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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

La cuerda bien templada

Un concierto distinto, arriesgado y atractivo

Bajo el título Ars lachrimae se vivió, el pasado jueves, el cuarto concierto del ciclo Primavera Barroca, organizado por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo. Una propuesta diferente y atractiva que aglutinaba obras de diferentes épocas y autores con la cuerda pulsada como protagonista, un repertorio y unos instrumentos de vital importancia en el periodo renacentista y barroco. Además, el concierto cobró todavía mayor interés conforme se sucedían las explicaciones de Solinís respecto a las diferentes morfologías de los laúdes y sus afinaciones, un hecho que el público agradeció visiblemente.

La cuerda bien templada

Si bien hubo dos partes diferenciadas, una más dedicada al Renacimiento y otra anclada en el Barroco, Enrike Solinís mantuvo un nivel notable durante la casi hora y media de recital. En esta segunda mitad y antes de la “Suite en do menor BWV 997” de J. S. Bach, donde destacó una fuga con mucha ligereza y una emisión muy cuidada, interpretó obras de Froberger y Buxtehude para ejemplificar las influencias que estos compositores ejercieron sobre la gran figura barroca. La densidad de estas piezas no lastró demasiado una interpretación esmerada y bastante matizada, en la que el músico vasco se desquitaría haciendo cantar a la guitarra barroca (un mundo sonoro diferente al laúd y la tiorba con un timbre distinto) gracias a unas danzas barrocas de Gaspar Sanz que incluían el célebre “Canarios”, donde Solinís desarrolló una técnica impecable del rasgueado, jugando con el volumen sonoro, contenido por momentos y desbordante en otras ocasiones, para terminar de meterse en el bolsillo a los asistentes.

Pero la primera mitad del programa fue todavía mejor. Las obras de Johnson y Dowland recrearon una atmósfera cortesana muy lograda, a lo que contribuyó, sin duda, la gran acústica de la sala de cámara del auditorio y el carácter intimista que supo imprimir el músico bilbaíno, con un público muy respetuoso. Las piezas de los manuscritos de Barbarino y Osborn, con cierto poso arcaizante y medieval, fueron muy vistosas, y Solinís se ayudó de los pies para marcar también alguna percusión.

El concierto habría sido redondo si se hubiesen escuchado las obras de Luis de Milán, Luis de Narváez y Alonso de Mudarra en el instrumento para el que están compuestas: la vihuela. La velada musical habría ganado todavía más riqueza gracias a esa sonoridad tan particular y poco común de la vihuela y, en vista de la maestría que lució Solinís al laúd, habría sido excelente. El bilbaíno se mostró especialmente cómodo en este repertorio, con gran agilidad y limpieza en su mano izquierda, con unas cadencias bien ejecutadas, dinámicas h’ábilmente trazadas y una articulación siempre correcta. Destacó la célebre “Fantasía que contrahaze la harpa en la manera de Ludovico” de Alonso de Mudarra, sutil, delicada, de ritmo incesante y gran complejidad.

En definitiva, un concierto distinto, tan arriesgado como atractivo, con un repertorio que habitualmente (y de forma injusta) queda relegado a un segundo o tercer plano pero que, gozó de gran popularidad y circulación. El saber hacer de Enrike Solinís y las cuerdas bien templadas de sus laúdes y guitarra, donde cada nota tenía un sabor especial y encerraba un universo de color, conformaron el ambiente ideal evocar épocas pretéritas y soñar con los lances caballerescos de las novelas de capa y espada.

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