22 de febrero de 2012
22.02.2012
Eugenio López
Pintor y escultor

«El responsable anterior del Niemeyer desconoce del arte hasta lo más elemental»

«El artista debe buscar la excelencia en lo que hace, aunque ello conlleve sacrificios personales o sociales»

22.02.2012 | 01:00
Eugenio López, en la galería Vértice de Oviedo.

Eugenio López (Oviedo, 1951), pintor y escultor, artista interesado en el espacio arquitectónico y, sobre todo, creador reflexivo y crítico, es uno de los más brillantes representantes del constructivismo en nuestro país. Residente en Menorca desde la década de los setenta del pasado siglo, viaja con frecuencia a su ciudad natal, en ocasiones con motivo de exposiciones -recientemente su obra se mostró en Vértice-, en otras, con propuestas de intervenciones urbanísticas, y las más, a pasear, visitar a la familia, a los amigos y las salas de arte. Primer artista asturiano en exponer en el Reina Sofía, Eugenio López ha mostrado su trabajo en numerosas galerías y museos. Destacan, entre las exposiciones, la realizada en la sala Denise René en París, las del Museo de Bellas Artes de Asturias y la edición, en Burdeos, de «Le Reve d'un Livre Peint». Tiene una magnífica pieza, «Confluencia», en el parque Los Pericones de Gijón. Sus formas geométricas, exquisitas y esteticistas, revelan una personalidad artística seria y poderosa.

-¿Qué persigue en su madurez un artista que, como usted, sigue buscando y continúa protestando ante la realidad, bien sea artística, arquitectónica o social?

-Lo mismo de siempre, lo esencial, lo trascendente a través de lo mínimo. Para mí el arte es una forma de vida, y cualquier cosa que haga está mediatizada por los mismos principios que determinan mi obra, aunque esos principios, como ya he dicho en muchas ocasiones, sean cuestionados permanentemente, y hasta ahora el paso del tiempo no ha atenuado ni mi pulsión creativa, ni la crítica, ni la autocrítica, y espero que siga siendo así.

-Su opción artística, la geométrica, apoyada en la tradición «clásica» del constructivismo y basada en una necesidad de orden, austeridad y clasicismo, parece todo lo contrario de lo que se observa hoy, no sólo en el mundo plástico, sino en la vida cotidiana. ¿Resulta estimulante continuar indagando en el cuadrado, en las formas, en el espacio?

-Doblemente estimulante, en estos momentos diría que resulta casi terapéutico. La geometría más minimalista se reafirma, se impone, como espacio de reflexión, de contemplación, de silencio, de descanso de la mirada, para contrarrestar la constante polución visual y la hiriente fealdad ambiental a la que estamos sometidos en nuestras ciudades.

-Pintura, escultura e intervenciones urbanísticas, la mayoría de estas últimas, más en proyecto que en la realidad. ¿Cómo es la transición o el paso de una forma artística a otra? En los últimos años parece más seducido por la escultura. ¿Por qué?

-Desde hace años tengo abiertas varias vías de trabajo: la escultura, la pintura, las intervenciones en espacios urbanos, la obra gráfica y los libros de artista; entre ellas, la escultura es una más, no tengo preferencias. La transición de una forma artística a otra ha venido dada por sí sola, en un proceso lógico, sin rupturas y claramente reconocible. En alguna de mis esculturas, por poner un ejemplo, se puede rastrear con facilidad su origen bidimensional, con el tiempo se desprendió del plano, se proyectó en el espacio y eso mismo sucedió pero en sentido inverso en algunos de mis cuadros. Los proyectos sobre monumentales arquitecturas industriales vendrían más tarde, al igual que las intervenciones sobre algunas medianeras enclavadas en el entorno urbano. Es una pena que la mayoría de estos grandes proyectos no se lleven a cabo, no se reconozcan, pero, claro, para reconocer hay que conocer: esa es la cuestión. Y mientras tanto las ciudades españolas se llenan de esculturas que carecen de valor alguno, como es el caso de Oviedo.

-Como ciudadano, siempre ha sufrido por los horrores urbanos y la fealdad arquitectónica. ¿Hemos mejorado la actitud hacia ese patrimonio?

-Hace días leí un interesante artículo de Antonio Muñoz Molina, que suscribo, que se titula: «La era de la fealdad». ¿Cómo hemos podido llegar a este grado de degeneración en nuestros entornos urbanos?, ¿no habría que exigir responsabilidades a los autores de semejante delirio? Al mismo tiempo, sin embargo, nunca antes la arquitectura española ha tenido el reconocimiento internacional de estos últimos años. El problema es que los promotores de viviendas, salvo excepciones, no hacen uso de ese talento y siguen construyendo edificios que son cualquier cosa menos buena arquitectura.

