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«Puede que hubiéramos bajado a Tercera, pero sabíamos lo que era jugar en Primera»

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el centro comercial. La calle Gregorio Aurre, vecina del parque Dolores F. Duro. / fernando rodríguez
el centro comercial. La calle Gregorio Aurre, vecina del parque Dolores F. Duro. / fernando rodríguez 
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«Puede que hubiéramos bajado a Tercera División, pero sabíamos lo que era jugar en Primera». Con el símil futbolístico, José Manuel Pérez quiere decir que «La Felguera fue importantísima en el mundo industrial español y eso, al final, se nota». En el poso que dejó Duro había una base para saber. Por eso también el renacimiento, el cambio de una industria por otra y la «mancha de limpieza» recuperada para el paisaje urbano que hoy es Valnalón para La Felguera. Ahí sigue Pedro Duro, mirando a la puerta de la iglesia desde lo alto de su pináculo en el arranque del parque Dolores F. Duro. El patrón de la mayor siderúrgica de España, el industrial riojano que se instaló aquí con toda su artillería fabril en 1857, escogió esto porque tenía cerca carbón y tren -el de Langreo, tercero de la España peninsular- después de descartar, entre otras opciones, Marbella. Hay en La Felguera quien se entretiene invitando a valorar cómo habría cambiado el cuento con Duro en la Costa del Sol en lugar de a orillas del Nalón, pero el caso es que el empresario prefirió dar de comer aquí y cambiar por completo la fisonomía de esta villa. Ahora su estatua mira a la iglesia, alguien percibirá en la posición cierta actitud desafiante y tal vez el recuerdo de que la patrona de La Felguera era Santa Eulalia hasta que, previa autorización del Vaticano, se empezó a festejar San Pedro, el nuevo patrono que rinde tributo al patrón.

Es sólo un indicio más de lo que fueron Duro y la siderurgia para esta población que dio nombre a la empresa y no conserva ya de ella ni las oficinas. Sí siguen ahí Felguera Melt, junto al río, y el taller de Barros, apenas unos centenares de puestos de trabajo, pero de aquella compañía que ocupó la villa entera y tuvo hasta 5.000 empleos se habla hoy en pasado. Una protesta-performance que hace no demasiado envolvió para regalo la estatua de Pedro Duro es una alegoría de lo que los nuevos tiempos han hecho con la gran industria felguerina. Se fue. En su día «se defendió a capa y espada porque no se veía otra alternativa», rememora Rufino Roces, pero acaso a sabiendas de que la opción de siempre tampoco servía, de que el desenlace «estaba decidido de antemano, como ahora el de la minería». Por eso importa tanto haber acertado con los sustitutos, con la calidad residencial y la nueva industria de las tecnologías de vanguardia. De ahí la trascendencia de la certeza que apunta Antonio Lumbreras, vicepresidente de Festejos de San Pedro: «Hemos reaccionado a tiempo».

La experiencia de Valnalón, bien visible en La Felguera el espacio de la acería recuperado para la villa, mitiga el riesgo de la transformación exclusiva en ciudad dormitorio e invita a valorar caminos nuevos. La arqueología industrial a un paso de la naturaleza, por ejemplo, y su potencial de desarrollo turístico. Es otra vuelta alrededor de la transformación urbana de la vieja villa industriosa, ahora en la vertiente de su potencial como evidencia enseñable y el relato en primera persona de Asunción Torre, gerente del Museo de la Siderurgia, cuando cuenta que «mi abuelo era felguerín y trabajó en esta fábrica», que «yo sigo en el mismo sitio, pero de otra manera». Ella está dentro del refrigerante que fue primero de Duro y luego de Ensidesa, reutilizado para que sea un museo de la metamorfosis de La Felguera, «un museo del territorio». El Musi, un joven de seis años y un promedio de 6.000 visitas al año, más de quinientas piezas donadas mayoritariamente por particulares y cuatro trabajadoras, todas mujeres, a tiempo completo, nació para querer ser parte de la villa que lo acoge. Además de la exposición permanente de la arqueología siderúrgica rescatada del olvido, «organizamos visitas guiadas que llevan a la gente a conocer La Felguera. A una vivienda obrera del barrio Urquijo, al parque y a la estatua de Pedro Duro, a los adosados de los técnicos en la calle Conde Sizzo...» La silueta multicolor del Musi ya cuelga de las farolas de La Felguera, como imagen de marca en el logotipo de la asociación de comerciantes, y Asunción Torre y Belén Tornero, compañeras del metal, pretenden acostumbrarse a ser vistas «sacando el museo fuera», guiando turistas por esta villa que esconde vestigios de su pasado fabril en los rincones más imprevistos. No será la primera vez que, poniendo la oreja, algún veterano trabajador de la siderurgia asienta al escuchar sus explicaciones en las visitas a pie de calle: «Tien razón la rapaza».

