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Chapa y pintura

La población más habitada del Nalón, edificada en su día alrededor de la siderurgia, crece hoy a remolque de su profunda transformación urbana y de su giro oportuno hacia los servicios y la nueva industria tecnológica

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altos vuelos. Por la izquierda, Javier Fernández, Antonio Lumbreras, Rufino Roces, Julio  Coto y Marcelino Tamargo, ante la escultura de Pinín subido a su madreñogiro, en el parque que lleva el nombre del personaje de cómic creado por Alfonso Iglesias, con la chimenea de la central térmica de Lada al fondo. | fernando rodríguez
altos vuelos. Por la izquierda, Javier Fernández, Antonio Lumbreras, Rufino Roces, Julio Coto y Marcelino Tamargo, ante la escultura de Pinín subido a su madreñogiro, en el parque que lleva el nombre del personaje de cómic creado por Alfonso Iglesias, con la chimenea de la central térmica de Lada al fondo. | fernando rodríguez 
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2 MARCOS PALICIO LA FELGUERA (LANGREO)
Nuevo Langreo todavía era el viejo cuando aquí, donde ahora bufa la fuente en la rotonda y se abre la acera ancha y arbolada de una avenida delimitada por edificios lustrosos de factura reciente, «nevaba en negro». Rufino Roces se recuerda saliendo de casa en La Felguera mientras las chimeneas de la empresa siderúrgica más importante de España escupían «polvillo» en tales cantidades que obligaban a las mujeres a salir a barrer las aceras. Se agotaba la década de los sesenta y «las calles eran de tierra», Roces declara como testigo. Nació aquí y trabajó en Duro Felguera, aquella compañía que se puso de apellido el topónimo de la villa y la modeló a su gusto de arriba abajo, primero sola y muy pronto con ayuda de Ibérica de Nitrógeno, Fundiciones Felguerinas, Tornillería del Nalón y «casi un taller en cada calle» de esta población cercada por la industria que vivía muy bien al calor que daba la manufactura del acero. Hoy, algunas décadas después del principio del fin de la siderurgia en La Felguera, el felguerino inquieto, ex presidente de Festejos de San Pedro, se tiene que esforzar para reconocer en este ensanche residencial moderno aquel prado sin nada donde germinó después una acumulación confusa de talleres e instalaciones industriales. No habría creído entonces que esto terminaría siendo el ensanche urbano de la villa y de la ciudad de Langreo, que la prolongación de la calle La Unión, recién llegada de Sama, orillaría una glorieta con fuente para ir directa al corazón de la villa pasando por delante del cubo negro acristalado de un hotel de cuatro estrellas con spa y adentrarse, después de sobrepasar la iglesia, en la avenida central del parque Dolores F. Duro. A la pregunta por lo que ha pasado aquí, alguien invitará a alzar la vista por encima de los edificios, hacia donde sobresale una antigua torre de refrigeración de Ensidesa capaz de explicarse sola. Es la sede del Musi, el Museo de la Siderurgia, y tiene la parte más alta de su fachada cilíndrica de 45 metros repintada de colores, reconvertida en la alegoría de la recuperación de esta localidad que vio «nevar en negro» y que estaba pidiendo, precisamente, una mano de pintura. Un toque de color.

El refrigerante reciclado contiene a su modo la historia entera de esta villa que fue casi toda ella una gran fábrica, que llegó a tener «el setenta por ciento de su superficie ocupada por instalaciones industriales» y que hoy sobrevive reutilizada y repintada, como la torre del Musi, bien a la vista el resultado de su giro desde la industria pesada hacia el comercio, los servicios, la calidad residencial y la nueva industria tecnológica. La reconversión era esto. O eso vienen a decir los que la vieron de cerca y ahora la explican mirando de frente el centro comercial bien surtido y de reojo, al otro lado de las vías de Feve, las más de sesenta empresas con prioridad de las tecnológicas que llenan, literalmente, el terreno anexo al urbano ganado a la siderurgia que ha sustituido la gran acería felguerina por la ciudad industrial de Valnalón, algo más que un polígono con 1.200 puestos de trabajo. Esta Felguera sin Duro es otra. Ya no está la gran empresa y no hace tanto que se fue, pero la mano de pintura ha conseguido que haya que fijarse para identificar sus restos integrados en el paisaje urbano: el anagrama de la compañía fundido en rojo sobre un portón negro en un lateral de la antigua escuela de La Salle, el logotipo rematando un vetusto edificio de donde se han ido las oficinas, los adosados de principios del siglo XX que la fábrica construyó para sus técnicos en la calle Conde Sizzo, el palacete de los ingenieros solteros de Duro transformado en otro hotel de cuatro estrellas que vigila La Felguera elevado sobre la loma que mira al Mediodía... Y el refrigerante del Musi y las viejas chimeneas en Valnalón, y la calle Siderurgia, la calle Hornos Altos, la calle Laminación... El cambio ha funcionado. Ahora que «La fábrica» es una sidrería, La Felguera es el distrito urbano más poblado de la ciudad de Langreo y una rareza en las cuencas mineras por su progreso demográfico reciente, con 20.784 habitantes donde había pocos más de 20.000 en el año 2001. He aquí el fragmento más amplio de la extensa ciudad lineal del valle del Nalón y tal vez por eso el núcleo más poblado, el que más ha crecido de todos los que integran la cadena urbana sin pausas que acompaña al cauce del río en línea recta desde Riaño hasta Pola de Laviana. Administrativamente, La Felguera forma parte desde 1983 de la unidad urbana de Langreo, con sus casi 40.000 residentes la cuarta entidad de población más habitada de Asturias, pero sería la sexta si se la siguiese considerando por sí sola.

