15 de enero de 2013
15.01.2013

El Apostolado, sin prueba de paternidad

El conjunto del Bellas Artes queda fuera de la exhaustiva investigación técnica con la que conservadoras del Prado han fijado un corpus de 70 obras autógrafas del Greco

15.01.2013 | 01:00

Ch. NEIRA


El Museo del Prado prepara el volumen «El Greco pintor», una obra que de alguna forma preside y anticipa las celebraciones del cuarto centenario del fallecimiento en Toledo en 1614 del pintor cretense Domenikos Theotokopoulos (Candía, 1541). Allí, el trabajo minucioso de las conservadoras del Prado, en especial de Carmen Garrido y de Leticia Ruiz, la aplicación de los infrarrojos y otras modernas técnicas de análisis, ha permitido fijar un canon de 70 lienzos que salieron «íntegramente de la mano del Greco». El Apostolado de Oviedo, depositado en el Museo de Bellas Artes de Asturias, no figura en el grupo.


El equipo de Garrido ha analizado hasta 140 obras y sólo se ha quedado con la mitad. Las investigadoras precisan que eso no quiere decir que la otra mitad sean falsos Grecos, pero sí que no se puede afirmar que sean obras exclusivamente realizadas por el griego, y quizá sí por sus colaboradores, su hijo, trabajos de su taller.


En el caso del Apostolado de Oviedo, uno de los tres más destacados de los que se conservan junto con el de la Casa Museo del Greco y el de la catedral de Toledo, las investigadoras no se desplazaron a Oviedo para analizar los cuadros como, sin embargo, sí hicieron con las otras dos colecciones. Los grupos de Apóstoles son especialmente interesantes para el análisis de la obra del Greco porque son obras de la última etapa. Y en el caso del de la Casa Museo de Toledo hubo sorpresas, pues Carmen Garrido descubrió que donde antes los historiadores apuntaban a una autoría compartida entre el Greco y su taller, los análisis realizados ahora indican que donde se apreciaban otro tipo de trazos lo que había en realidad era un trabajo inacabado, un cuadro a la mitad.


Ésa es precisamente la tesis que apuntó en su día Alfonso Pérez Sánchez, director del Museo del Prado durante los años ochenta y uno de los máximos especialistas en la obra del Greco. En el libro que se editó en 2002 con motivo de la presentación del Apostolado restaurado por Rafael Alonso y adquirido para Asturias, en forma de pago de impuestos, a través de la compra que Aceralia realizó al marqués de San Feliz, Pérez Sánchez afirma que «algunos de los lienzos de esta serie dan la sensación de haber quedado inconclusos». Y asegura que es «obra enteramente autógrafa» y «con seguridad uno de los más antiguos, si no el primero, de los conservados». Así, fecha el conjunto en 1590 y asegura que es anterior al de la catedral y al de la Casa Museo del Greco.


Todas las piezas de este apostolado están firmadas con las iniciales minúsculas griegas delta (x) y theta (x), iniciales de Domenikos Theotokopoulos, y aunque pudieran haber existido otras manos del taller del pintor en la producción del conjunto, la «soberbia calidad» en algunos apóstoles como Santiago el Menor, San Juan o San Pablo, cita Pérez Sánchez, vincula estos lienzos concretos exclusivamente al Greco, como «ejemplos soberbios de la refinada técnica del maestro en un momento especialmente afortunado».


Las pruebas definitivas que habrían aclarado cuántos Grecos había en este Apostolado ovetense no han logrado realizarse a lo largo de este estudio, a pesar de que las investigadoras, según ha podido saber este periódico, han tenido el ofrecimiento por parte del Museo de Bellas Artes para practicar las pruebas.


El Apostolado de San Feliz queda, así, en un extraño limbo, en un nuevo capítulo de una vida muy azarosa de la que se tiene noticia por primera vez en la primera mitad del siglo XVIII, cuando Juan Eusebio Díaz de Campomanes lo compra en Sevilla. Sus descendientes lo acaban donando al convento de San Vicente, donde hay constancia de que se retocó y repintó en 1770, posiblemente por mano de Francisco Reiter, según tesis del historiador Javier González Santos, para quien la autoría autógrafa del Greco está fuera de toda duda.


Después, en 1821, con la exclaustración del convento de San Vicente, el benedictino fray Atilano González Diego se lo lega a las monjas pelayas. La comunidad custodia la obra en su monasterio de la Vega y se traslada con los cuadros a San Pelayo cuando se les expulsa de aquellos terrenos para instalar la Fábrica de Armas. En 1893 la Comisión Provincial de Monumentos redescubre el Apostolado y Luis Menéndez Pidal ya diagnostica que ocho de los doce lienzos están maltratados por un mala restauración. En 1905 las Pelayas están a punto de vendérselo a Émile Parés, anticuario francés establecido en Madrid, pero el marqués de San Feliz se mete en la operación, iguala la oferta y logra quedarse con el conjunto y evitar que salga de Oviedo.

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