En el Musi miran con esperanza hacia la nave anexa de Metalsa, vacía, ya propiedad del Ayuntamiento y el espacio natural de expansión de una instalación a la que en el espacio reducido del refrigerante le falta sitio para algunas de las enormes piezas siderúrgicas que podría mostrar si tuviera dónde. El museo prepara una exposición de materias primas para Semana Santa; en la villa, los hosteleros llaman la atención sobre «la gran ventaja» estratégica de La Felguera por su posición en el mapa, «a un paso tanto de las grandes ciudades asturianas como del entorno natural de Redes en cuanto se terminen las obras pendientes». Rafael Velasco Cadenas ha vuelto sobre el desdoblamiento de los túneles de Riaño y sobre la otra conexión con la autovía Oviedo-Villaviciosa a través de la «Y» de Bimenes. «Se debe apostar por dar a conocer el valle del Nalón en su conjunto y no hablar sólo del alto», reclama. «La combinación de patrimonio industrial y natural puede ser muy atractivo para el turista», remata. Tal vez por eso se alzan aquí voces a favor de un funcionamiento más activo del sistema mancomunado y a más largo plazo incluso de una fusión municipal que unifique el Valle, «o al menos los concejos de este curso bajo», propone Rufino Roces, porque a lo mejor son demasiados, para una población como la que tenemos, más de setenta concejales en esta comarca, bastante más del doble que Oviedo y Gijón».

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Parece una anécdota inocente que las farolas de la ciudad tecnológica de Valnalón sean un diseño de José Manuel Pérez, «Pericles», copiado de las que alumbran Gelsenkirchen, uno de los emblemas de la reindustrialización alemana. Pero son en realidad un síntoma, un símbolo de lo importante que fue para el impulsor de la iniciativa haber visto fuera de aquí que había ejemplos adaptables, sitios donde «copiar y pegar», donde «saber que había otros que habían estado como nosotros». Así nació Valnalón, en otro tiempo una gran factoría y hoy también, pero sin humo. Una fábrica de conocimiento y un centro empresarial en el sentido amplio de la expresión, con la mitad de sus 1.200 empleos en el sector de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), pero también con una división de formación de emprendedores que suma desde 1994 casi 311.000 beneficiarios en tres continentes y otra de fomento del emprendimiento que ha asesorado a cerca de 3.000 personas y ha ayudado a crear 511 empresas desde 1992. Valnalón, que cumplirá 25 años esta primavera, ocupa los terrenos que fueron de una gran acería, la más importante de España en su tiempo, y hoy, reutilizada, genera más empleo que cuando la fábrica se cerró, se enorgullece Marta Pérez, gerente. «En su máximo esplendor aquí trabajaban 5.000 personas», afirma, «y seguían en torno a setecientas de una sola compañía en 1983, cuando Ensidesa la clausuró. Ahora tenemos más de 1.200 empleos en sesenta empresas e instituciones. Ha cambiado el perfil de la gran empresa que daba trabajo y lo hacía todo ella».

«¿Podemos?». Un felguerino curioso pidió permiso a Marta Pérez, al poco de abrir Valnalón, para entrar a lo que había sido la fábrica, tradicionalmente separada de La Felguera por una larga hilera de edificios de oficinas, por las vías del tren ahora en obras de soterramiento y una barrera custodiada por una garita con guardia. «Es que no sabe lo que significa ver otra vez las luces prendidas», explicó. Pérez, nieta de un trabajador del taller eléctrico, lo sabía de sobra, tan bien como entiende ahora que había que hacerlo, que aparte de ganar puestos de trabajo se trataba de recuperar para la villa un espacio hasta entonces vetado, que por eso se llama esto «ciudad industrial». Alrededor del edificio central de Valnalón hay ahora jardines y calles con nombres -«Baterías de Cok», «Laminación», «Siderurgia»- y además de conocimiento y tecnología punta, varias empresas del sector metal-mecánico mantienen viva la sustancia y los aromas de la vieja fábrica, adaptados a los nuevos modos del siglo XXI. Junto a la «chispa» de las TIC permanece, asiente Marta Pérez, «esa esencia antigua del olor a taladrina -un líquido lubricante y refrigerante que se empleaba en las máquinas-». «Dependemos de esa tradición, no podemos perderla».

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