La columna del lector

Radicales libres

09.02.2016 | 04:17

Es sabido que los radicalismos pescan invariablemente en territorios escasamente abonados por la inteligencia y el conocimiento. De otra manera no se podría comprender cómo un fulano se coloca un cinturón de explosivos y lo detona en un mercado. Hace unos días pasaron por televisión una entrevista, creo que en una calle de Ceuta, en la cual unos adolescentes musulmanes hablaban abiertamente a la cámara justificando ciertos actos. Hablando es un decir, su cortedad intelectual quedaba en evidencia al verles balbucear; de la abundancia del corazón habla la boca, decía Leonardo, y su boca manifestaba escasez más bien. Eso no resta peligro a los muchachos, pero da que pensar.

Si uno escucha a forofos gamberros de ésos que cría el fútbol se topa con lo mismo, es decir, una ausencia pasmosa de conexiones neuronales. Se podría decir que en su escaso vocabulario unos y otros coincidirían en un elevado porcentaje incluso; es lo que tiene el fanatismo, aunque sus supuestos intereses sean antagónicos. Los diminutos discursos en ambos casos serían los mismos, cambiando aleya y hurí por mediocampista y UEFA.

Si a cualquier tonto de éstos que se citan para sacudirse en los alrededores de un estadio alguien le dijera que de morir en la reyerta su alma irá a un paraíso en el que su equipo siempre gana la Champions y las gradas están repletas de forofas apenas cubiertas con una bufanda con los colores del club, es casi seguro que muchos acudirían entusiasmados a la inmolación, ya que su cerebro no da para más.

Pero, ojo, no sólo los distritos musulmanes y los graderíos favorecen los fanatismos. Es a donde quería llegar. Eran apenas unos ejemplos, las religiones, en cualquiera de sus modalidades, son campo propicio para ellos, véase si no a los romeros que acuden a visitar el lugar de la supuesta aparición de una Virgen o santo, los nacionalismos, los guetos, los extremismos sociales y, en general, toda aquella cuestión que apele a los sentimientos por encima de la razón. Como decía el incomparable Ortega y Gasset, las ideas se tienen, las creencias se son. Ahí es nada.

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