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El mago de hierro contra viento y marea

Emma Mackey y Romain Duris, en “Eiffel”.

La vida, y el cine en los “biopics”, nos han enseñado que todo artista, de la disciplina que sea, pintor, músico, escritor, cineasta, fotógrafo, dibujante, grafitero, escultor o arquitecto, debe tener un conflicto emocional y un tormento amoroso para que su obra cuaje. Por lo que se nos cuenta en “Eiffel”, el hombre que alzó hacia los cielos la famosa torre en París, de 300 metros de altura y construida con hierro pudelado, también debió sufrir un gran avatar sentimental para acabar edificando ese icono de la capital y de la cultura francesa en general.

No la ideó el ingeniero Alexandre Gustave Eiffel, sino otros dos ingenieros, Maurice Koechlin y Émile Nougier, pero posiblemente la vida de estos dos fue más normal y menos exportable a una película biográfica donde se exalta por igual el ideario artístico como el sufrimiento amoroso. Gracias a Abigail, el amor de juventud de Eiffel, liquidado de su vida en un santiamén y recuperado muchos años después, en plena construcción de la torre, el protagonista siguió adelante luchando contra viento y marea: los poderes políticos, la escasez de material, la falta de liquidez económica, una huelga de sus trabajadores y las protestas del vecindario. El filme concentra las dos cosas, no siempre de manera armoniosa: acaba imponiéndose la tragedia sentimental al laborioso proceso de construcción de un edificio que todos sabemos que se construyó.

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