Aquella noche de sidras con Grass
Relato de una cena previa a la entrega del premio "Príncipe de Asturias" en 1999 en la que el escritor mostró ante LA NUEVA ESPAÑA su lado más íntimo

Grass, junto a su esposa, Ute, y con el entonces Príncipe Felipe.
Tino PERTIERRA
-Soy un hombre sencillo..., salvo cuando escribo.
Corría la noche del 21 de octubre de 1999 y Günter Grass estaba en su salsa. Relajado. Con ganas de hablar. Al día siguiente recibiría de manos de Felipe de Borbón el premio "Príncipe de Asturias" de las Letras, y antes de llenar su memoria de recuerdos gratos vinculados con Asturias quería hacer lo propio con el estómago de viandas locales. Nada de lujos, nada de oropeles. Sin etiquetas que estorbasen una cena íntima. Entre amigos, como sus editores en España y Alemania y el expresidente de Círculo de Lectores Hans Meinke. Sólo hubo una presencia ajena a ese círculo privado: LA NUEVA ESPAÑA.

Aquella noche de sidras con Grass
El lugar elegido fue un llagar de Oviedo. A su lado, una presencia inseparable. Discreta y atenta: su esposa, Ute. Lo expresaba todo con la mirada. Sus ojos tenían a su marido tatuado. En ellos había admiración, complicidad, respeto. En fin: amor. Veamos qué come un genio como Grass. Tortilla de patatas. Cabrales. Menú potente. Y sidra, por supuesto. Espacio 1999: aún se podía fumar en los restaurantes. Grass no se separaba de su pipa. Tampoco de la risa. En las fotos daba la impresión de ser un hombre adusto. Sombrío incluso. A juego con sus novelas de sones amargos. Esa imagen se quebraba en las distancias cortas. Reía mucho. Con ganas. Una risa sobria pero insistente. Cuando se le entregó la caricatura que el dibujante Pablo García había hecho para el suplemento "Cultura" de este diario, el escritor alemán no se limitó a mirarla. Con sus largos dedos recorrió los trazos más importantes de su fisonomía sobre el papel e identificó al instante la pipa. Como si redibujara la obra ajena. Respetándola. También mostró su respeto de otra manera por otras manos cuando se le invitó a escanciar sidra. "Admiro los oficios y por eso no me gusta imitarlos". Y cuando el camarero se dispuso a llenar su vaso, Grass no le perdió ojo, registrando cada gesto. Fue entonces cuando Ute, que rendía honores a la tortilla con entusiasmo, habló: "¿Cómo lo hace sin mirar el vaso?". El autor de "El tambor de hojalata" dejó claro que no se le escapaba una: "Sí que mira, ¿no lo ves? Lo hace con el rabillo del ojo. Es un rito, como la misa".
Y Grass fumaba, y Grass acariciaba el brazo de Ute, y Grass bebía vino y Grass contaba anécdotas sobre otras personas, observador antes que protagonista, y Grass reía al ver una fotos sobre su último libro ("Mi siglo") en las librerías carbayonas. "La vida es muy complicada y al escribir sobre ella es inevitable serlo también", explicó ya en la sobremesa, cuando la charla se tornó literaria. Antes de irse, firmó en el libro de visitas con un gran dibujo de un rodaballo y se hizo fotos con los empleados del llagar sin soltar la pipa ni la sonrisa. Cerca, siempre muy cerca, Ute le miraba.

Aquella noche de sidras con Grass
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