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La figuración visionaria de Alberto Ámez

El artista gijonés expone en Oviedo “Bello mundo”, una colección que reivindica la pintura de caballete con un punto surrealista

Alberto Ámez, ayer, ante algunas de sus obras en la galería Arancha Osoro de Oviedo. | Juan Plaza

Alberto Ámez, ayer, ante algunas de sus obras en la galería Arancha Osoro de Oviedo. | Juan Plaza

Las obras de Alberto Ámez requieren tiempo, visiones superpuestas para ir descubriendo las distintas capas que forman los cuadros del gijonés. La colección “Bello mundo”, que el gijonés expone hasta el día 30 en la galería ovetense de Arancha Osoro (Independencia, 6) es una muestra de los muchos mundos que tiene el artista.

Ámez reivindica la pintura de caballete, la obra clásica que remite a Valle o Piñole, pero lo hace desde la figuración visionaria o mágica, desde “unas visiones o delirios”, como define el artista a sus creaciones. Unos delirios que aportan un punto de surrealismo que le permite llevar al cuadro un proyecto de portada falsa de un álbum de Tintín. Esa obra, “El misterio de la rosa”, ejemplifica esos distintos planos de la pintura del artista. El cuadro es casi un cuento, ese cómic de Tintín. “Al asomarse a una antigua tienda de ultramarinos (Tintín y el capitán Haddock), contemplan el milagro de las rosas. Una mujer lleva comida a un prisionero, al mostrar su regazo a los guardianes, realmente lleva solo rosas, alimento espiritual”, narra Ámez. La historia sigue con los dos guardianes que custodian al prisionero, uno de ellos es un pintor que porta su paleta, y el otro “un artista visual multimedia”, apunta el autor. La estampa se completa con un niño sentado en el suelo comiendo sardinas en salazón. Al fondo se divisa la catedral de Oviedo. Todo esto en óleo sobre tablero.

Los paisajes asturianos se suceden en el mundo bello de Ámez. Ahí está Covadonga, escenario en el que el artista coloca a Dríope, la figura mitológica de princesa pastora que se convirtió en árbol. Ámez reinterpreta aquí el célebre cuadro de Friedrich en el que un hombre vestido y de espaldas contempla el paisaje. El gijonés pinta a la mujer de frente y desnuda e introduce en el cuadro una serie de elementos que completan ese mundo onírico del artista. San Francisco medita bajo un árbol y dos niños leen. A la derecha, dos pasos de la Semana Santa de León suben por la ladera desde donde (más allá de los límites del cuadro) se sitúa la basílica de Covadonga. Esta procesión se enmarca dentro de la intención de Ámez de recuperar, a su modo, la pintura religiosa, “que ha sido importantísima y que ha sido relegada en el arte contemporáneo”.

Esa religiosidad, a su modo, se aprecia también en “Viacrucis en un barrio”. El cuadro recrea una fotografía hecha por Joaquín Rubio Camín. En la imagen, que bien podría haber sido tomada a las afueras de Madrid, conviven la vida rural y la urbana, a lo lejos. Ámez le da una vuelta y coloca en ese espacio su viacrucis de la clase trabajadora. El cirineo de Ámez sale de un desvencijado Toyota Supra que el artista rescató para su cuadro de un videoclip de una canción. Un legionario y un trío de coloristas plañideras acompañan al crucificado en una zona entre dos torres de viviendas sociales y los restos de una quintana rural.

Así son todas las composiciones del artista gijonés, repletas de sorpresas, de referencias, de secretos y de significados. Y todo ello aderezado con una pizca de humor. Ahí está para atestiguarlo el “Mono de oro”, una bufonada sobre eas figuritas talismán de la cultura oriental que prometen suerte en los negocios.

Junto a estos escenarios, el “Bello mundo” de Ámez se alimenta también con tres bodegones de comida. Callos, garbanzos con bacalao y espinacas y chorizos a la sidra, “que sirven de contrapunto ante la ensoñación y te llevan a poner los pies en el suelo”, dice el artista.

Y aún queda otro contrapunto, la suite de las rosas, “un conjunto de cuadros que homenajean a la rosa como símbolo de pureza moral y optimismo en el instante, conjurando el discurrir de la vida”. Ámez pintó las rosas con la llegada del verano, en plena pandemia, como señal de esperanza.

Todo el conjunto se envuelve en dos textos explicativos del poeta Constantino Molina y del historiador, crítico y comisario de exposiciones Juan Llano Borbolla.

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