosa Wagner

Picasso a debate

La condescendencia con el pintor del tribunal de la nueva moral

Picasso en el centro de la polémica. ¿Por sus cuadros, por la revolución que supuso en la historia del arte? No, por su condición de macho maltratador, de varón verriondo con sed de mujeres, por su afición a gozar de hembras, vigorosas como animales bravíos y perfumadas como melocotones en sazón. Estamos ante el Tribunal de la Historia y, en un trance así, quienes ante él comparecen deben mostrarse fuertes, al menos todo lo que a cada cual le permita su artrosis.

Con Picasso se están comportando los jueces de ese Tribunal con desusada condescendencia, incluso un ministro locuaz y entrado en carnes ha venido a decir que "pelillos a la mar", que hay que comprenderle porque estaba en París y aquella es la patria del pecado, que Picasso era a la sazón joven y que además tenía muchas tentaciones a su alrededor. ¿Cómo pedirle que no cayera en ellas?

Y se recuerdan otros casos de grandes genios que no fueron trigo limpio en vida. A mí me gusta evocar a Gesualdo, el compositor, que le dio mucho al madrigal, pero que un mal día, cuando volvía precisamente de madrigalizar, encontró a su mujer y su amante en la cama dando enormes resoplidos de placer. Gesualdo, entonces, consciente de que padecía cornupecia, les asestó a ambos varias puñaladas con el objeto de interrumpir aquella bacanal que para él tan aflictiva resultaba.

Me he deleitado con Verlaine, otro que vivía en París, y no solo por aquello de "los largos sollozos de los violines de otoño ..." sino porque recuerdo a Rubén: "y que sobre tu tumba no se derrame el llanto / sino rocío, vino y miel". Pero preciso es reconocer que Verlaine, si te acercabas con imprudencia, te echaba encima una vomitera bien sazonada donde se mezclaba la absenta con el foie recién comido y el croissant que se iba a comer. Y, si quien con él intimaba se llamaba Rimbaud, le pegaba un tiro. Hemos tenido suerte los que nacimos cuando ya estaba muerto porque de sus extravagancias nos hemos librado.

Es decir que mucho poema, mucha finura simbolista pero ajenjo y hachís, violencia y poca compostura.

De Picasso se va a seguir hablando porque se están celebrando fastos de longue durée, por usar el francés y hacernos los cursis.

Conviene por ello dejar las cosas claras. ¿Es correcta esa actitud de magnanimidad con él? ¿Se la merece?

Este es el asunto acerca del cual solo avanzo alguna hipótesis. Y me pregunto si Picasso, en vez de pintar a las señoritas de Aviñón, no podía haber dedicado más atención a formarse en las verdades eternas, aquellas que giran en torno a lo guay y lo chulísimo, a lo transversal, a lo transexual, a lo sostenible, a la empatía, al talante y, sobre todo, a "poner en valor" esto y aquello … ¿Medió con su pincel en el diálogo entre culturas? ¿Se ocupó de las lenguas del Estado? ¿Aprendió catalán?

Fue, eso sí, influencer antes de que se inventara este oficio, que hoy se aprende en masters y seminarios on line. Quizás esto le salve de los atropellos a sus novias.

Pero lo que le condena ante la Historia es que le gustara la fiesta de los toros y dejara muchas obras dedicadas a ruedos, toreros y lances de picadores y banderilleros. Es verdad que lo mismo hizo Goya pero Goya estaba sordo y por tanto no se enteraba de nada. Picasso, por contra, tenía unos pabellones auditivos pingües, por lo que su redención es imposible. A Picasso, más que su aspereza con las mujeres, le condena su amor a la tauromaquia.

Y esto no debe olvidarse en esta hora en la que comparece ante el Tribunal de la Historia que forman hoy memos, rastacueros y tarugos cabales.

Compartir el artículo

stats