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La adecuación de la torre de la Catedral para el turismo llevará, al menos, un año

Reparar los escalones, reconstruir el pasamanos, renovar el suelo de la sala de campanas e instalar paneles informativos, las obras previstas

Acompañamos al Alcalde en la subida a la torre de la Catedral Elena Vélez

Desde allí donde el Magistral extendía el catalejo en el arranque de Clarín, la ciudad no parece más sencilla. Los expedientes abiertos sobre la mesa del Alcalde se ven desde cada uno de los miradores que se van abriendo a lo largo de los 183 escalones de subida al cielo de la ciudad: las fábricas, Santullano, el casco histórico, el Campo San Francisco, el Calatrava... Pero, el origen de todo, del Camino y la ciudad, está, por primera vez, bajo los pies. Consistorio y cabildo quieren volver a abrir el melón de la torre y, antes de ponerse manos a la obra, el ascenso merecía una inspección. Canteli; el primer teniente de alcalde, Nacho Cuesta, y el concejal de Turismo, Alfredo García Quintana, subieron a la torre para conocer su estado y la viabilidad de convertirlo en el “principal atractivo turístico” de la ciudad. La visita aprobó con nota. El camino es transitable, aunque no es del todo seguro. Para conseguir que turistas y vecinos vuelvan a andar y desandar el trayecto al centro de la historia de Oviedo hacen falta trabajos. Restaurar los escalones más desgastados, recuperar el pasamanos de piedra –desprendido en algunos puntos– y sustituir el suelo de madera del campanario. Y, metidos en harina, los planes esbozados por el arquitecto Jorge Hevia incluirán una limpieza de las campanas y la instalación de señales. Todo esto correrá a cuenta del Ayuntamiento y será explotado por el cabildo. Será imposible que la reparación esté lista este verano, pero se intentará llegar al siguiente. Aunque sea un proyecto nacido al calor de la iniciativa “Oviedo, origen del Camino” y del año jacobeo, se trata de un proyecto “de ciudad”, y esos senderos son más largos.

De izquierda a derecha, Nacho Cuesta, Alfredo Canteli y Alfredo García Quintana, en la sala de campanas de la Catedral. | Irma Collín

De izquierda a derecha, Nacho Cuesta, Alfredo Canteli y Alfredo García Quintana, en la sala de campanas de la Catedral. | Irma Collín Carlos LAMUÑO

La idea es que el Ayuntamiento y el Arzobispado firmen un convenio. Un acuerdo que consistirá en la actualización del proyecto del arquitecto y la ejecución de las obras. Pero, también, en la organización de su explotación. Para estas últimas, la idea es que el Consistorio se haga cargo de reforzar el personal encargado de realizar las visitas turísticas a la Catedral. Lo que se pretende, según explicó el concejal de Turismo, Alfredo García Quintana, es que “no haya un solo turista que se vaya de Oviedo sin subir a la torre de la Catedral”. Durante la subida, en la que el Alcalde marcaba el ritmo a buen paso, los ediles iban comentando cada una de las actuaciones que se deberían llevar a cabo. Los escalones fueron el primer objetivo. El pasamanos, desprendido en algunos puntos, el segundo. Desde el primer mirador, la terraza sobre la plaza de la Catedral, con el rosetón a la espalda, el Alcalde y su segundo de abordo se valieron del punto de vista privilegiado para comentar lo que más les ocupa en los últimos días, la ordenanza de terrazas. Desde allí, ambos vieron cómo los encargados de los bares de la Catedral colocaban las primeras mesas y sentenciaron que “Oviedo cumple”. Previa a esa primera salida, se encuentra la sala de contrapesos del reloj barroco de Ramón Durán. Un sistema obsoleto porque ahora es electrónico, pero que se conserva. Allí también están los moldes de yeso que Luis Menéndez-Pidal realizó para restaurar las piezas dañadas en la Guerra Civil. Los moldes de las gárgolas miran a la sala, ennegrecidos, desde las estanterías.

De izquierda a derecha, Nacho Cuesta, Alfredo Canteli y Alfredo García Quintana Irma Collín

La subida continúa por una escalera de caracol que se hace infinita. El polvo de las paredes va dejando su huella en los bajos de los pantalones de traje de los miembros del equipo de gobierno y en los codos de las chaquetas. Al llegar a la segunda parada, la sala de las campanas, se hace evidente dónde se tienen que llevar a cabo los trabajos más profundos. La sala tiene dos pisos de madera que crujen bajo los pies. Además de la estrechez de la subida, este siempre fue el motivo por el que las visitas siempre se hicieron en grupos pequeños. El arquitecto de la Catedral, Jorge Hevia, lo confirma, “el maderamen del suelo necesita una renovación”. En el segundo piso de la sala se encuentran las siete campanas de la torre, uno de sus más preciados tesoros. El timbal, la de Posar, el timbal primero, Santa Bárbara, el esquilón, la Santa Cruz y la Wamba, la campana más antigua en uso de España. La historia de la Wamba, que dará nombre a un hotel frente a la basílica, quiere recogerse también en los paneles informativos que se pretenden instalar en esta parte de la torre. Además, la propia campana contiene información, inscripciones casi ilegibles por el paso del tiempo. El proyecto que ahora quiere rescatar el Consistorio también incluye una limpieza de las campanas para que se vuelvan a apreciar frases como “Honorem Salvatoris” (“En honor del Salvador”).

El último tramo hasta la planta renacentista que sirve de mirador principal de la torre es más complicado, porque donde antes había un pasamanos de piedra discontinuo, ahora no hay ninguno. Esta última subida lleva hasta el piso construido por Rodrigo Gil de Hontañón en el siglo XVI. Desde allí, es casi tan espectacular mirar a la ciudad por sus cuatro miradores como mirar al techo, donde la luz hace juegos por los espacios vacíos que deja la arquitectura de la flecha. De allí parten cuatro pequeñas escaleras, una en cada esquina, que suben hasta unos diminutos miradores. El punto más alto de la Catedral al que se puede subir.

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