31 de enero de 2012
31.01.2012
40 Años
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Crítica

Mar de fondo

«Peter Grimes» propició un inmejorable estreno del 120.º aniversario del teatro Campoamor

31.01.2012 | 01:00
El tenor Stuart Skelton, en el papel de Peter Grimes, luchando contra la tormenta, en el Campoamor.

No pudo empezar con mejor pie el teatro Campoamor el año en el que cumple ciento veinte de azarosa andadura. El coliseo de la calle Pelayo, ubicado en el epicentro de la ciudad, testigo y protagonista de la historia de la misma, devastado y reconstruido, buque insignia de la cultura ovetense, estrenó, por fin, una de las grandes óperas del siglo XX y uno de los títulos esenciales de la historia del género, «Peter Grimes», de Benjamin Britten. Obra apasionante y opresiva a la que el público asistió sobrecogido, con momentos de silencio helador que desembocó, en los saludos finales, en una espectacular catarata de bravos y ovaciones. Fue una gran noche, como lo fue también la «Norma» de diciembre. Dos grandes veladas planteadas desde ópticas muy diversas pero con un común denominador: la búsqueda de la excelencia (afortunadamente, el castellano es rico en adjetivos calificativos, que alguno se quede tranquilo, que no se me agota el repertorio). Ha sido un tramo final de temporada espectacular. En plena erupción de la crisis la Ópera de Oviedo se ha reivindicado, ha dejado muy clara su voluntad de seguir en el pelotón de cabeza, respaldada por la gran historia lírica del teatro iniciada en 1892 y por un público que ha asistido a la mayoría de los espectáculos de forma masiva. Cuando existe una línea artística coherente puede haber errores -algo lógico, la ópera es arte, no matemática-, pero no hay quien frene el crecimiento, pese a que esta temporada ha tenido que aguantar, con estoicismo, eso sí, la mezquindad de unos pocos estrellados contra una realidad que aplasta cualquier duda.

Escuchaba a la salida del teatro reflexiones en torno a que los resultados de esta ópera están por encima del nivel de Oviedo. Pensando esto con calma creo que se debe negar la mayor. Este es el nivel al que Oviedo, por historia y realidad actual, puede y debe aspirar. Es muy difícil mantener el listón con esa calidad, pero intentarlo debe ser el horizonte de trabajo de todo el ámbito musical, sin excepciones. Creo firmemente que el teatro Campoamor merece que nuestros dirigentes luchen por que se mantenga en primera división, mejorando la infraestructura y con programaciones de calidad, tradicionales y también arriesgadas, buscando el mayor abanico posible de estéticas y tendencias, con clara vocación lírica (repito como una letanía que sólo Madrid, Barcelona, Valencia y Oviedo tienen teatros eminentemente líricos, porque Bilbao comparte sus usos con conciertos y congresos, y el Maestranza de Sevilla también sirve de auditorio sinfónico). O lo que es lo mismo, ha logrado entrar en el club que vertebra los mejores equipamientos líricos europeos, pese a la precariedad de su escenario y otras carencias que le aquejan.

«Peter Grimes» puede ser un símbolo, pero esta función es, ante todo, la oportunidad de ver ópera al mismo nivel que los grandes centros líricos mundiales. La coproducción realizada por Oviedo en colaboración con la English National Opera y la Vlaamse Opera ha sido finalista de los premios «Laurence Olivier» y firmada por David Alden es un acercamiento sensacional a una obra intensa y arrebatadora como pocas. «Peter Grimes» es una denuncia, un escupitajo a la hipocresía social. Britten convierte al malvado Grimes de Crabbe en un ser embotado por una sociedad que le asfixia en su diferencia. Enjaulado, se convierte en violento y tosco e incluso muerde a los que tratan de salvarlo. Esa sociedad -sucia en la trastienda, opulenta en la superficie- conformada por los pescadores y la élite que trata de ejercer el control (reverendo, notario, doctor, tabernera, etcétera) son un hermoso retablo de las maravillas de dipsómanos, adictos al láudano y demás lindezas que descargan su ira contra aquel que perciben como diferente. O sea, una bomba. Alden no enfatiza en exceso. Lee la acción de forma limpia y sugerente y acercando temporalmente la acción coloca un espejo en el que muchos pueden ver reflejada la miseria que se oculta debajo de alfombra. Y siempre el mar, la mar, como telón de fondo que marca el pulso social y da y quita la vida.