-Hablando de edificios, qué le parecen el de Calatrava, en Oviedo, y el de Niemeyer, en Avilés.

-El Calatrava es uno de tantos disparates urbanísticos cometidos en España. A quién se le ocurre ubicar una obra de semejante envergadura en un espacio tan insuficiente y además rodeado de edificios feísimos que representan, sin duda, la negación de la arquitectura. Del Niemeyer sí que podemos decir que está en el lugar adecuado, diría que óptimo, en un entorno portuario e industrial francamente impactante, sin embargo, también hay que decir que su arquitectura pertenece a otra época, incluso diría que casi es una réplica; pero ¿sirve para hacer exposiciones? La única solución que le veo es construir en su interior un gran cubo blanco, con lo cual se podría colgar tanto en las paredes interiores como en las exteriores y no en las paredes inclinadas, como he podido apreciar en mi última visita.

-¿Qué opina de la programación artística del Niemeyer?

-Por las exposiciones que se han hecho se puede afirmar categóricamente que su anterior responsable desconoce del arte hasta lo más elemental. Resulta inconcebible que se deje en manos de un nesciente una programación artística que va a determinar el futuro del centro, pero qué se puede esperar con exposiciones como la de Gabarrón vendida, además, a bombo y platillo, para vergüenza de todos los asturianos. Algo similar ocurrió hace años en el Palau Solleric, centro de arte emblemático de la ciudad de Palma, donde su director cometió la torpeza de hacer una exposición de cerámicas de Lladró, pero allí la respuesta del colectivo de artistas e intelectuales fue contundente, no como aquí, que salvo el crítico Jaime Luis Martín y el consejero de Cultura, Emilio Marcos, nadie ha dicho nada.

-¿Ha seguido el conflicto político sobre el centro avilesino?

-Lo sucedido en el Niemeyer ha venido a poner de relieve, una vez más, hasta qué punto puede llegar la manipulación y el abuso político en los países que carecen de los mecanismos necesarios para corregir las disfunciones del sistema. ¿Es lícito gastar 50 millones de euros de dinero público y después adjudicarle la gestión a una fundación privada por 50 años? ¿Es lícito pretender conformar un patronato que deja en minoría al Principado, que es, en definitiva, quien ha puesto el dinero para la construcción de los edificios?

-Su obra figura en varios museos, entre ellos, el de Bellas Artes de Asturias. ¿Qué le parece esta institución en comparación con otras que usted conoce?

-Es uno de los mejores museos españoles y una institución muy respetada, incluso más, fuera de Asturias, con una extraordinaria colección lograda con esfuerzo durante años por sus anteriores directores, José Antonio Castañón y Emilio Marcos. Expuse allí por primera vez el año 1984, lo recuerdo con placer y agradecimiento por el buen trato profesional recibido, y lo mismo digo de mi segunda exposición, esta vez mucho más amplia, que tuvo lugar el año 1990. La ampliación del museo, tan necesaria, vendrá a solucionar en buena medida la falta de espacio, aunque tal vez en un futuro próximo lo conveniente sería que el arte contemporáneo se ubicara en un nuevo edificio de mayores dimensiones y el no contemporáneo se quede en el actual.

-¿Cuál debe ser el papel del artista en estos momentos de tanta oscuridad social?

-El artista, como decía Karl Krauss, sea cual fuere el medio por el que se expresa, debe buscar la excelencia en lo que hace aunque ello conlleve algunos sacrificios, tanto personales como sociales. En las sociedades avanzadas la presencia del arte debe estar en todo: en el urbanismo, en el mobiliario, en la moda, en todo lo que nos rodea, y eso es lo que pretendo, eso es lo que persigo desde siempre, al igual que los constructivistas o los neoplasticistas de otros tiempos.

-¿Qué echa de menos hoy en la cultura?

-Tal vez la trascendencia del gran arte de otros tiempos. Ser artista era patrimonio de una minoría resistente, tenaz, más auténtica. Detesto el arte de usar y tirar. Arte banal para tiempos banales, eso es lo que prolifera. ¿Qué nos queda?: el refugio de la poesía, de la música, de la belleza?, el arte, y vivir al margen para que el sistema nos contamine lo menos posible.

Los proyectos de Langreo
El proyecto «Lagniam» y el del puente atirantado, de Langreo -en la imagen inferior-, son dos de los que más interesan a Eugenio López en estos momentos. Se trata de intervenciones en el espacio urbano con el objetivo de mejorar los entornos y los perfiles de las ciudades. El artista ya propuso varios en Oviedo y en Gijón, por el momento, sin demasiado éxito.

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