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Pepe Mier, el último pastor de los montes de Asiegu, abandona el puerto

El nonagenario cabraliego vende su rebaño de ovejas después de toda una vida dedicado a cuidarlas en una cabaña de la sierra del Cuera

Pepe Mier, en los montes bajos de Asiegu,  en el municipio de Cabrales, con las ovejas al fondo.

Pepe Mier, en los montes bajos de Asiegu, en el municipio de Cabrales, con las ovejas al fondo.

“Un pastor nace pastor” y lo es “toda la vida” aunque no allende ganado, ni dependa de él para sobrevivir. Pepe Mier lo seguirá siendo “hasta que marche de esti lau”, pero ahora vende la mayor parte del rebaño de ovejas que ha criado desde niño. “Las entrego porque ya

Pero no lo deja solo por eso. “Yo creo que ya cumplí, no me quedó nada atrás”, asume con una sonrisa. Le brillan los ojos al recordar, y tuerce el gesto al echar la vista atrás y pensar en “lo miserable de la vida”. Al mirar al futuro, o al presente, tampoco lo ve claro. “Ahora hay mucha soberbia”, dice. “Ni aquello ni esto”, sentencia.

Cuando tenía 4 años fue por primera vez a Brañes, en la sierra del Cuera, a una cabaña con su madre. “No teníamos nada más que tres vacas”, recuerda. “Subíamos de noche, las mecíamos donde pastaban, cargábamos las perolas y a la cabaña con la leche a hacer el queso. Allí echábamos el cuajo y a base de leña y fuego íbamos sacando el sueru para que no se perdiera el queso. Todos en la cabaña metidos. Unos salían con gusanos, otros no. Luego los cargábamos en un cesto y en burro a venderlos al mercáu de los miércoles de Benia”, rememora. El suero “lo carábamos y pa los gochos”.

Cuando cumplió 13 años su padre compró las primeras ovejas. Luego incorporaron cabras. Y más tarde acabaron renunciando a las ovejas. Al volver de la mili en Barbastro, Pepe Mier se casó y decidió que su futuro se centraría en el ganado ovino. “Decía mi madre que el que tenía ovejas no pasaba hambre. Valía la oveja, la leche, la piel, la lana... Hay que mirar por ellas me repetía”, cuenta. Y él siguió su consejo.

Acariciando a los perros que siempre le acompañan. Eva San Román

Empezó con poco más de una veintena y llegó a tener más de doscientas, “de lo mejor”, porque se reconoce “caprichoso” y las ovejas tenían que ser “de calidad”. “Llevo 30 años yendo a Carranza a comprar carneros de allí, solo me valían esos”, dice. Así fue como hizo un rebaño del que puede presumir y al que todos alaban. Y lo que consiguió fue con su esfuerzo. “Había que mirar pa mejorar” y cuando “ya cortejaba algo en puertu” decidió arreglar la cabaña. Tuvo que vender 24 ovejas después de ajustar un precio de 12.000 pesetas “pa tener algo curiosu” donde pasar sin más penurias las temporadas en el monte. “Ahora tengo televisión, nevera y luz, ¿quién me lo iba a decir?”, explica.

A la cabaña sigue yendo, pero ahora no sube a Peña Blanca a ver si están todas las ovejas. Las ve sentado unas piedras, no desde muy lejos, con prismáticos. “Veo de sobra si pasan todas y si faltan, hay que ir a buscarlas, claru. De críu no tenía reloj y ahora tengo unos prismáticos de más de mil euros”, subraya. “Tengo muchu cuidau con ellos, unu aprende a valorar lo que cuestan las cosas”. Por eso “yo creo que le debemos muchu a las vacas”. Para ejemplo, la que vendió para comprar una segadora “que yo no quería porque pa lo que segaba me valía la guadaña de sobra” pero al final, “tuve que vender una vaca buena en 65.000 pesetas. “Así comprábamos antes, solu si lo teníamos”. Y hasta que lo tenían, “nos apañábaos”. “Mucha miseria pasamos, el vino y la cerveza no lo conocía, y la sidra, si la hacíamos en casa”. En la suya no faltaba “y en la cabaña siempre hay” porque Pepe Mier sigue tomando dos diarias.

“Estoy cansado y además las mata el lobo: eso manca”, lamenta

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Es complicado arrancar las costumbres a un hombre de 90 años que empezó de niño a “curiar” vacas, cabras y ovejas. Un pastor, insiste, “tiene que nacer pastor, si no te gusta, ni lo intentes”. Ahora “pueden llamarse ganaderos, pero ya no hay pastores”. “Llegan con el coche lo más cerca, suben, ven las vacas y bajan, y hacen bien”, apunta. “Porque antes trabajábamos mucho y no teníamos nada. Pero ahora trabajan más cómodu y tampocu lo tienen, porque esto no da”, lamenta.

Ya no quiere complicarse más, aunque fue feliz. “Me faltó la mujer cuando tenía ella 54 años, fue lo único que me jodió en la vida”, lamenta. “El restu, yo con animales y en puertu estoy más que bien, pero el que tiene una mujer lo tiene todo”, dice con los ojos aguados.

Lo que no concibe es no tener nada que hacer. Por eso, “voy a dejar 24 ovejas del añu pa entretenerme”, asume riendo. La idea, es tomarlo con calma, en los pastos bajos, pero sabe que su vida está en el puerto, en la cabaña en la que se crió, donde no hay más que paz y naturaleza. Donde todo tiene otra cadencia y conserva sus recuerdos. “Si no muero, el añu que viene subo, qué voy a hacer en casa. Yo pasé más tiempo arriba que abajo, y arriba es donde estoy mejor”, aunque la próxima primavera ya no subirá con rebaño. Y con él se acabó en Brañes la reciella de un pastor. Y la historia de un hombre que ha pasado 86 años de su vida dedicado a criar ganado, a conservar los montes y a ver el mundo, el suyo, desde lo alto del Cuera.

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