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La Nueva España de Siero

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Bolos de Pola de Siero para el nuevo Museo del Traje de Madrid

La recién inaugurada colección permanente exhibe, en una de las vitrinas dedicadas a la indumentaria tradicional española, un juego fechado en 1935

El juego de bolos de Pola de Siero de la colección del Museo del Traje.

Un grupo de ancianos se reúne en el parque, cerca de la iglesia. Las hojas del otoño se arremolinan caprichosas agitadas por el fuerte viento sobre un campo de tierra yerma rodeado de árboles de copa frondosa.

Los cuatro hombres forman un círculo y se saludan de forma amistosa. Sobre la grava de pequeñas piedrecitas irregulares, los bolos de madera esperan, erguidos y ordenados, a ser derribados. Cada uno de los cuatro jugadores acaricia con delicadeza la irregular masa compacta que tiene entre sus manos. Le habla, le silba hermosas palabras, pues sabe que debe amarla para encontrar en ella el lanzamiento perfecto que le otorgue el honor del triunfo y la gloria de un buen vaso de sidra.

Uno de los juegos más antiguos de la humanidad, fruto ancestral de civilizaciones, protagonista de novelas y de hermosos poemas, es también una de las piezas significativas del nuevo discurso expositivo del Museo del Traje

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Uno de los juegos más antiguos de la humanidad, fruto ancestral de civilizaciones, protagonista de novelas y de hermosos poemas, es también una de las piezas significativas del nuevo discurso expositivo del Museo del Traje de Madrid, inaugurado el pasado 28 de octubre.

Practicado en Asturias en las modalidades de “birle” (también conocido como bolo montañés) o en la más popular de la “cuatreada”, el juego de los bolos desde siempre ha estado extendido por toda la geografía peninsular, aunque con gran cantidad de variantes regionales. Profesionalizado en la actualidad, cuenta la Arqueología que los hombres del Neolítico, hace unos 5.000 años a.C, ya lanzaban bolos de piedra y hueso como forma de socialización y divertimento masculino para mostrar su destreza y habilidad.

Cuadro del belga David Teniers.

Los egipcios ya conocían el juego e incluso el propio Homero, en el canto XVII de su Odisea, habla de cómo los distintos pretendientes de Penélope dirimían sus conflictos y ocupaban su tiempo “arrojando al pavimento” del palacio discos, venablos y piedras, que bien podrían interpretarse como antecedente de lo que hoy conocemos como el juego de bolos.

Los romanos, herederos de la cultura griega, emplearon como divertimento bolas que arrojaban al suelo con el fin de alcanzar una distancia determinada, juego que, a su vez, tomaron los visigodos y extendieron por buena parte de Germania. Pero no será hasta la Alta Edad Media cuando el juego se introduzca en la vida monástica europea, vinculado siempre al temor a Dios y a la persecución del ateo de modo figurado. Así, se desarrolla el conocido como juego de “kegel”, un palo que personificaba al mal y al que había que derribar arrojándole piedras. Si no se conseguía, esto suponía una prueba innegable de la culpabilidad del religioso y de su inminente condena. Con el paso del tiempo, y debido a las largos horas de asueto que los monjes pasaban en los monasterios, el juego se convirtió en un pasatiempo y el número de “kegels” fue aumentando, pasando el proyectil a convertirse en un objeto de madera en lugar de un canto.

A partir del siglo XVI, el juego se extiende por todas Europa e incluso el propio Martín Lutero establece una serie de normas, entre las que destacan el uso del bolo con agarradera y la reducción a nueve de las piezas a derribar (ya que hasta entonces podían emplearse como máximo 16). En España, el humanista y pedagogo Juan Luis Vives, en su tratado “De disciplinis libri”, menciona los altos beneficios que para la salud de los adolescentes tiene el juego de bolos, junto a otros como el de la pelota o la carrera.

Bolos en un óleo de Julio del Val Colomé.

Cualquier lugar era propicio para llevar a cabo esta práctica, especialmente aceptada entre las clases populares, por lo que pronto se establecieron ordenanzas que regulasen las apuestas y el control del orden público a consecuencia de la algarabía provocada a tal efecto. Sin embargo, las instituciones y algunos de los nombres más importantes del movimiento ilustrado en nuestro país, como el propio Jovellanos, impulsaron su práctica como modo de salud y socialización.

Con el siglo XIX y el desarrollo de la industrialización, en Asturias la bolera se convirtió en uno de los lugares por excelencia de reunión de amigos y vecinos, situándose generalmente en las plazas de los pueblos o cerca de la iglesia. Incluso el juego era motivo de rencillas entre los convecinos de pueblos rivales y no había fiesta ni romería que se preciara en la que no hubiera una competición de bolos. Durante la década de los años 40 del pasado siglo, se extiende por la región la modalidad de la “cuatreada”, que es la que se muestra en la vitrina de indumentaria popular de la recién inaugurada exposición permanente del Museo del Traje de Madrid, y original de la localidad de Pola de Siero. Esta se compone de nueve bolos de igual tamaño, colocados en 3 filas de 3 bolos, realizados en madera de nogal, y uno de menor tamaño, también realizado en madera y denominado “biche”. El campo de juego se encuentra dividido en tres zonas: tiro, zona intermedia y castro o lugar donde se colocan los bolos. El juego consiste en lanzar la bola por el aire desde la zona de tiro a la de castro, con un efecto determinado de rotación hacia el lado del “biche”.

Los bolos de Sorolla.

Esta modalidad de bolos asturianos posee un complejo sistema de puntuación y una serie de elementos que convierten a este juego en único, pues requiere de una especial habilidad para conseguir el efecto deseado en el lanzamiento, así como de la puesta en marcha de una serie de estrategias para lograr las mejores puntuaciones.

Patrimonio inmaterial por excelencia del Principado de Asturias, el juego de los bolos ocupa ahora su sitio en la exposición de uno de los museos etnográficos más relevantes de Europa. Un patrimonio único vinculado a la sociabilidad, a los actos festivos y a las prácticas de la comunidad al que ya engalanó con sus versos Gerardo Diego:

“Quiero cantar a los bolos. Que repique mi verso duro y su rimar machaque, igual que bola en bolo y multiplique la estaca seca y su furor no aplaque. Canto la viril mano que se ahueca y moldea la masa poco a poco. Vuela ya, oh peregrina, hacia la Meca sobre la muda exégesis del zoco. Oh la bola en el cielo, oh la maraca silenciosa”.

La pintura recogió este deporte rural

Las artes plásticas también fueron un medio de difusión del juego de los bolos. El artista belga David Teniers y el burgalés Julio del Val Colomé, emplean con frecuencia en sus repetidas escenas de género, el tema del juego de bolos entre el campesinado y las clases populares.

Joaquín Sorolla usa el juego de bolos como tema para la realización del panel de Guipúzcoa (pintado en San Sebastián en 1914), perteneciente a la serie de los 14 encargados por el hispanófilo y mecenas norteamericano sir Archer Milton Huntington al pintor para decorar la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York, donde actualmente se puede contemplar.

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