Toyo Ito, arquitecto con camino propio

El japonés, que acaba de recibir el «Pritzker», el máximo galardón de la arquitectura, fue finalista en el premio «Príncipe de Asturias» de las Artes del año pasado, que recibió Moneo

22.11.2013 | 13:09

Recordando a Yourcenar y a Adriano, hay tiempos en los que los viejos dioses han muerto y los nuevos aún no han nacido. El año pasado fui jurado de los premios «Arquia», donde tratamos de escrutar entre más de mil proyectos de jóvenes arquitectos que teníamos allí, buscando el que rasgaba el lienzo del presente. En este descontrol en que vivimos, si no sabemos bien qué sociedad tenemos, o que valores son los que queremos preservar, ¿cómo podemos dilucidar qué arquitectura debe dar forma a nuestro tiempo? O a quién premiamos. Lo que ya debe ser imposible es cuando de lo que se trata es de destacar toda una trayectoria, no un momento, sino una vida dedicada a una disciplina, con un Nobel, un «Pritzker» o un «Príncipe de Asturias». Porque Toyo Ito (1941), el reciente premio «Pritzker», lleva trabajando más de cuarenta años en arquitectura y en este tiempo, con el frenesí de las modas, pasaron muchas cosas y, sin embargo, podemos mirar con alegría las respuestas que fue dando en cada momento, siguiendo su camino certero. Cuando se premia, como cuando se escribe la Historia, se premia desde el hoy, aunque sea toda una vida profesional pasada. La arquitectura de Toyo Ito, al menos la que tenemos en España, responde a un momento de euforia constructiva, de protagonismo sin medida que no sé si corresponde a nuestros días y a nuestro espacio. Pero estamos en un momento en el que la presión mediática es tan grande que parece que los jurados se empecinan en esquivar lo previsible para afianzar así el valor del consejo de sabios. Sin ir más lejos, fue la gaviota argéntea, nombre científico de la nuestra, la que se posó en la chimenea y nos dijo la otra semana un vaticinio no esperado (¿vaticinio vendrá de Vaticano?). Toyo Ito, siempre en las quinielas para este honor, como Moneo también «Pritzker» lo era siempre para nuestro «Príncipe», nos cogió de susto por ya tanto tiempo esperado. Pero pan cocido venta espera. Me comenta ahora mismo por internet mi amigo Fernando Vegas (Mieres, 1964), profesor de Arquitectura en Filadelfia, que tras haber estado en Sendai (adonde había ido a dar una conferencia), todos los años se preguntaba por qué no recibía el galardón supremo este arquitecto japonés, porque su mediateca es una obra difícil de olvidar, que marca un hito en la arquitectura del siglo XX. Pero ¿qué es Ito? Un Lampedusa de una sola obra que aplasta el resto de su producción, un Dvorak, un Barber, un Rietveld, un Pierre Chareau, yo creo que no. Y es que el flamante premio «Pritzker» no sólo se debió de barajar en múltiples reuniones en Chicago (sede de este premio), es de los nombres que fueron finalistas del «Príncipe de Asturias» de 2012. Entonces escribí, en estas mismas páginas, sobre su arquitectura. En aquel momento se esgrimía como razón para premiarle que su mediateca de Sendai se había comportado muy bien ante la embestida del terrible maremoto de 2011 que asoló las costas niponas y que a todos nos tenía conmocionados, y por la solidaridad del arquitecto en aquellos momentos. Yo decía que se debía separar su tremenda valía de la desgracia de aquel pueblo. Hoy, dos años después, recordamos más el tsunami de 2004 por la película «Lo imposible», es más, la mezclamos en esta memoria ingrata con el maremoto japonés, y nos vamos acostumbrando, lo que es terrible, a ir olvidando los dos, ¿dónde quedó Haití?

Kubler dice en «La configuración del tiempo» que en cada lugar en un mismo momento se está viviendo un estadio de la historia. Puede que, con el frenar de Europa y Estados Unidos, sólo en Asia estemos viviendo un momento merecedor de premios y fuegos de artificio. Un momento de euforia y de alegría (que ya no es tanto ni allí). Aunque aquí, como cuando estás bajo el agua, sensación espacial que tanto gusta a Ito, lo que sentimos, a pesar de la alegría de los galardones, es más bien frío, y la cabeza helada. Lo que es indiscutible es la pujanza de Oriente, que hace que si el año pasado el premio lo llevó Wan Shu, arquitecto chino no tan conocido como el actual, y previsiblemente este año volviera a Occidente el premio, con desplante lo lleve, más que merecidamente, otro hijo del Sol Naciente. Pero en realidad Toyo Ito no es japonés (y no lo digo porque haya nacido en Seúl), sino universal, al igual que todos los galardonados, que en su producción nos hacen a todos sus admiradores como hermanos y rompen las fronteras y los estados. Enhorabuena a todos los «Pritzker» anteriores por este nuevo maestro que han sentado a su lado.

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