Cuando hubo que escoger un área de expansión, Langreo decidió crecer hacia esta vega plana por una evidencia orográfica que identificó aquí, donde el valle del Candín entronca con el del Nalón, el espacio mejor acondicionado del municipio para la construcción en altura. Llano, amplio, bien comunicado, en condiciones de ser liberado de los corsés de aquel cinturón industrial en desuso. El rescate de La Felguera para la calidad de vida organizó una metamorfosis estética que se sincronizó con la modificación funcional y dio en esta nueva ciudad de servicios adonde vienen a caer los éxodos del vaciado lamentable del entorno rural del valle. «Durante decenas de años no había conciencia medioambiental, ni urbanística ni estética, era la industria por la industria», relata Javier Fernández, empresario propietario de sidrería y hotel y presidente de la Junta Local de Hostelería. «De unos años a esta parte se ha empezado a valorar la calidad ambiental, se ha transformado visualmente la zona y se han creado equipamientos e instalaciones que generaron atractivos para la gente y que trataron de frenar el éxodo de población en Langreo. Se han peatonalizado calles, derribado edificios en ruinas, ampliado aceras, modernizado la iluminación... Un cambio visual total». Hoy, el paisaje después de la batalla perdida por retener la siderurgia es una «ciudad media con todos los servicios a quince minutos de los grandes centros de trabajo y población de Asturias. No hay nada que envidiar a cualquier primera población asturiana, con la particularidad de que la vida y la vivienda son más baratas y las comunicaciones ahora aceptables y probablemente a corto plazo muy buenas», remata Marcelino Tamargo, presidente del colectivo profesional de los comerciantes del Nalón, Acoivan, pensando sobre todo en la conclusión pendiente del desdoblamiento de la conexión con la autovía Oviedo-Villaviciosa a través de los túneles de Riaño. Ha mejorado, asiente José Manuel Pérez, «Pericles», impulsor y gerente de Valnalón hasta su jubilación, aunque la expansión de Nuevo Langreo llegase «con quince años de retraso, porque debería haberse hecho a la vez que Valnalón y el soterramiento de las vías de Feve».

En el recuento de servicios, atravesando arterias comerciales y calles peatonales del parque viejo al nuevo y del barrio Urquijo, alojamiento de trabajadores de la siderurgia, a la barriada minera de La Concordia -antes Grupo Francisco Franco y siempre «barriada del gochu»-, Rufino Roces echa en falta únicamente «una gran superficie comercial». «La del valle del Nalón habría sido más rentable en La Felguera que donde está, en El Entrego», afirma, «pero ahí marcaron los tiempos los políticos». Buscando recambios, Tamargo señala hacia el inmueble rectangular de cubierta curva que aloja los puestos de la plaza de abastos, «un edificio singular» que, a su juicio, «debería tener más aprovechamiento y más vida», tal vez una planta más y quizá un aparcamiento subterráneo, aunque haya quien opone, con Javier Fernández, que en el universo socioeconómico actual «las plazas de abastos han quedado obsoletas», que «la dinámica actual de la competencia y la diversidad las deja fuera de lugar y de competitividad».

De regreso al futuro, Rafael Velasco Cadenas, propietario del hotel que ocupa el centro de la villa, sostiene que «debemos asumir el fin de la minería como motor económico de las Cuencas e intentar desarrollar el sector servicios y el de las nuevas tecnologías». Habla de la ciudad residencial y de la tecnológica, del eje comercial y de Valnalón. El entusiasmo contagioso de José Manuel Pérez, «Pericles», promotor de una iniciativa que cumplirá 25 años este mayo, también explica por sí solo lo que ha ocurrido aquí, en este terreno desolado que fue una gran acería y se ha transformado, sin varita mágica, en un centro integrado de formación y captación de iniciativas empresariales, en algo más que un polígono lleno de empresas tecnológicas. En «una mancha de limpieza en medio de aquel entorno desguazado», resume Pericles. En 1987, casi recién recibida la bofetada final de la industria, el punto de vista era importante en la construcción de una actitud para afrontar el después. «Era un momento como éste», rememora el padre de la criatura, asimilable al actual por la tasa de paro y la dimensión de las dificultades, con «una sociedad que había quedado aturdida con el golpetazo de los ochenta y no se creía nada». Ni que el río Nalón podía llegar a bajar limpio ni mucho menos que el desguace de la gran factoría felguerina podía tener una oportunidad.

