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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

Todos somos Jarrio

La génesis del hospital del occidente asturiano y el buen hacer médico que allí se desarrolla

En los amenes del siglo, a orilla de los lagos canadienses, paisaje casi tan paradisiaco, agua, montaña, árboles, verde como Asturias, donde ahora es embajador el entrañable ovetense Alfredo Martínez Serrano, dos jóvenes radiólogas le plantearon a mi mujer, de la que habían sido aventajadas discípulas, su incorporación al nuevo Hospital que se terminaba en Jarrio.

A Eloína le pareció decisión sensata y a mí, solo testigo mudo, me hizo recordar los esfuerzos de Ernest Lluch, Francisco Ortega y el consejero Rodríguez Vigil cuando éste defendió, en sede parlamentaria a la que asistí como diputado, una ubicación no exenta de polémica y manifestaciones de protesta. Que dos extraordinarias médicas se decidiesen a dejar el HUCA por el nuevo centro comarcal me parecía emocionante. El empeño político de llevar la sanidad al entonces lejano oeste astur, incluso antes que la autovía, tenía su aceptación en profesionales galenas de primera categoría. Antes, bastante antes, Eloína y yo habíamos asistido un domingo a la gran concentración en Cangas del Narcea por otro hospital, detrás de una gran bandera de Asturias que portaba mi cuñado José María Dionisio. Se lograron en aquellos entonces, unas reivindicaciones, Cangas y Coaña, que no deberían cuestionarse.

Por dos veranos consecutivos he podido apreciar en mi propia renqueante salud, la gran medicina que se hace en Jarrio. Todo lo asturiano en Sanidad es encomiable, sobre todo cuando, a la vez, constato en mi propia familia el barullo burocrático que se sufre, por ejemplo, en Vizcaya, a la hora de poner en marcha un traslado de ambulancia, que convierte decisiones sencillas en interminables y contradictorios trámites.

En su ingreso en la Academia de Medicina, el doctor Menéndez Graiño, señala con acierto que lo único importante es hacer buena medicina. Creo sinceramente que buena medicina se hace en Jarrio por lo que me sumo a la espontánea constatación en todos los pueblos del Occidente costero: Jarrio Somos Todos. ¡En efecto!

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