la columna del lector

Palabras, palabras

09.10.2015 | 09:11

Nunca he querido ser funcionaria de las de ventanilla, bien lo sabe Dios. Si hubiera querido serlo, habría opositado para auxiliar administrativo o algo así. Pero no, quise ser profesora. Pensaba que podría aportar mi granito de arena a la formación de los más jóvenes, ya fuera el gusto por la lengua de Cervantes, ya fuera lo que se viene llamando "valores morales positivos", en el convencimiento de que aunque parezca que nuestros alumnos no nos escuchan, siempre les queda algo. Pero quiso el destino, o más bien las políticas educativas, que no fuera ninguno de ellos mi principal cometido como docente, ni mucho menos. No, claro que no; simplemente, lo "peto" como burócrata. Así, manejo yo cada día más papeles que un funcionario del Registro Civil: programaciones, extractos de las programaciones para dar a los alumnos, planes de recuperación de pendientes, planes estivales de recuperación, adaptaciones curriculares, informes para el seguimiento de alumnos con dificultades, informes para reuniones, informes de los resultados de cada evaluación, actas de reuniones, partes de faltas de asistencia y una retahíla tan larga que no acabaría nunca de enumerar. Papeles, papeles, muchos de los cuales me pregunto: ¿realmente los lee alguien?

Así las cosas, dedico infinitamente más tiempo al "papeleo" que a preparar bien mis clases. Porque, no nos vamos a engañar, existe vida al margen de nuestra profesión: hijos que requieren nuestra atención, tareas de la casa, en fin, lo normal de cada hijo de vecino. Y si a todo no me da tiempo y tengo que elegir entre gestionar papeles o preparar mis clases, la Administración me exige lo primero. De hecho, siempre que he tenido una inspección, al inspector de turno no le ha interesado en absoluto cómo doy mis clases. Lo único que le ha importado es si tengo los papeles al día. Parece como si los que mandan creyeran que los problemas de nuestro sistema educativo se solucionan con papeles. Y nada más lejos de la realidad, a juzgar por lo que observo en la cotidianeidad del aula. Ante este panorama, no me extraña que estemos a la cola en resultados académicos.

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