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Patrimonio urbano y sentimentalismo

Llanes pierde uno de los últimos vestigios de su pasado conservero

Alfonso Cimino Romeo (Trapani, Sicilia, 1893-Llanes, 1956) había llegado a la villa de Posada Herrera en 1917 para trabajar en una fábrica de salazones y conservas de pescado que había abierto un tío suyo, Giovanni Vella. En 1928 se establecería por su cuenta en las mismas instalaciones familiares, y en 1933 adquirió un terreno en San Antón y construyó una fábrica. Fue uno de los industriales italianos que se dedicaron en Llanes a la actividad conservera, como Baldassare Scola, Claudio Schezzi, Gaetano, Liborio Orlando y los hermanos Giuseppe y Antonio Cusimano. Su fábrica se cerró a finales de los años cincuenta.

El plano del almacén de salazón de Cimino, fechado en 1933, fue obra del arquitecto municipal, Joaquín Ortiz García. Más tarde se añadiría al proyecto, en el extremo que daba a la calle Marqués de Argüelles, un edificio para la vivienda del propietario y su familia y para las oficinas de la empresa. Cada una de estas dos partes contaba con su propio portal de acceso. Morfológicamente, el anexo, que era del mismo ancho que la nave industrial, abandonaba la factura racionalista, habitual en los trabajos de Ortiz, y se ajustaba, más bien, a modelos de arquitectura tradicional. Era el último vestigio que nos quedaba en Llanes de la época más activa y próspera de la industria conservera, y acaba de ser borrado del mapa.

Ya se sabe que la legalidad urbanística no entiende de romanticismos ni de sentimentalismos. Los criterios modernos, la relectura de los espacios, las razones de salubridad y el interés público (y privado, en la mayoría de los casos) propician a menudo la desaparición de señas de identidad del paisaje urbano. Cuando el barón Haussmann, el radical reformador del París del Segundo Imperio, arrasó las callejuelas y los barrios medievales de la ciudad del Sena, ya se estaba tramitando en el Llanes de la era isabelina el derribo de la Puerta de la Villa y de la Puerta de San Nicolás. Desde entonces para acá se ha producido entre nosotros una pérdida paulatina e inmisericorde de patrimonio arquitectónico, especialmente en las décadas finales del siglo XX. En el catálogo de bajas se cuentan, entre otras construcciones, Villa Vicenta (el palacio del Coju de la Guía), la casa del “Marigordu”, la Compuerta, el sanatorio de García Gavito, las casas de Ceferino Ballesteros y de Gabriel de Teresa en la avenida de la Paz y un interesante edificio que había diseñado Fermín Coste en el muelle (junto a lo que hoy es el Bar Matute), todas las cuales sustanciaban la fisonomía inconfundible de la villa.

Las licencias para las correspondientes obras de demolición se concedieron con arreglo a la ley, pero no ocultan una aterradora falta de sensibilidad. La pérdida irreparable de aquellos bienes podría haberse evitado si se hubieran incluido en el inventario de patrimonio arquitectónico a proteger, es decir, si los gestores del municipio y los del Servicio de Patrimonio del Gobierno regional se molestaran en conocer mejor la historia local y las peculiaridades arquitectónicas de la villa.

La casa de Alfonso Cimino que se ha llevado ahora la piqueta era un triste y desvencijado testimonio del pasado, pero, al igual que una tejera, formaba parte de un profundo relato compartido. Representaba, en su caso, el vínculo con arraigados valores etnográficos del Llanes de la actividad industrial y artesanal conservera y con los años de las “bocartadas”, vividos por mujeres, jóvenes y mayores, que ganaban eventualmente un jornal en las fábricas del Barrio Bustillo descabezando bocartes para la elaboración de la anchoa. Vivencias modestas, pero esenciales, de unas cuantas generaciones de llaniscos.

http://higiniodelriollanes.blogspot.com.es

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