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Ourense

Criar en el lugar más envejecido: “Viven más libres pero tienes que desplazarte para todo”

Lobeira es el municipio gallego con la edad media más alta: 63 años | En Ourense hay 15 concellos que superan el promedio de 60 años, uno en Lugo y cero en Pontevedra y Coruña

Lourdes, entre sus hijos Iago y Brais, junto a su madre Amparo y la cuidadora de la señora, Mari. Brais Lorenzo

La crisis demográfica es un permanente invierno en la provincia de Ourense, que ha perdido 40.000 habitantes en 20 años –tiene poco más de 300.000 residentes en 7.273 kilómetros cuadrados– y es, junto a Zamora, el territorio más afectado de España por el envejecimiento, con una edad media de 51 años y una pirámide poblacional muy invertida. En 15 de los 92 municipios ourensanos, el 16,3%, la edad media supera los 60 años.

Este fenómeno de envejecimiento pronunciado no se produce en la misma magnitud en el resto de Galicia. Según los últimos datos del IGE que recogen la realidad local, en Lugo únicamente Navia de Suarna tiene una población con una edad media superior a los 60 años. En Pontevedra y en A Coruña, las más pobladas y pujantes de la comunidad desde el punto de vista socioeconómico, ningún concello alcanza ese umbral.

En la provincia más envejecida, el caso paradigmático es Lobeira. Con unos 750 habitantes, este municipio de A Baixa Limia presenta una edad media de 62,97 años, según la estadística de 2020, por ahora la más reciente que se ha publicado. El año pasado solo nacieron dos niños, en un periodo en el que se registraron veinticinco defunciones, ahondando así en el saldo vegetativo negativo.

“Siempre hay posibilidades de revertir el proceso, pero todas pasan por lo económico. Cada vez que parece que la situación quiere repuntar viene una crisis, como fue la económica hace diez años y ahora la pandemia. Todo es reversible pero es necesario que haya voluntad de los que gestionan los impuestos, Xunta y Gobierno, que deben crear líneas de acción y llevarlas a cabo”, dice Antonio Iglesias (PP), el alcalde de Lobeira.

El parque infantil de Lobeira, recién construido, está por ahora precintado. Brais Lorenzo

Solo hay 18 habitantes en este municipio que tengan entre 0 y 18 años. No había parque infantil. Cerca de la Casa do Concello, del geriátrico y el velatorio, se ha construido un recinto para que jueguen los más pequeños, con financiación de la Xunta. Por el momento está precintado.

“Hemos hecho en un paraje unos miradores, para los visitantes, y en Os Chaos de Limia recuperamos un pantalán que, durante el verano, abre las puertas para que las personas que acuden puedan comer, beber y disfrutar”, dice el regidor. Los fines de semana, cuando algunas familias retornan a Lobeira, cierta vida infantil se recupera, con las clases de catequesis que se importen cada dos sábados para menores de varias parroquias.

En Lobeira no hay ayudas a la natalidad contempladas en el presupuesto y el colegio y el instituto más próximos están en Bande, a unos diez minutos por carretera.

Por la escasez de servicios cerca, y también de otros jóvenes, el coche está presente “para todo”, admite Lourdes Ballesteros, que cría y educa a sus dos hijos, dos niños mellizos de 11 años, Iago y Brais, en el municipio más envejecido de Galicia. Cuando tenían seis meses, ella y su exmarido regresaron desde Barcelona al pueblo donde, hasta ese momento, Lourdes pasaba las vacaciones y los veranos.

Ella es una hija de dos emigrantes, de Lobeira y Puebla de Sanabria, que se conocieron y se enamoraron en Cataluña. Lourdes y otras dos hermanas mujeres nacieron allí. Ahora lleva más de diez años residiendo en este concello de A Baixa Limia.

Ella y su exmarido se conocieron en Barcelona, ciudad a la que el varón emigró en 1992. “Al poco de nacer los niños, yo tenía que trabajar hasta las 3 de la mañana en el restaurante de mis padres. Necesitaba a alguien para que cuidara de mis hijos y pagaba 700 euros de guardería. Los dos siempre quisimos volver, así que decidimos echarnos la manta a la cabeza y hacerlo”, recuerda.

Los dos hijos de Lourdes, con la abuela en el centro y junto a Mari, la cuidadora de la señora. Brais Lorenzo

En Lobeira, solo el 2,3% de los habitantes tienen entre 0 y 15 años. Iago y Brais “son los dos únicos niños de siempre, los últimos pequeños” de la zona en la que vive esta familia, en Santa Baia. Crecer en el rural ofrece un modo de vida distinto, con ventajas y algún pero.

“Hoy en día, estar en el rural no implica aislamiento, como podía ser antes. Desde aquí, por ejemplo, estás en Ourense en media hora, tienes una gran ciudad como Oporto a hora y media, y tres aeropuertos también a hora y media”

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“Aquí pueden vivir con más libertad y tienen un desarrollo que se ve, en comparación, cuando en verano vienen otros niños de la ciudad. Los míos desde muy pequeños corren, saltan y andan en bici por ahí, algo que en la ciudad no es posible. Disponen de un entorno natural en el que pueden jugar. Durante lo peor de la pandemia podían estar en una casa con terreno. Lo malo es que aquí tienes que desplazarte para todo, ese el hándicap. Hay que llevarlos a Bande al pabellón, el gimnasio, al colegio. Un día hay atletismo, otro fútbol, otro patinaje... El pabellón de Bande es como la plaza del pueblo”.

"Cualquier persona de una ciudad grande, como me pasaba a mí en Barcelona, se echa más tiempo entre las paradas del metro que lo que lleva ir desde Lobeira a Ourense"

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Cuando se conectan los dos ordenadores a la vez, el servicio de internet se demuestra insuficiente. “En esta parte del pueblo la banda ancha no llega”, dice la madre, que enseguida vuelve al optimismo: “Hoy en día, estar en el rural no implica aislamiento, como podía ser antes. Desde aquí, por ejemplo, estás en Ourense en media hora, tienes una gran ciudad como Oporto a hora y media, y tres aeropuertos también a hora y media”.

La clave para fijar población, no duda, es “que haya trabajo, algo indispensable. Aquí, sin industria y con una población muy envejecida, es complicado”, comparte. Falta iniciativa de las administraciones, considera, pero también “un cambio de chip” de la sociedad. “Cualquier persona de una ciudad grande, como me pasaba a mí en Barcelona, se echa más tiempo entre las paradas del metro que lo que lleva ir desde aquí a Ourense”, subraya.

Los dos hermanos, mellizos, crecen y aprenden juntos. “Tengo suerte de que son dos y de la misma edad, porque hay casos de niños solos, que llega un momento que se aburren, o que están siempre con gente mayor”. Un apego con otras generaciones que, con todo, enriquece, que preserva el legado. Iago y Brais juegan con la abuela Amparo, de 78 años, al dominó, a la brisca, a la escoba, cultivando un tiempo de calidad que no olvidarán.

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