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Andrés Martínez Vega

Relatos sobre vitela

Andrés Martínez Vega

Por los viejos senderos de los Picos de Europa

El asentamiento en este macizo montañoso del santuario de Covadonga, encumbrado en el histórico paisaje del monte Auseva, escenario de las gestas reconquistadoras, favorecíó el complejo trazado viario que en su entorno se desarrolló desde antiguas épocas. No es posible que este espacio de los Picos de Europa, limitado en su extremo meridional por la meseta castellana y en el norte por la gran arteria que de este a oeste comunica Oviedo con las Asturias de Santillana, fuese ajeno al trasiego de población durante la Alta Edad Media, y máxime a sabiendas de la intensa labor colonizadora llevada a cabo por los primeros soberanos astures, y del programa religioso que se va imponiendo con la fundación de iglesias y monasterios, que proliferan en este ámbito territorial delimitado por ambos lados con dos grandes barreras naturales, el puerto del Pontón y el de San Glorio.

La superficie total de este gran espacio en el que se enmarca la abadía de Covadonga se articula en una red viaria de caminos, sendas y desfiladeros aptos y suficientes para el desarrollo de los núcleos de población allí asentados, al resguardo de los peligros que suponían las ofensivas musulmanas. A pesar de que pudiera parecer un territorio abandonado, al trasladarse la acción política e incluso la corte a otros escenarios, la reactivación poblacional, religiosa y cultural fue evidente.

Queda patente este movimiento en la vertiente asturiana con la obra de Favila (737-739), al construir la iglesia de la Santa Cruz, y con el origen de los monasterios de San pedro de Villanueva y Covadonga, atribuidos tradicionalmente al rey Alfonso I.

En el inmediato territorio lebaniego, se constata, por otra parte, otro importante foco cultural y espiritual en el que se erigen multitud de iglesias, eremitorios y centros monásticos, importantes células de colonización, que vemos florecer desde el siglo X en Oseja y Valdeón, al igual que desde la centuria anterior en san Julián de Culiembro y San Pedro de Camarmeña, en Cabrales.

Todos estos centros que bordean Covadonga estaban unidos por serpenteantes caminos o desfiladeros que configuraban una red viaria compleja, por donde circulaban mercancías y personas, ideas, sabidurías ancestrales y conocimientos como los aportados por las grandes abadías castellanas; y no faltan otros viatores que, causa devotionis, van poblando las rutas de la España cristiana ávidos de milagros, de reliquias y de crónicas o relatos sobrenaturales. El aislamiento geográfico, por tanto, que en principio, parece caracterizar el entorno de los Picos de Europa no es tal. En efecto, desde Panes, Ruenes y Cabrales se descendía a través de Arcedón, Lebeña, Sotres y Cosgaya hasta tierras lebaniegas y desde Espinama y Naranco hasta Valdeón. En la parte septentrional, desde Panes el camino llega a Cangas de Onís, antesala de Covadonga y punto de encuentro del camino transversal del puerto del Pontón.

Sabemos que esta vieja infraestructura viaria fue también el cauce de peregrinos jacobeos, que visitaban el santuario mariano de Asturias en su ida o a su vuelta de Santiago de Compostela. Son muchos, en efecto, los testimonios documentales que nos testifican este hito de Covadonga dentro del itinerario hacia la tierra del Apóstol. A modo de ejemplo podríamos citar la peregrinación del clérigo austríaco Christoph Guzinger, cuyo diario de viaje hacia la ciudad gallega se publica en el año 1655, y en el que nos dice cómo a su regreso de Compostela viene a Asturias para visitar Covadonga y proseguir hacia Santo Toribio de Liébana. Tras visitar las reliquias de la catedral ovetense, se dirige, en efecto, al santuario de Covadonga que describe como «una capilla santa, extraordinariamente extraña, en una peña grande, muy ahuecada, y al mismo tiempo sobresaliente, donde la Santísima Virgen […] es una paloma en cuevas de piedra».

Su camino hacia tierras lebaniegas continúa por Puertas, Arenas y Sotres, lugares que describe con minuciosidad, y en donde conoció la sidra y las madreñas, así como el buen vino que portaban los arrieros castellanos.

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