Crítica / Zarzuela
¿Gavilán o paloma?: Crítica de la primera zarzuela de la temporada de abono del Campoamor
Brillante nivel artístico y vocal en el trabajo estrenado el jueves en Oviedo

Àngel Òdena y el coro, en la primera escena de “Los Gavilanes”. | MIKI LÓPEZ / Jonathan Mallada

La zarzuela “Los Gavilanes” sirvió, tras el prólogo de la “Off Zarzuela” (“The Land of Joy”), como punto de partida para la temporada de Teatro Lírico Español de Oviedo que ya roza su trigésima edición. La popularidad de este título, de Guerrero y Ramos Martín, se plasmó en una excelente entrada y evidenció la robusta salud de la que parece gozar la zarzuela en Vetusta. Del mismo modo que en la setentera canción de Pablo Abraira, extendida por “el globo” gracias al mejicano José José, en la notable producción representada sobre las tablas del Campoamor también hubo gavilanes y palomas.
De la escena conviene destacar en primer lugar la economía de medios con la que se llevó a cabo la recuperación histórica de “The Land of Joy”, pues las estructuras metálicas que flanqueaban el escenario eran las mismas y, a decir verdad, tenían más sentido en el improvisado plató donde se desarrollaba la revista de Quinito Valverde que en el contexto de un pueblo marinero. Salvando este escollo, desde la dirección de escena se ha tratado de emular, acertadamente, la atmósfera que se respira en la producción del año 2018 de “La Tabernera del Puerto” (también de Mario Gas), con un evidente predominio de los cromáticos tonos azules en dos obras que guardan estrechas similitudes. La misma línea siguen el vestuario y la iluminación, no del todo las imágenes proyectadas que, por momentos, se quedaban algo sombrías y más parecían evocar angostas callejuelas del París revolucionario de mediados del siglo XIX que un soleado pueblo de la Provenza.
Vocalmente, los gavilanes (sobre el papel) eran Àngel Òdena y Carmen Solís. El barítono, pleno de volumen y proyección, demostró que la madurez del personaje de Juan se ajusta como anillo al dedo a sus cualidades vocales. Aunque sin la brillantez de otras ocasiones (especialmente en los agudos), estiró cada frase en complicidad con la batuta de Miguel Ángel Gómez, desplegando un lirismo muy vistoso. Su antiguo amor (Adriana), encarnado por Carmen Solís, lució igualmente una voz poderosa, con carnosidad y calidez, aunque su torrente vocal lastró por momentos la comprensión del texto. Con todo, rindió a buen nivel durante los tres actos, con pasión y expresividad.
La pareja de amartelados tortolitos correspondió a un inspirado José Bros y a la risueña y jovial Beatriz Díaz. El tenor barcelonés exhibió su timbre natural y su directa emisión, manejando el volumen desde unos agudos poderosos hasta unos delicados pianos bien afinados. Se lució tanto fuera de escena interpretando la copla “palomita, palomita, cuidado con el pichón” como dentro de ella, en el célebre “¡Flor roja!”, una escena bien resuelta en todos los aspectos. Por su parte, la soprano allerana, muy convincente siempre a nivel gestual e interpretativo, optó en todo momento por un registro de cabeza, aun en la tesitura más incómoda, matizando con gusto cada una de sus intervenciones. Su dúo del final del primer acto fue uno de los momentos más brillantes de la noche merced a una escena de gran belleza.
La “autoritaria” pareja de alcalde y gendarme (Clariván y Triquet) se manejó a las mil maravillas, con la comicidad necesaria para suponer el contrapunto cómico de esta zarzuela. Junto a ellos, palomos de excepción como Marisa Vallejo, Enrique Baquerizo o María José Suárez. Los dos últimos, muy queridos por el público ovetense, demostraron todo su oficio sobre las tablas con unos roles necesarios, aunque no demasiado agradecidos, y reforzaron con mucho tino los números de conjunto. Completaron el elenco Bárbara Fuentes y Sagrario Salamanca como las sobrinas de Juan y los personajes de Antón, Marcelo y Jorge, todos ellos resueltos con mucha solvencia. En este caso, los pichones fueron las aldeanas y figurantes (Cristina Galán, Dalia Alonso, Vanessa del Riego, Ángel Palacios, Gaspar Braña, Lucía Prada y Marta Pardo), que demostraron un porvenir más que halagüeño en las lides escénicas.
La Orquesta “Oviedo Filarmonía” desarrolló con firmeza y solidez los pasajes escritos por Guerrero, donde se concentra gran parte de la fuerza dramática de la zarzuela. Equilibrados y bien balanceados, supieron ajustarse a la escena gracias a la nítida dirección del maestro Gómez y resolvieron con elegancia números de cierta complejidad como “¡Tocad, tamborileros!”. El coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” estuvo a la altura de la función. A pesar del reducido número de efectivos, las voces femeninas se mostraron especialmente convincentes, destacando en el coro “¡Amigos, siempre amigos!”, un canto convertido, la noche del jueves, en improvisado himno a una amistad y hermanamiento más necesarios que nunca.
En definitiva, un montaje escénico que ayuda a seguir el argumento sin confusión, un elenco vocal de primer nivel, una orquesta que mantiene la seguridad de los últimos meses y un coro que siempre responde a las expectativas. Todos ellos confluyeron para emocionar con la historia de amor y la moraleja (“no se logra con dinero la juventud y el amor”) que encierra esta bella zarzuela.
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