Eran peregrinos y no un par de hippies
La aventura de dos estadounidenses que dejaron sus trabajos para recorrer Europa tras el Papa sin apenas medios

Los dos jóvenes, fotografiados en el puerto italiano de Livorno.
Miquel SILVESTRE
Las mochilas eran más grandes que ellos. Caminaban agobiados bajo el sol fundente del puerto italiano de Livorno. Ella vestía ligero vestido blanco; él, tatuajes, sandalias y el pelo largo recogido en una coleta. Eran como cualquier otro par de mochileros de vacaciones baratas. En cuanto hablaron, reconocí su acento estadounidense. Tenían no sé qué problema con los billetes de interrail. Su única opción para ir a España era el ferry de Grimaldi a Barcelona. Habían venido sin avituallarse. Intentaban encontrar alguien que los llevara al pueblo a comprar comida en un supermercado. Me apiadé de ellos. Cogí la moto y me ofrecí a hacerles de recadero.
Regresé con bocadillos y refrescos. No se los cobré. Era evidente su pobreza juvenil. Los devoraron con hambre genuina. Pero antes de arrancar un solo bocado, dieron gracias a Dios con una sencilla oración. Me fije entonces en sus crucifijos. Ella llevaba colgando un rosario de la muñeca. Les pregunté qué iban a hacer a España. «Oh», respondió él, «vamos a ver al Papa». Eran peregrinos y no un par de hippies fugados de un festival de verano.
Me contaron que habían dejado sus trabajos, que recorrían Europa, que les habían timado, que estaban sin dinero, que la noche anterior habían dormido en una estación de tren, que sintieron la fe antigua en Asís. Me dijeron también que les sorprendía los pocos jóvenes que se veían en tan bellas iglesias, que de su paso por España recordaban un país católico sólo de nombre, que no entendían por qué había tanta gente que protestaba por la visita del Papa.
Me reí. Les dije que España es un país extraño, con muchos anticlericales y muchos clericales. Que yo no entendía ni a unos ni a otros, pero que siempre he pensado que todos los credos tienen derecho a expresarse y todas las personas merecen respeto en sus creencias. Les conté que a mí no me importaba el ruido porque como cristiano, yo prefería que no fuera fácil, que me gustaba pelear a la contra, que fuimos mejores durante las persecuciones porque es en los tiempos duros cuando de verdad cobra sentido dibujar un pez en la entrada.
Les conté mi historia, que recorría el mundo en moto para escribir sobre los exploradores olvidados, que me había hecho creyente en Uzbekistán después de muchos desiertos y muchos ángeles, que yo también había sido peregrino en mi camino hacia Jerusalén, que había metido mi BMW en el lugar del bautismo y que estaba bendecida por un obispo polaco en Asia Central. Les conté mi paso por Irak, por Oriente Medio, por el Norte de África. Les hablé de los cristianos perseguidos, pero también les aseguré que no he percibido ningún sentimiento de cristianofobia entre los musulmanes sencillos, que una cosa es la gente y otra la política, que en todos lados es un asco.
Se hizo la hora de embarcar. Les dije que esa noche no dormirían en cubierta, que yo tenía un camarote para mí solo, cortesía de un patrocinador de mi ruta, que lo compartiría con ellos igual que haría con la cena y el almuerzo, que mientras estuvieran en el barco ellos serían mis huéspedes igual que yo lo había sido de muchas otras buenas personas que, fueran cristianos o musulmanes, me alojaron y alimentaron durante mis viajes.
Al día siguiente llegó el Papa. Lo vimos por la televisión del comedor del barco. Durante horas, la primera cadena retransmitió en directo el aterrizaje, el recibimiento por el Rey, el besamanos de ministros, el desfile de obispos, la formación de los guardias suizos, los discursos, la marcha en un automóvil acristalado. Luego mostraron imágenes de multitudes congregadas, de manifestantes enfurecidos, de intransigencia y de pasión.
Mirando con sorpresa todo aquel hinchado escenario, ella comentó que en su país jamás le hubieran dedicado tanta atención al Papa. «Cinco minutos como mucho», dijo, «y desde luego que no habría habido ningún disturbio. En Colorado cada uno puede creer en lo que quiera y manifestarlo libremente, que la fe de cada cual es un asunto íntimo». Yo guardé silencio y pensé para mis adentros que muy probablemente ese fuera el problema español, que no sabemos hacer nada íntimo, que nuestros afectos y aborrecimientos son siempre tajantes, ruidosos, absolutos.
Sentado entre dos peregrinos estupefactos yo también pensé que con cinco minutos de televisión, un poco más de fe antigua y algo menos de odio retransmitido nos habría sido suficiente.
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