Hubo una clave en la manera de mirar de alguien que había pasado veinte años trabajando en la compañía siderúrgica, pero que además había viajado con los ojos abiertos, que «conocía la zona con una visión externa». Así, dice, se hicieron innovadores «cortando y pegando», sabiendo ver de dónde venía el viento y a qué caballos había que apostar. En 2000 «acertamos al meternos pronto en las nuevas tecnologías» y hoy la mitad de sus empleos pertenece al sector de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Sólo Capgemini acumula cuatrocientos empleos, está a punto de contratar más en plena crisis y en total hay 1.200, bastantes más de los setecientos que trabajaban en una sola empresa, Ensidesa, cuando la gran acería que heredó de Duro cerró sus puertas en estos mismos terrenos en 1983. Pioneros del reciclaje reindustrializador, su éxito es a los ojos de Pericles una cuestión de concepto, de modelo. De haber llegado antes, pero también de saber mirar. «En ningún otro polígono del valle», afirma, «y no sé si en el resto de Asturias hubo una gente cuya función era llenar el polígono. El error de todos los ayuntamientos consiste en tener un área industrial y dedicar los ratos libres a llenarla. Nuestra misión era cubrir aquello de empresas, con una particularidad importante, la reflexión sobre la certeza de que en este valle no cabía más empresa industrial entendida como la entendimos siempre. Ahí se necesitan unos 50 metros cuadrados por puesto de trabajo, en el sector de las nuevas tecnologías basta con tres». La novedad era el enfoque, y así nacieron aquí, mirando desde fuera para saber por dónde iban los tiros, «el primer centro de empresas de Asturias, la primera incubadora de compañías TIC» y al fin la vertiente formativa. En Valnalón, hoy, «somos pioneros en la educación emprendedora, una referencia en España» en la generación, venta y exportación de conocimiento para formar empresarios audaces. «Pues sí, desde La Felguera. Era posible».

La sepultura de la barrera ferroviaria de Feve en La Felguera tiene 2013 como fecha más optimista de finalización, pero la parálisis de los fondos mineros pone palos en las ruedas. Si se cuenta que «han pasado veinte años desde que se habló de ello por primera vez», apunta Rufino Roces, se comprenderá el retraso y la urgencia de una obra capital para la recuperación del espacio urbano en la villa.

El esqueleto de las viejas instalaciones de Duro Felguera junto al río quiere ser un recinto ferial y tecnológico, cuya obra ha arrancado con un millón de euros correspondiente a la financiación europea, aunque su finalización depende, una vez más, de otros seis millones que deben salir de los fondos mineros en el aire.

Las naves, vecinas de Valnalón y del Musi, «están ahí», vacías, «y conviene darles vida», reclama José Manuel Pérez, «Pericles», impulsor de la ciudad industrial y tecnológica de La Felguera. Las instalaciones, que forman parte de los restos de arqueología industrial todavía pendientes de uso en la villa, tienen una propuesta para ampliar hacia ahí el Museo de la Siderurgia, encerrado ahora en la torre cilíndrica del viejo refrigerante. Igualmente, tiene su potencial el edificio que albergaba las oficinas de Duro, hoy vacío.

En la comunicación de La Felguera con el resto de Ciudad Astur, esencialmente en buen estado para el vehículo privado si algún día termina el desdoblamiento de la carretera de los túneles de Riaño, hay una carencia al llegar al transporte público: «El ferrocarril no tiene un servicio adecuado», afirma Rufino Roces, «ni a Oviedo ni a Gijón. No podemos tener un tren cada hora a la capital o tardar una hora a Gijón».

La vieja casa cuartel de la Guardia Civil de Langreo se cae y la nueva, en la calle La Unión, está terminada y sin abrir por los efectos de la discrepancia entre el Ministerio del Interior y Sogepsa a cuenta de quién debe pagar el IVA de la obra.

Al Norte de La Felguera, en los terrenos que fueron de Nitrastur, «había un proyecto muy ambicioso» que José Manuel Pérez, «Pericles», no ha olvidado. «Hay un Valnalón en cuanto a superficie sin utilizar», apunta el impulsor de la ciudad tecnológica de Langreo señalando hacia los 150.000 metros cuadrados de terreno con instalaciones industriales en desuso.

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