10 de abril de 2017
10.04.2017
Crítica / Teatro

Medea sola

10.04.2017 | 03:30
Aitana Sánchez-Gijón, el sábado, en el Club del Niemeyer.

Medea es una psicópata. Vale: la han abandonado, arde en celos, tiene un marido gilipollas? Pero es una psicópata. Y a uno le resulta difícil empatizar con una psicópata. Uno tiene esa debilidad. Sin embargo, contemplar a Aitana Sánchez-Gijón llenando ella sola el escenario -como el de Club del Niemeyer, el sábado pasado- deja al espectador a punto del descorazonamiento. Una actriz sola, una silla, un botellín de agua para contar entera la historia de la bruja que huyó de Georgia (de acuerdo, de la Cólquide) con Jasón, con los argonautas y con el Vellocino de Oro para establecerse en Grecia y sufrir todo lo que nunca hubiera imaginado sufrir. Y por sufrir tanto acaba con la vida de sus hijos. La muy psicópata.

Esa es Medea.

La de Eurípedes, la de Séneca o la de Andrés Lima.

Aitana Sánchez-Gijón y, precisamente, el propio Lima protagonizaron una "Medea" que se vio en el Teatro de la Abadía hace un par de años. Atrapó como una araña a un insecto a la actriz romana. De tal modo que, acabada la producción, decidió ampliar su vida, aunque en versión reducida (lectura dramatizada más o menos, recital interpretativo, lo que quieran). Un espectáculo de pequeño formato, para pequeños auditorios, un deseo de continuar atrapada en la maldad y en la locura de una mujer que salió de la Cólquide dejando miembros descuartizados de su hermano en el mar, como migas de pan en el bosque. Que digo yo que Jasón, en ese momento, tendría que haber visto que se había casado con una mujer un pelín extraña. Pero es que si Medea es una psicópata, Jasón no es un héroe impoluto. De eso va la tragedia, que lo escribió Aristóteles en su día: "Imitación de una acción esforzada y completa, con cierta amplitud, en lenguaje sazonado, separada de las especies en las distintas partes, actuando los personajes y no mediante relato y que mediante la compasión y el temor lleva a cabo la purgación de tales afecciones" . O sea, una representación de un mal sobre unas tablas con el fin de conseguir la catarsis de los espectadores. Uno tiene que salir del teatro sacando de sí el deseo de la venganza, que para eso ha visto a Medea vengándose. No sé si me explico.

¿Lo consigue? Aitana Sánchez-Gijón en poco más de una hora representa ella sola -ya digo- toda la tragedia (pocas veces lee, así que lectura lectura?) Acongojan sus gritos al aire; cuando es Medea, es Medea; y, sin embargo, cuando es Jasón, también es Medea. No sé si es cosa de la versión escénica (es más que probable) o de la dirección. La actriz quiere dar vida a todos los personajes de la tragedia, pero uno echa de menos algún apoyo escénico (más allá de las grabaciones o los focos palabreros), que lo que uno quiere es purgar las propias afecciones. En todo caso, ver a unos pocos metros de uno a una actriz entregada a la bruja georgiana fue espectacular. Me hubiera gustado, sin embargo, haber quedado sobrecogido.

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