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Hoy es siempre todavía | Mónica Rubio | Traductora, tejedora y autora de una enciclopedia del punto

“Una leyenda urbana entre tejedoras dice que si le haces un jersey a un novio desaparece”

“Los hijos de artistas en los sesenta íbamos a colegios modernos donde había que dibujar siempre y ser creativo por obligación”

La traductora Mónica Rubio Fernández, en Villaviciosa. |  | ÁNGEL GONZÁLEZ

La traductora Mónica Rubio Fernández, en Villaviciosa. | | ÁNGEL GONZÁLEZ

Mónica Rubio (Madrid, 1954), traductora, autora del libro de tejer “444 puntos”, vive en Puelles, Valdediós, Villaviciosa, desde hace catorce años, en la que fue casa de su padre, el escultor, pintor y diseñador Joaquín Rubio Camín. Su madre, la avilesina Trinidad Fernández, y su hermana, Verónica Rubio Camín, son pintoras. Tiene “dos hijos, dos nietos y tres sobrinos nietos”.

–Valdediós es maravilloso, pero los días de mal tiempo...

–No le recomendaría a nadie que viviera como vivo yo, pero estoy absolutamente feliz. Soy muy madrileña, pero solo echo de menos el cine en versión original. Tiendo a estar muy bien. En la balanza, lo bueno es mejor que lo malo: tengo buena salud, la casa es agradable, la familia está bien, las ancianas, vacunadas, y tengo herramientas para disfrutar sola. Estoy jubilada, pero me llega alguna traducción: me gusta leer, la jardinería, hacer punto, oír música y ver las películas de las plataformas. Me arreglo muy bien.

–¿Qué la trajo a Valdediós?

–Mis hijos eran mayores, quería estar cerca de mi padre, me gustaba la casa y siempre tuve la ilusión de vivir en el campo. No me acuerdo de si mis hijos se fueron de casa o los eché: les dije que si venían conmigo, encantada; si no, que buscaran piso. Mi padre estaba delicado, pero nadie pensaba que iba a ser tan rápido. Murió a los seis meses.

–¿Cómo era su relación?

–Era mi papá, nos adorábamos. Hablaba muy alto e imponía porque parecía muy serio, pero era muy divertido y pasaba el día con nosotras, como un padre moderno.

–¿Cómo fue crecer en una casa de artistas?

–Peculiar. En los sesenta todos los hijos de artistas que íbamos a colegios modernos estábamos en una especie de burbuja y había que estar dibujando todo el rato y siendo creativo casi por obligación. Fui al colegio Estilo, de Josefina Aldecoa, donde aprendí mucho inglés. Dibujar no me satisfacía. Tuve unos padres muy cariñosos y una infancia muy divertida, de buscar gatos en los jardines de la Biblioteca Nacional porque mi padre preparaba una exposición... Cuando pasa el tiempo te das cuenta de la riqueza que has tenido al vivir entre artistas, aunque a veces apetezca gritar: “¡Estoy harta de neuras!”.

–¿Cumplió la expectativa de su padre?

–Quiso que fuera arquitecta. Era muy buena en el colegio, pero a los 17 años mis padres se separaron y fue una crisis gorda. Pedían que los ayudase y yo no tenía las herramientas para hacerlo, aunque creía que sí y me sentía responsable. En 1972 me fui a Suiza a vivir con mis tíos maternos, cambió todo y me dispersé por un exceso de oferta: Historia del Arte o Arquitectura o escribir... No conseguí centrarme, aunque aprendí mucho francés.

–¿Cuánto estuvo allí?

–Al año volví a Madrid, a casa de mi madre, pero en seguida conocí a Rafael, que se dedicaba al marketing, y me fui a vivir con él. Murió Franco pronto y cambió el país, el sistema, todo.

–¿Cómo era usted entonces?

–Responsable, pero pánfila, ¿qué iba a ser? Dejé de estudiar, quería independizarme y trabajar.

–Vamos a sacar el punto. Lo identifico con los años setenta.

–De 1978 a 1981 tuve una tienda en un mercadillo en Argüelles: diseñaba jerséis, los encargaba a señoras y los vendía, también en Asturias. Soy muy moderna, me gustan las redes sociales y hace siete años, en Instagram, noté que había un nuevo furor por el punto. Lo tenía abandonado, en Gijón habían desaparecido las tiendas de lana, me di cuenta de que lo dominaba y de que faltaba una enciclopedia de puntos en español. Tenía libros y “Mon tricot”, “Elle” y “Labores del hogar” de mi madre, y me puse a hacer “444 puntos”.

–¿Cuándo empezó a tejer?

–Me enseñó mi abuela paterna, Conchita Camín, que tuvo una mercería en Gijón, cosía, bordaba y vivía en el portal de al lado. Mi padre me fotografió a los 3 años haciendo punto en un descampado de Arturo Soria, con abrigo, que ya entonces me pareció indignante. Hice jerséis como churros.

–¿Para vender, para novios?

–Hay un “síndrome del jersey del novio”, una leyenda urbana de tejedoras. Dice que, cuando le haces un jersey a un novio, desaparece. Me han dejado muchos novios después de haberles hecho un jersey, y es una herida que tengo.

–Ja, ja, ja, ja...

–No sé si es porque piensan: “Esta va a dedicarse a las laborcitas...”. Preferían las tartas de limón. Luego te piden cosas saladas.

–¿Y es cuando se va usted?

–Yo duro mucho. De tejer me atrae lo creativo. Me gusta cuanto tiene que ver con telas, tapices, que con algo bidimensional puedas hacer algo tridimensional. En museos hay esculturas hechas con lanas y tejidos muy interesantes. Dejé el punto al nacer mis hijos.

–¿A qué se dedican?

–Nicolás, de 38 años, hizo Comunicación Audiovisual y trabaja en diseño gráfico y publicidad. Bruno, de 36, es investigador científico en ingeniería de sistemas, que no sé lo que es. Vive con su mujer en Finlandia y trabaja en la Universidad de Espoo, lo que me ha llevado dos veces a Helsinki.

–Cuando nacieron sus hijos llegó la Movida.

–Fue lo mejor de lo mejor. Lo que más me gustaba era estar con mis hijos, pero yo estaba muy cómoda, muy ayudada, mi hermana Verónica se fue a vivir con un fotógrafo que estaba metido en el mogollón y nos llevaba a los sitios y presentaba a gente. Idolatro la Movida. Mi pareja estaba terminada casi desde que nacieron mis hijos, pero seguí bastantes años porque pensé que necesitaban un entorno estable que a mí me había faltado. Cuando mis hijos crecieron nos separamos y empecé a traducir.

–¿Cómo entró?

–Conociendo editores y pidiéndoles que me pasaran un libro que lo iba a hacer bien. Traduje más de cien, muchos, novelas de fácil consumo, pero también a Chesterton y a T. S. Eliot, a Gombrich.

–Su trabajo nunca necesitó ser presencial, pero ¿es mejor estar en Madrid?

–No. He trabajado para muchas editoriales de Barcelona a las que no he ido nunca. Voy a Madrid con frecuencia a ver a mi madre, que está mal, y a mi hermana, con la que hablo mucho por teléfono.

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