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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

De Clarín a Germán Orizaola

La relación entre Oviedo y las ranas

Mucho se ha escrito sobre el sapo ("Marianela", de Pérez Galdós; "La Regenta", de Clarín…) Es batracio de viscosidad asquerosa. Ocurre con los ratones aunque me maravilló la frialdad de Catherine Deneuve ante ratoncito correteando su media.

Los ratones son objeto en experimentos científicos, entrañables comics y hermosa leyenda cambiando, en la almohada, oníricos abalorios por caídos dientes de leche y, a su vez, las ancas de ranas/sapos, que exporta Portugal, se han convertido, además de útiles para la Ciencia, en exquisito manjar. Putin, bravucón Goliat por Guerra Fría y KGB, administra polonio y ¡veneno de sapo! a detractores de su expansionista imperialismo. Saturnino Bermúdez, fabuloso personaje clariniano, es anfibio sin que su creador adjetive razones. También los vetustenses, en general, preparados para invierno bajo el agua. Germán Orizaola, de la Universidad de Oviedo, utiliza anfibios, machos cantarinos, pienso tal venados en berrea o grillos/coquíes portorriqueños, llamados ranitas de San Antonio (Hyla Molleri) como ayuda para deducir que el Chernóbil de la catástrofe nuclear es ahora paraíso natural, exitoso eslogan turístico astur. Para la periodista Cal Flyn, “La Naturaleza emite un perdón pero no hay que cometer mismo pecado”

Carlos F. Llaneza, riguroso columnista de este periódico, ha descrito fantásticos anfibios, salamandras carbayonas, que destacan en capitel del claustro y en el coro catedralicios. En Oviedo, las ranas tienen monumentalidad conmemorativa en la fuente francisca que les da nombre, inspirada en la versallesca Letona, bien lo cuenta Casaprima en “El Campo de los hombres buenos”, y yo mismo en “Besteiro en el Campo San Francisco” pero la entronización literaria llega en “Nosotros los Rivero” (Borges escribe “Nosotros los Rivero” con mismo título que la gran novela de Dolores Medio, que es referente aquí) cuando Lena, Marta en el descubrimiento de Ángeles Caso del original presentado al censor, se llama familiarmente “ranita”. Y antes en Mark Twain con heroína ranita saltarina. También en Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Desde Corín Tellado, ¡viva Viavélez!, en la multitud editora de Bruguera, cabe imaginar ranita convertida en Príncipe encantado permitiendo el ilusionante ascenso social de lectoras casaderas. Son ya infinitos valiéndose de amuleto en llaveros y apenas hay chigre astur sin juego de rana. Nuestra Dolores insistiría en cariñoso apodo batracio de conocer los relatos de Twain a orillas del Mississippi o el sesudo académico análisis de Orizaola.

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