29 de enero de 2011
29.01.2011

Evaristo Valle, sesenta años después

El pintor patentizó como un fragmento del Paraíso el pulso y la emoción de Asturias

29.01.2011 | 01:00

No creo que hoy, como tal día de hace tantos años, un grupo de jóvenes gijoneses conscientes e inquietos dirijan sus pasos hacia el monumento póstumo que cobijan los árboles desnudos del parque de Isabel la Católica para depositar a sus pies una corona de laurel. Aquel Valle broncíneo en busto de Álvarez Laviada, acompañado a cierta distancia de Piñole, era un clásico reconocido en vida y nunca perdido para quienes su pintura significaba esa conmoción interna tan poco corriente de quien interpreta y transmite valores universales desde un oscuro rincón del planeta, una Asturias que él convirtió en un continente de luces y emociones.


Valle es uno de nuestros tres artistas trascendentales del siglo XX. Junto a un Piñole también pintor ocupa por derecho propio la representación pura e indiscutible de esa primera mitad que se cierra con su muerte, mientras que en la segunda brilla la escultura con el misterio de la materia y de la forma que le supo dar magistralmente José María Navascués. Maestros con los clásicos, los podíamos definir en palabras de otro artista como Germán Horacio que hablaba de Valle como «inconmensurable».


Desde el exilio mexicano, desde esa agonía injusta de la lejanía impuesta, Germán Horacio arrojaba un término exacto para definir a nuestro pintor en su grandeza y en la dificultad de abarcar en toda su inmensidad el conocimiento cierto de su vida y de su obra. Porque Valle, como buen rebelde, es alguien que se nos escapa y juega con su misterio, con el de la palabra y con el de la pintura, para guiarnos en el camino de su verdad biográfica hasta desembocar en ese mar de matices que es Asturias y enfocar de modo radical, con rebelde grito, sus problemas.


Las profundidades de su espíritu a las que se acercaron o vislumbraron en sus grandes estudios Lafuente Ferrari o Carantoña no logran poder completarse. Valle no es un ensimismado, ni tampoco ese enfermo necesitado de un diván freudiano. Valle tiene la sensibilidad y la vitalidad extrema de los que conocen el mundo, lo padecen, y alcanzan con dolor y duelo construirse uno propio desde el que respirar y ver lo que el común de los contemporáneos apenas reconoce. Autodidacta que tantea en sus inicios, pronto alcanza una plenitud que le confiere singularidad, esas «facultades extraordinarias» de las que hablaba otro raro como Piñole no como capacidad de recursos técnicos y formales, esos que daba la Academia a la que Valle volvió la espalda, sino las facultades nada corrientes de penetrar en la interpretación veraz del paisaje y de quien lo habita, de ese mundo que llamamos época y que sólo los magos o chamanes perpetúan con transparencia hacia la eternidad para goce del conocimiento.


La grandeza de Valle, esa neurótica propensión a absorber la realidad, todo cuanto significa vida, como si construyese una vitrina gigante enmarcada con puntillas en la que cupiese lo expreso y lo secreto de la humanidad y de la tierra asturiana, es plasmar en sus lienzos el retablo de nuestra vida con mirada ácida o irónica, de desprecio o simpatía, pero siempre, con la risa en los labios, poniéndose en el lugar del otro.


El pintor retrata su medio burgués con condescendencia y humor sin caer en la caricatura, aunque a veces lo parezca. Es la sabia disección de una clase a la que quiere renunciar por marginal sin que pueda romper los últimos hilos que le unen a ella por una simple cuestión de educación sentimental. En el otro extremo el proletariado minero que arrastra su existencia entre grises y negros, panfletos y arengas; visto sin idealización, tal cual era en ese tiempo de luchas y afrentas.


En esa virtud de la centralidad, en medio del horizonte, sitúa el artista al campesinado y a marineros y pescadoras. Retorna al que es su origen verdadero, al auténtico paisaje del que él se siente partícipe. Nadie como él sabe «leer» esa naturaleza habitada porque se siente como uno más de esos aldeanos de ancianidad temprana y plática serena que pueblan esas deliciosas composiciones verticales en las que todo, como en el árbol de la vida, asciende y desciende de la gloria celestial al purgatorio de la digna miseria cotidiana: es la Asturias rural en su plenitud sin resquicio de desprecio ni endulzado maquillaje. Es como la representación del amor en esos «Idilios» insuperables de inocencia y plasticidad, que no anticipan la explosión desinhibida de la pasión que se barrunta en carnavaladas y mascaradas. Fluye la carnalidad bajo los ampulosos trapos que disuelven las formas o se realzan las siluetas de esa cubanidad negra en el rito erótico del baile, que algún disgusto trajeron al pintor por suspicacias y malentendidos isleños.


Valle es suyo, al fin, en los últimos años de su vida. Mientras que para la generalidad de los artistas es la etapa de la decadencia, de la sequía que estanca cualquier fertilidad, para nuestro pintor es la consagración de su virtuosismo con y en la pintura, con la capacidad de hacer del color ese prodigio que imanta la mirada y nos permite penetrar hasta el fondo de esas figuras que desprenden una brutalidad combinada con la cálida cercanía de la bonhomía, dando vueltas sobre esos rostros imaginados pero veraces, travestidos sin escondite, con la desvergüenza de quien pasea a viento y marea condición y estilo como emblema de la condición humana: panorama universal que se reconoce tanto en Gijón como en el último enclave de la Tierra.


Este brío, esta reserva de energía que fluye sobre el lienzo, coincide con los homenajes en vida. La providencial aparición de Lafuente Ferrari trae ilusión, y la Diputación, como haría con Piñole, realiza una empresa de primer orden con la adquisición de un conjunto de obras que resumen a este gran pintor que no tiene parangón entre sus contemporáneos de las cacareadas escuelas regionales.


En estos sesenta años se ha avanzado en la labor de desentrañar al pintor y difundir su obra, pero queda mucho por hacer, pues no se ha abordado aún el necesario catálogo razonado de sus obras que deben desvelar imposturas y falsas firmas, ni tampoco se ha avanzado con seriedad en trazar una biografía que, al modo anglosajón, desvele lo velado y contraste certeza y fabulación, siguiendo la pauta de esa creación literaria que completa al artista de cuerpo entero.


Hoy, su Fundación-Museo parece agonizar de falta de financiación en un tiempo de fuegos de artificio que son, más que nunca, pólvora en salvas, y contemplando este jardín de invernales verdes varios que semejan un reflejo de los suyos, vuelvo a su pintura para hallar el pulso y la emoción de una Asturias que patentizó como un fragmento del paraíso, y me detengo en esas Guardianas de la piara, que acarició de modo recurrente pincelada a pincelada. Esas mujeres acompañadas por cerdos, que tienen como fondo de paisaje unas arquitecturas puras y esos árboles bestialmente mutilados, sólo troncos patéticos, que son la imagen sublime y efectiva de la esterilidad y de la barbarie.

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