04 de febrero de 2012
04.02.2012

Cuestión de pelotas

Un guion sagaz, un director eficaz y un buen Pitt con el béisbol como excusa para retratar la condición humana

04.02.2012 | 01:00

Béisbol. No, no escapen. ¿Béisbol=aburrimiento? Un juego de reglas marcianas que ha dado alguna que otra película simpática (Los búfalos de Durham) o entrañable (El orgullo de los Yankees) o curiosa (El mejor). Ninguna memorable, en cualquier caso. Y ahora llega la mejor de todas: Moneyball. Ojo: no es una película al uso y quien no entre en ella pronto y deslíe la madeja inicial pillará una de las mayores panzadas de aburrimiento de su vida.


No hay fanfarrias ni épica del sudor. De hecho, las escenas deportivas son escasas, fragmentadas y en ocasiones narradas en off, puesto que el protagonista, un tipo raro, sólo vive para la pelota, pero nunca ve los partidos. Y para una vez que decide ver uno, casi pierde su equipo. Quizás el primer guion de Zaillian incidía más en los aspectos emotivos del asunto, un hombre que, ayudado por un genio de las estadísticas, se enfrenta a todo el entramado económico del deporte, donde manda más el nombre que los resultados (vaya, como el fútbol ahora mismo), y es un suponer porque los guiones anteriores así lo insinúan, pero al caer el tema en manos de Aaron Sorkin lo que nos encontramos es una especie de secuela de La red social... con bates en lugar de ordenadores. Otra vez un hombre más práctico que soñador, un individualista a ultranza que sabe (intuye más bien) valorar una buena idea cuando pasa a su lado y adueñarse de sus consecuencias. Mérito suyo la perspicacia y también el coraje de seguir adelante, aunque todos lo llamen... ¿iluso?, ¿loco?, ¿temerario? Tozudo, desde luego. La propuesta de Sorkin, envuelta con eficacia pulcra y un tanto gélida por el director de Capote, evita, como en el caso del cofundador de Facebook, cualquier tentación de sentimentalismo y huye de la (comercial) posibilidad de convertir esa batalla personal en una especie de cruzada colectiva con el triunfo de la voluntad como gran motivo de inspiración. La única concesión a la taquilla la protagoniza un entonado Brad Pitt (aunque, como ocurre con DiCaprio en la decepcionante J. Edgar, un rostro tan agraciado y amable desdibuja en ocasiones el perfil del personaje real) y algunos secundarios de relumbrón para papelitos apagados. El resto ofrece un ejercicio de contención y austeridad que hacen del béisbol una abstracción a partir de la cual reflexionar sobre asuntos menos irrelevantes. Es decir: de la misma forma que El buscavidas no es una película sobre el billar, Moneyball no es una obra sobre el béisbol, sino sobre las aventuras de un quijote que ve gigantes allí donde otros sólo ven molinos de viento. En el montaje se quedó el personaje de la segunda esposa del protagonista, lo que acentúa más aún el carácter individualista, visionario y misántropo (un poco a la manera del arquitecto de El manantial, la obra maestra vidoriana del individualismo cinematográfico), y sólo la aparición de la hija permite un desahogo sentimental a la historia para humanizar a un tipo que, de otra forma, parecería un fanático intransigente y ególatra, al que el dinero le importa mucho menos que salirse con la suya. Y como Sorkin no se casa con nadie, en el fondo siente un poco de lástima por este héroe solitario que, en lugar de disfrutar con el juego, se pone a conducir, a dar vueltas alrededor de sí mismo, atrapado en su propio molino de viento y dispuesto a redimirse por el camino de un sacrificio matemáticamente probado.

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