01 de agosto de 2013
01.08.2013

El giro comunista que arrolló el tren

El accidente ferroviario de Villallana de 1950 se cobró la vida de Cirilo Benítez y acabó con su misión, relacionada con el fin de la guerrilla del PCE

01.08.2013 | 00:00
El giro comunista que arrolló el tren

El mortífero y reciente accidente del Alvia S730 que cubría la línea Madrid-Ferrol nos ha traído el recuerdo de un descarrilamiento ocurrido en Asturias el 6 de abril de 1950, festividad de jueves santo. El tren expreso número 1.517 que cubría la línea Madrid-Gijón descarriló a las 09.25 horas de la mañana, tres kilómetros después de pasar Pola de Lena, a la altura de Villallana.


La causa del accidente fue una deficiente reparación de la vía, en el tramo en el que ocurrió, lo que ocasionó que los dos vagones de primera y segunda clase descarrilaran y fueran a caer al fondo de un terraplén a unos seis metros de la caja. Junto a ellos rodaron varios tramos de raíl. Sobre la vía, un poco más allá del tramo desplazado, ligeramente inclinados, quedaron la máquina eléctrica, el vagón restaurante, el furgón de correos y el coche cama. Más atrás, completamente volcado sobre su costado derecho, quedó un coche de tercera.


Las primeras noticias que llegaron del accidente hablaban de un número de víctimas incontable. Finalmente, el saldo fue de 19 muertos y 69 heridos. El ministro de Obras Públicas, el asturiano José María Fernández-Ladreda, que se encontraba en Asturias en aquellas fechas y se trasladó al lugar del suceso, declaró a los enviados de LA NUEVA ESPAÑA: «Estoy terriblemente conmovido, y creo que la catástrofe hubiera aminorado bastante si toda la composición del tren hubiera sido metálica. Ahí tiene usted el hecho de que todas las víctimas se hayan producido en los coches de madera, en tanto los otros, incluso el de tercera que ha volcado, permanecen intactos. Por esto, nuestra mayor preocupación es ir con la máxima rapidez posible a la retirada de aquel material. Ahora mismo acaban de salir de fábrica cien coches metálicos de construcción como todos los que tenemos en servicio, y que están dando un resultado excelente».


La noticia del descarrilamiento corrió por la zona como reguero de pólvora y rápidamente se movilizaron todos los medios para socorrer a los heridos. El sanatorio de la Cruz Roja en Mieres, ya desaparecido, fue el primer centro donde se atendieron las urgencias, distribuyéndose posteriormente los heridos por otros centros de Oviedo y Gijón, pues no existían entonces ni el Hospital General ni la Residencia Sanitaria, que aún tardarían diez años en inaugurarse. El mayor número de heridos fue acogido en el Sanatorio Girón de Oviedo, que había sido inaugurado el 18 de mayo de 1946, seguido por el Hospital Militar, también en Oviedo. También recibieron heridos la Cruz Roja de Gijón, el Hospital de Caridad y el Sanatorio Covadonga de esta ciudad, y los Sanatorios Blanco y Miñor, de Oviedo.


Entre los fallecidos se contaban un comandante, un capitán, dos tenientes y un soldado del Ejército, además de un sargento de la Guardia Civil. También un procurador en Cortes por el Sindicato de Combustible, Fernando Pendás García, que era ayudante facultativo de la Hullera Española, Octavio Fernández Prendes, delegado del Combustible en Valladolid, y varios empleados de Renfe. Entre ellos, Cirilo Benítez Ayala, ingeniero destinado en León desde unos años antes.


Cirilo Benítez había nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1917, hijo de Simón Benítez Padilla, que había sido presidente del Museo Canario y personalidad muy destacada en el mundo cultural canario. Había pertenecido a la FUE en sus años finales del bachillerato, pero al desencadenarse la Guerra Civil se encontraba en Canarias y se alistó en las Flechas Negras (Frecce Nere), unas brigadas mixtas del Corpo de Truppe Voluntario (CTV) italiano que participaron junto a Franco en la Guerra Civil. Estuvo en la campaña del Norte y con ellas entró en Alicante el 31 de marzo de 1939, lo que le proporcionó el siempre útil aval de excombatiente.


