Conductores y cobradores

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Conductores y cobradores
Conductores y cobradores  
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Vuelven los autobuses de dos pisos a Londres, esa seña de identidad que se ha convertido en una atracción. Los nuevos llevan un motor mixto, de combustión interna y eléctrico. En ciudad los motores eléctricos tienen la ventaja de aprovechar las frenadas, esa energía, que se pierde con los motores convencionales, sirve para recargar las baterías. Pero lo más importante es que no contaminan. Veo cada vez más taxis con motores mixtos. No creo que haya prendido la vena ecologista en el gremio. Lo hacen porque es rentable.

Mi primera experiencia con un motor eléctrico fue sorprendente. Mientras esperaba a un amigo frente a mi casa me distraje mirando un árbol. No había tráfico. De repente oí mi nombre. Me volví y ahí estaba él dentro de su automóvil silencioso. Me di cuenta de que usamos el oído para detectar el tráfico. Con los motores eléctricos será más peligroso cruzar. No hay problema en Londres, pues allí son muy disciplinados tanto peatones como conductores. Creo que en el inicio no fue tanto por amor al orden como por temor a las multas. Pero al final se acaba disfrutando del orden y ya casi no se precisa la coerción. Una vez cambiado un hábito, si es favorable, la misma práctica refuerza la costumbre. Lo difícil es hacer el cambio y lograr mantenerlo en los primeros momentos.

La mayor parte del saber médico anterior al siglo XX quedó pulverizado por los descubrimientos de la medicina científica. Lo que resiste es la higiene. Apenas se diferencian las recomendaciones que hacía Hipócrates de las que hacemos hoy. Decía: «Si pudiéramos dar a cada individuo la cantidad justa de alimento y ejercicio, ni mucho ni poco, tendríamos la forma más segura de conseguir y conservar la salud». No especulaba sobre las razones, sí lo hacia Aristóteles en su libro «Problemas»: «¿Por qué es saludable reducir el alimento y aumentar el esfuerzo? ¿Es porque la abundancia de residuo es causa de enfermedad? Y esto se produce o por exceso de alimento o por falta de ejercicio». Galeno es más atrevido: «Los usos del ejercicio son dos: uno la evacuación de excrementos y el otra la producción de una buena condición de las partes firmes del cuerpo? Los beneficios del endurecimiento de los órganos son la insensibilidad y fuerza de sus funciones; del calor, tanto la atracción de las cosas para eliminarlas, mejora en el metabolismo y nutrición?».

La verdad es que en la fisiología no acertaban. Hoy creemos entender por qué el ejercicio es beneficioso: se produce una adaptación del organismo que le permite resistir situaciones de estrés con más probabilidades de éxito. Pero no es suficiente creer que sabemos cómo funciona, hay que demostrar que los que hacen ejercicio viven más años que los que no lo hacen. La primera demostración la realizó Jeremy Morris, un epidemiólogo inglés con una serie de estudios envidiables por su agudeza e ingenio. Todo partió de los autobuses londinenses de dos plantas. Los cobradores recorren el autobús, subiendo y bajando escaleras con su máquina de expender billetes colgando del cuello. Mientras, los conductores simplemente guían el autobús admirablemente bien y cómodamente sentados. El experimento natural estaba ahí: compartían casi todo excepto que unos eran activos y otros sedentarios. Morris comparó la frecuencia de enfermedad coronaria entre ambos. Y se encontró con lo que esperaba: los cobradores tenían la mitad de infartos que los conductores. Replicó el estudio comparando carteros con telefonistas y encontró que los primeros, más activos, también sufrían menos casos de enfermedad coronaria. Claro que las diferencias pueden estar motivadas por otras causas, por ejemplo, que los conductores o telefonistas comieran más grasa, o fumaran más. No pudo responder a esas preguntas, pero se le ocurrió algo que le ayudó a confirmar que la causa era el sedentarismo: examinó la talla de los uniformes de todos los empleados de autobuses. Al ingreso en la compañía no había diferencias entre conductores y cobradores. Sin embargo, a medida que pasaban los años, la de los conductores era cada vez mayor. La mejor explicación es que la obesidad de los conductores se debiera al sedentarismo. Había hecho un estudio con una inversión mínima y unos resultados brillantes.

A partir de entonces, eran los primeros años de la década de los 50 del siglo pasado, se han ido acumulando pruebas a favor del ejercicio. Ninguna con un método tan original. Hoy en la epidemiología, es decir, en los estudios que comparan dos poblaciones, una expuesta y otra no, sea a un factor de riesgo o un medicamento nuevo, hay más músculo que ingenio, preocupa más la pulcritud del método que el acierto en la visión. Una ciencia más próxima a la burocracia que a la exploración atrevida de territorios desconocidos. Da sus frutos, lentamente, con mucho esfuerzo y mucho coste. Lo que aprendemos suele tener bases sólidas. No se puede esperar siempre clarividencia, pero se añora.

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