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“Fui feliz con esta profesión, y yo también, como mi padre, volvería a ser librera”

Concha Quirós repasó con LA NUEVA ESPAÑA su infancia en Oviedo, su viaje iniciático a París en los sesenta y su imparable trayectoria laboral

“Fui feliz con esta profesión, y yo también, como mi padre, volvería a ser librera”

A Conchita Quirós la nacieron en Pillarno (Castrillón), en la casa de la abuela materna, el 21 de mayo de 1935, pero toda su vida y obra ha sido un estar en el mundo desde Oviedo.

La ciudad la despidió hace dos días con sorpresa y conmoción, cuando nadie, ni ella misma, ni sus genes de padres nonagenarios, contaban con esta ausencia urgente, en el mismo año en que su librería, la Librería Cervantes cumple un siglo de vida, un centenario que ahora será también un monumento a su gran librera.

Concha Quirós vino a nacer en una familia de librero y maestra. En el Oviedo asediado, cuando ella tenía un año de vida, su madre tuvo que dejar la escuela con vivienda de Guillén Lafuerza, y pasaron por casas de amigos (también la familia de Dolores Medio) y acabaron viviendo en la librería, “protegidos por colchones y con un obús sin explotar empotrado en la pared”, como contaba a este periódico hace seis años.

La librería original estaba más arriba en Doctor Casal, 100 metros de planta y 50 de entreplanta y después de cerrar, tertulia. “Mientras abrían paquetes de Ruedo Ibérico y de Losada. Tertulia de cura, médico y gente de izquierda. No eran más de media docena, pero si sumo los que me dicen que iban salen más de 40”.

Fue una infancia feliz, primero de alquiler en La Tenderina, jugar campo a través, dos meses de vacaciones en la aldea, después en la calle Covadonga y en aquel sofá de muelles donde Concha y sus hermanos escondían los libros. Fue, decía, una chica “muy sensata, con pasión por leer”. Sacó matrícula en el Bachiller y pidió como regalo que le dejaran leer lo que quisiera y se tragó los 50 libros de la colección Araluce de leyendas y cuentos. A los 17 años era maestra pero nunca ejerció aunque tuvo escuela en propiedad, en Llanos de Somerón. Hizo Filosofía y Letras en el caserón de San Francisco pero conoció el mundo cuando una amiga le convenció para ir a verla a París en 1959. “A París solo iban las putas y las chachas. Yo tenía una beca del Gobierno italiano pero me empeñé en ir a París. Fui para un mes y quedé dos. A los dos años salió una beca para un librero español y volví, dos meses. París me abrió los ojos. Vi los grandes almacenes, las lavadoras que lavaban y recudían solas y los toboganes en los descansillos para la basura. Vine con 36 platos de Duralex y seis kilos menos, desnutrida, pero no volvió la misma que fue”.

El auténtico trabajo era y acabó siendo la librería. “Hacía años que trabajaba mucho en Cervantes. Mi padre decía que empezamos siendo Conchita, la hija de don Alfredo, y acabamos como Conchita y su padre, don Alfredo. Cuando volví con lo que veía fuera, quería cambiarlo todo. Empecé en serio a los 22 años. Me autocensuré con una bata negra de seda, horrorosa, como la de Matilde, la señora que estaba allí. Al hacer cambios, aquella mujer tan querida se puso algo celosa de lo que mi padre confiaba en mí”.

En 1960 ya estaban viviendo en la calle la Lila, Cervantes era también papelería y su vida era esa, de 09.30 a 13.30 y de 15.30 a 19.30. “Fuera de esas horas iba al cine, a pasear a los Álamos, alguna vez al SEU, en la calle Uría, y seguir leyendo, narrativa”. Leyó mucha novela y también viajó mucho, hasta que la tarea de cuidar a los padres las retuvo más tiempo en Oviedo. El plural incluye a su querida hermana Aurelia, uña y carne. “Somos como una pareja de hecho”, explicaba. “Es superdotada. Fue pianista hasta que se lo impidió la artrosis, trabajó de bioquímica muchos años y es muy equilibrada. Yo soy más expansiva y extravertida que ella. Teníamos amigas de la carrera, pero circunstanciales, no decisivas. Mi hermana fue muy amiga. Empecé dirigiéndola en las lecturas hasta que tuvo su criterio. Le llevo ocho años y medio y nuestro gusto es parecido. Está jubilada, juega al golf, tenemos dos perros, con los que yo tengo menos paciencia, y al final del día compartimos las cosas que nos han pasado”.

Con el paso de las décadas el negoció cambió y Cervantes creció. En la librería original ya no cabían y le ofrecieron el nuevo local. “Fueron operaciones complicadas. Mi padre estaba encantado, pero al poco tiempo me presionaba para vender una parte y pagar las deudas. Él venía de una librería muy saneada y era la primera vez que nos metíamos en un crédito que no sé si era de 50 millones de pesetas. Yo apretaba los dientes y veía que a final de mes pagábamos raspando. La librería ya estaba a mi nombre porque en 1979 creyó que iba a morir de un cáncer de colon, pero vivió todavía 20 años”.

Aún jubilada, nunca dejó de atender a clientes y autores. Decía que se había inventado el Foro Cervantes para estar en contacto con los escritores y aquello era otro de sus motivos de orgullo: “Hacemos más de cien actividades al año. Empecé a ver en Madrid y Barcelona en 1980 que si la librería quería sobrevivir tenía que ser algo más que una tienda. Acercar a los autores al público, que los tiene endiosados, tiene éxito”.

La vida, decía, le había tratado bien: “Pude haberme casado pero las personas que se acercaron no eran las adecuadas. Estaba muy ocupada en lo mío, tengo un carácter fuerte, no podía aceptar ser la señora de... Mi padre fue librero por casualidad, pero decía que si volviera a nacer sería librero. Yo estoy feliz con la profesión y volvería a ser librera”. Lo decía a siete años del centenario que este año cumple la librería y formulaba un deseo: “Quisiera que trascendiera”.

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