Además de ingeniero de caminos, Cirilo Benítez Ayala era licenciado en Ciencias Exactas y persona de gran inteligencia y cultura. Desde su etapa de estudiante universitario inició, en palabras de Felipe Nieto, en «Jorge Semprún, militancia y oposición en el franquismo», tesis doctoral presentada en la UNED en 2007, «una trayectoria política propia que le lleva a la asunción decidida del marxismo como filosofía y método y a la praxis como militante comunista. Por todo ello puede ser considerado desde sus tiempos estudiantiles en Madrid como el verdadero pionero, el iniciador 'ex novo' del activismo comunista entre los intelectuales». Ingresó en el PCE en 1946 y fue el introductor en el mismo del director de cine Juan Antonio Bardem, al que conoció en 1943. Trató también, entre otros intelectuales, con Juan Benet, que le llevó a la tertulia que había en la casa de Pío Baroja.


En León, Benítez estableció contacto con Victoriano Crémer, el sacerdote Antonio González de la Lama y Eugenio de Nora, que editaban la revista «Espadaña». Eugenio de Nora puso en contacto a Cirilo Benítez con Eloy Terrón Abad, que sería un destacado intelectual comunista, ayudante de José Luis López-Aranguren en la cátedra de Ética y Sociología de la Universidad de Madrid. En su autobiografía, «Los trabajos y los hombres», escribe Terrón: «El año 1948 fue el año en el que terminé mi carrera, pero también fue el año en que conocí a Cirilo Benítez, el ingeniero que sabía economía, historia, y que tenía una actitud generosa, optimista, ante la vida. Para mí ha sido un hito en mi evolución; me ayudó mucho a encontrar la vía de progreso de mi personalidad intelectual».


No se saben las razones del viaje de Cirilo Benítez aquel día de abril de 1950, pero sin duda estaba relacionado con su militancia comunista, pues transportada una maleta repleta de propaganda («Mundo Obrero» y otros papeles), descubierta por la policía y la Guardia Civil tras el accidente. Javier Durán, en «La Provincia. Diario de Las Palmas», de 9 de noviembre de 2010, dice que estaba citado con una joven que era una infiltrada de la policía para acabar de una vez con el elemento intelectual del PCE. Cita, al respecto, el testimonio de Amalia Benítez, hermana de Cirilo, que asegura que el día del accidente le esperaba en Gijón el famoso policía Roberto Conesa para detenerlo. Hay, por cierto, en ese artículo, un error en la fecha del accidente de Villallana, que sitúa en el 10 de abril de 1950.


Cuando murió Cirilo Benítez, el PCE se debatía en Asturias entre la continuidad de la lucha guerrillera y la aceptación de la nueva orientación ordenada desde la dirección exterior (Pasionaria y Carrillo) de abandonar la lucha armada y comenzar un trabajo de infiltración en las organizaciones de masas. Luis Montero, «Sabugo», enviado por la dirección en abril de 1948, se había trasladado en dos ocasiones a Francia en 1949 para recibir instrucciones sobre la nueva orientación política, que aconsejaba recomponer la organización en torno a los centros de trabajo. Luis Montero, «Sabugo», fue detenido el 2 de febrero de 1950 y, unos días después, señaló a la policía alguno de los refugios utilizados por los guerrilleros y la organización. El 7 de febrero de 1950, cerca de El Condado (Laviana), fueron sorprendidos y muertos por la Guardia Civil los guerrilleros Manuel Díaz González («Manolo Caxigal»), Eloy Álvarez, Ángel Martínez Rodríguez, Manuel Castaño, Negrete y Ovidio González Morán. Otras caídas se produjeron en los días siguientes.


El 6 de marzo de 1950 se formó un nuevo Comité Provincial integrado por guerrilleros que no fue reconocido por los emisarios enviados por la dirección del PCE, dispuesta a terminar con la etapa anterior en la que toda la organización del Partido había estado al servicio de la guerrilla.


Quizás en la profundización de la nueva línea debía de enmarcarse el último viaje de Cirilo Benítez, que poseía una moto con la que había actuado de correo del Partido en varias ocasiones.


La muerte de Cirilo Benítez interrumpió el trabajo de acercamiento del PCE al mundo de la cultura y la intelectualidad, reanudado en 1953 por Jorge Semprún, quien se reconoció continuador de su trabajo.

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