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Crítica de cine

Solos en la madrugada

Una escena de la película.

Una escena de la película.

Entra Zendaya estilosa y desenvuelta en escena con vestido de gala y lo primero que hace es visitar el W.C. Primer golpe bajo de Sam Levinson a las falsas expectativas de espectadores desentrenados en la sátira y el dolor, dos extremos que se toquetean siempre en las propuestas (Euphoria y Nación salvaje) del hijo del director de Good morning, Vietnam. Aquí, confinamiento obliga, se encierra en una casa de nuevos ricos modernos abierta por los cuatro costados y pone a hervir a dos únicos personajes: una pareja que se quiere y se detesta a partes desiguales, capaz de pasar del amor al odio en un mismo plano e incapaz de desligar deseo y reproche. Vienen hombre y mujer del estreno de la película que escribió y dirigió él. Un éxito rotundo, parece. Pero lo que desencadena ese aparente triunfo es una debacle emocional en toda regla, un combate de boxeo verbal que inunda la pantalla de frases rompedoras y cargadas de trilita. A veces, brillantes. Otras, de una pedantería atrozmente hueca. Malcom & Marie, al igual que sus personajes, pasa de la atracción a la repulsa con una cadencia desordenada y a ratos desconcertante. Levinson entrega a los intérpretes (muy entregados a la causa) manojos de folios en los que se despacha a disgusto sobre el éxito y el fracaso, sobre la crítica cinematográfica, sobre la industria del entretenimiento, sobre las apariencias autodestructivas, sobre... Y despelleja los vaivenes emocionales de una relación en la que los sentimientos se retuercen hasta la extenuación. Levinson, inteligente y manipulador a más no poder, envuelve su historia con un blanco y negro poroso y desgrana maneras muy afrancesadas (aunque se invoque el nombre de William Wyler) mientras sus personajes hablan y hablan. Curiosamente (o no), los momentos más auténticos son aquellos en los que el silencio atruena en el espacio.

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