Hay en esta dirección de escena tintes expresionistas de una belleza sobrecogedora en el trazo global y también en el detalle (qué maravilla, por ejemplo, el concepto de Auntie, que parece sacada de un cuadro de Otto Dix, o las dos sobrinas, vagando por la escena como autómatas). La caracterización de cada personaje y del coro es antológica. Alden se apoya en una escenografía claustrofóbica y opresiva de Paul Steinberg , en una iluminación sensacional de Adam Silverman y en un vestuario impecable de Brigitte Reiffenstuel. Los personajes están enjaulados, pero la presión se libera en momentos puntuales. En la placidez del inicio del tercer acto o en el salvaje carnaval -las coreografías de Maxine Braham a lo largo de la trama son perfectas, cercanas en muchos momentos al teatro del absurdo- en el que el notario aprovecha para ponerse el tutú, y el cura, para dar rienda suelta a sus íntimos deseos. En el trabajo de Alden la acción va convergiendo hasta la única salida posible, con un desarrollo cabal del suicidio inducido por una sociedad que mira para otro lado y contra la que también chocará como ante un muro la bondadosa Ellen Orford, quizá la siguiente víctima.

Sacar adelante «Peter Grimes» con estándares de calidad como los que estos días se pueden ver en Oviedo es un logro que sirve de termómetro del alto nivel que la ciudad ha conseguido tras años de trabajo. Este resultado no se improvisa, ni toca en una rifa. En primer lugar, y por encima de todo, por la arrolladora interpretación del Coro de la Ópera de Oviedo. ¡Qué difícil, soñar con esta calidad, vocal y dramatúrgica, de la formación sólo una década atrás! El coro, convertido en un personaje esencial -antagonista de Grimes-, cantó (murmuró, cuchicheó y gritó) con intensidad, afinación precisa, ajuste total, empaste perfecto y, además, actuó con la profesionalidad y el rigor de cualquier agrupación de teatro de primer nivel. ¡Enhorabuena por este resultado incuestionable! Especialmente, por toda la maldad que se vertió sobre este colectivo que dirige Patxi Aizpiri y que ha contrarrestado la maledicencia con la mejor herramienta posible: trabajo, trabajo y trabajo.

El coro se fundió con cantantes, actores y figuración en un bloque monolítico que impulsó el resultado con la fuerza de un huracán. Contar con Stuart Skelton para el papel de Peter Grimes es un lujo absoluto. Ha hecho suyo el personaje de manera impecable. Vocalmente es puro fuego cómo lo interpreta, en línea con otros grandes tenores dramáticos del pasado, y desde el punto de vista interpretativo, la interiorización del rol sobrecoge. También la Ellen Orford de la soprano Judith Howarth emociona por la fragilidad que le da a un personaje siempre al límite: su interpretación del aria «Embroidery in childhood» fue realmente fantástica. Dentro de un reparto verdaderamente feliz, por la adecuación de cada uno a sus cometidos, hay que destacar el rocoso capitán Balstrode de Peter Sidhom, la fascinante Auntie de Rebecca de Pont Davies, las perfectas sobrinas de Gillian Ramm y Tineke van Ingelgem, el recio Bob Boles de Michael Colvin, y también a Carole Wilson, muy bien caracterizada como Mrs. Sedley, el desquiciado Swalow de Matthew Best o Philip Sheffield, que acabó cantando, salvo algún interno, pese al anuncio de cambio y su gripe, el reverendo Horace Adams, o Darren Jeffery y Leigh Melrose, impecables en sus personajes. Todos ellos a una en una labor de conjunto sin mácula.

Bien es verdad que una ópera empieza y termina en el foso y si ahí las cosas no funcionan, lo demás se atasca. Y ahí es donde se debe resaltar la tarea realizada por Corrado Rovaris y la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA). Ha sido el de ambos un trabajo medido al detalle. Lleno de expresividad y siempre con una tensión dramática absoluta, Rovaris manejó las finas texturas orquestales de Britten como una filigrana que brilló especialmente en los hermosos interludios. De esta partitura, de gran dificultad en su ejecución, salió especialmente bien parada la OSPA, demostrando, una vez más, su perfección técnica. Rovaris llevó la función en volandas, contribuyendo, de manera decisiva, a superar el reto que para todos supuso levantar el estreno de «Peter Grimes» en el Campoamor. El próximo año, a falta de saber las subvenciones públicas, «Werther», «Lucia di Lammermoor», «Turandot», «Agrippina» y «Don Carlo» nos esperan.

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