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Hacía sol. Había mateínos a montón. En una de las mesas de la Plaza de Porlier un paisano de media edad comía con ganas. Era roxu con el pelo de cepillo, de piel muy blanca aunque se le notaban los papos de un colorao anómalo, complexión fuerte, el niqui desvelaba una barriga en expansión. Se le veía feliz. A su lado en una pizarra se leía: “Menú asturiano: 1º: Fabada, 2º: Cachopo, postre: Arroz con leche. Botella de sidra, pan, café, chupito”. El hombre, nórdico a todas luces, iba por el cachopo. Miró para mí sonriente, con esa inocencia –que luego no es tal– de los europeos del norte, y moviendo la cabeza de arriba abajo mientras masticaba con fruición, me dijo “¡Godt, godt!”. El tipo era danés.

Se había zampado la fabada olvidando la regla de oro: “Detrás de la fabada, nada, nada, nada”, despachado diez centímetros del cachopo, le quedaban otros tantos, y rematar con la buena ración de arroz con leche, cremosina a base de cocerla con tiempo y manteca. Y por encima el requemao pa endulzar. Y el chupito “pa mata-y el histéricu al café” como decía la abuela de Viella de Jerónimo Granda, que de ahí le viene al galgo.

Al lado de la Balesquida había una churrería. Vi cómo una chica sacaba de la sartenona con una espumadera gigante una barcalada de churros dorados y crujientes que depositó en una gran bandeja. Una madre con dos niñas (las tres con sillas de bebé, las de las crías, de juguete) esperaban. La chica metió unos cuantos de aquellos churros recién hechos en una bolsa de papel, los espolvoreó abundantemente con azúcar y se los alargó a la mamá. Las niñas atacaron.

Uno no es de piedra y me apetecieron. La colega me dijo: “Carlos, los churros no deben de ser muy recomendables para tu problema de esófago y el reflujo –acidez–, ten cuidado, los aceites fuera de casa, ya sabes…”. “¿Y entonces el vikingo del cachopo qué?”. “Son gente más fuerte” “Mentira, que nuestro Ramiro I bien que les zurró la badana, ¡cincuenta barcos les quemó, ni uno más ni uno menos; no sé como se atreve a venir a San Mateo!” “Por que hace mil años de eso, Carlos” –me respondió con desgana.

Pillamos mesa en la terraza de La Belmontina. Un golpe de suerte. Pidió para mí una ensalada mixta, es decir, hojarasca, un huevo cocido y virutas de bonito. Para ella carne gobernada. “Tienes que bajar esa barriga, Carlos”. Me acordé del paisano feliz del cachopo. Y de los güelos suyos, con cascos con cuernos, marchando con les muyeres y los gochos que pillaban. Burros como ellos solos. Pensé en las ideas fijas, esas que nos inculcan de críos y damos por ciertas toda la vida porque no nos paramos a analizarlas: “El agua pasa de líquida a vapor a los cien grados”. De eso nada. Yo mojo una mano y al poco está seca, y mi temperatura es de 37 grados, no de cien. O “Oviedo es de derechas”. Pues no señor; en Oviedo gane la derecha o la izquierda, siempre lo hacen raspiando. Como en todos los sítios. Eso quiere decir que cuando el alcalde, sea del partido que sea, ve venir a dos por la calle, uno es contrario. Y los dos son carbayones. Esa es la pura realidad. Pero muchos no lo quieren ver. Me puse a rumiar la ensalada mientras la gente disfrutaba de la fiesta. Malditos vikingos.

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